Se ha hablado mucho sobre la reacción espontánea del Papa Francisco cuando lo jalaron en Morelia (https://www.youtube.com/watch?v=oLutB9-YVPU&feature=youtu.be). Creo que ahí son elocuentes no sólo sus palabras, sino sus gestos.

Los momentos que llevan a un actuar urgente, logran que uno perciba la calidad espiritual de alguien. Son momentos en que surge el fruto de la virtud o del vicio que se han cultivado anteriormente. No podemos juzgar el todo de un ser humano por un solo segundo, pero sí nos indica de qué madera está hecho.

Si uno ve con atención lo acaecido en Morelia el jueves 18 de febrero, durante el encuentro del Papa Francisco con los jóvenes, apreciará sutiles movimientos. El Papa se acerca afablemente a un chico que está en una silla de ruedas, se vuelve —sin soltar las manos de la gente que quiere tocarlo— para tomar un regalo de una caja que un asistente lleva, regresa hacia el joven, y alguien, en ese momento, lo tira hacia el frente. En el video no se aprecia quién, ni de dónde ni cómo. Sólo vemos que Francisco pierde el equilibrio y está a punto de caer sobre el joven discapacitado. Tras un segundo, recupera el equilibrio mientras voltea a ver a quien lo jaló. Inmediatamente su mano derecha le da una palmadita al muchacho en silla de ruedas, y, sin soltarse la mano izquierda que alguien frente a él agarra, se distingue por tener un pequeño vendaje, regaña con firmeza, pero sin violencia, a quien le hizo perder el equilibrio, diciéndole: “No seas egoísta, no seas egoísta”.

El Papa tras casi caer no se yergue para adoptar una posición de poder, sigue inclinado. No se aísla de quiénes lo tratan de tocar. No pierde el contacto con el joven discapacitado y lo tranquiliza antes de confrontar lo que verdaderamente le duele: el egoísmo de quien lo quería para sí, sin importar más.

Este momento, muestra lo que hizo y experimentó durante su viaje: la ternura hacia los menos fuertes, su apertura hacia todos, su propia fragilidad física que, no obstante, no le impide encarar virilmente a su accidental agresor (virilidad en los encuentros, que ya había pedido a los obispos mexicanos), y el grito más hondo que califica el posible nido del mal en el ser humano y sus sociedades: la avidez egoísta. Raíz que sólo cada uno puede extirpar de sí mismo y de su ambiente cuando logra percibirla en sí mismo, muchas veces a través de la confrontación y el llamado, como en este caso.

¿Quién lo jaló, hombre o mujer, joven o viejo, enfermo o sano, se habrá sentido interpelado por las palabras de Francisco? ¿Cuántos pudimos vernos reflejados en esa avidez compulsiva que arrasa con aquellos y con todo aquello que se le ponga enfrente, incluida la naturaleza sufriente?

Y, para ampliar más, ¿quién se habrá puesto algunos de los sacos que Francisco mostró en sus homilías y discursos? ¿Quién, el saco del orgullo, la ambición, el compadrismo, la avaricia, el egoísmo, el descarte, el crimen, la corrupción, el enriquecimiento ilícito?

Jesús mismo dijo que pobres siempre los habrá, pero también se identificó con ellos y pidió que quien lo siguiera fuera solidario con ellos. En todo caso, Francisco recordó que el llamado está abierto a luchar contra el egoísmo propio, pero también contra el ajeno, aceptando incluso la confrontación directa.

Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se respete la Ley de Víctimas, que se investigue seriamente el caso Ayotzinapa, que el pueblo trabajemos por un Nuevo Constituyente, que Aristegui y su equipo recuperen su espacio radiofónico.

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