Mis crímenes con la señora Miller, Apuntes sobre novela policial, de la periodista sonorense Teresa Gil, contribuye dignamente a cubrir una importante y vergonzosa omisión en materia de estudios literarios. Los llamados “intelectuales”, “académicos” y “críticos”, los mexicanos al menos, tienden a coincidir en pocas cosas, excepto en una: crear vacío en torno a la novela negra, también conocida como novela policiaca, entre otras denominaciones que obedecen a sutiles giros. En ese sentido, desde su ingenioso título, Teresa se asume “cómplice” de una tal señora Miller que no es otra que Clarissa Miller, nacida en Inglaterra el 15 de septiembre de 1890 y muerta el 12 de enero de 1976, mejor conocida como Agatha Christie.

Y si bien el género negro es subestimado y relegado entre los exquisitos de la literatura, Agatha Christie encabezaría su lista de color ídem. De poco ha servido la reivindicación que del género ha realizado Borges —entre otros notables autores, puntualmente citados por Teresa—, que llegó a definirlo con un lema que suelo parafrasear entre mis alumnos: “En el fondo, toda buena novela es una novela policiaca”.

Ahora bien: si la novela negra ha sido relegada al desván de los “sub-géneros”, donde cohabita con otros esencialmente imaginativos como la ciencia ficción, el horror, la recreación histórica y la fantasía, su máximo icono, lady Agatha Christie, es la peor vista, si bien, dicho por la propia Teresa, Agatha es, en sí misma, un género. Con mi anterior aseveración no intento insinuar —y creo que Teresa tampoco— que Agatha Christie es lo máximo en el ámbito de la novela negra. Su reinado —por aquello de “reina del crimen”— es de índole sentimental. Nadie puede restarle el mérito de haber colocado la literatura negra en el candelero, ni de ser la más leída —en su género y en la literatura inglesa en general—, ni de tomarse con absoluta seriedad lo que para otros era mero divertimento. A partir de sus métodos para desarrollar intrincados crímenes, otros autores aportaron sus propias fórmulas; mudaron piezas, trastocaron el predominio del detective por el del asesino o cualquier incidental; hicieron de lado a los aristócratas y a las solteronas como protagonistas para transformar las fisonomías y los perfiles de quienes fungen como indagadores u ocupan la misión del mismo, pero nadie puede remover a Mrs. Miller de su nicho como precursora de la novela negra del siglo XX, por mucho que renieguen de ella… y ello abarca desde Georges Simenon hasta Stieg Larson. Me viene a la mente la locuaz estudiante Nancy Drew, de Edward Stretmeyer, contemporánea de la solterona Miss Marple y, me atrevería a afirmar, tributo rejuvenecido a tan magnífico personaje.

Ahora bien: ¿en qué consisten “los crímenes” en los que Tere Gil funge como cómplice de la Señora Miller? En una historia paralela a la autopsia del género negro, con Christie como punto de partida, la autora narra cómo en el año 1972, recién llegada a la Ciudad de México, sorteando los perpetuos callejones oscuros de la colonia Los Doctores, se topó con una mesa de venta de libros de segunda mano, o “de ocasión”, y el que atrapó su atención entre la colorida multitud de portadas, fue uno pequeño, ilustrado con un lienzo verde que cubría un caballete, frente a una botella vacía de cerveza. Cinco cerditos, se titulaba. Su autora era Agatha Christie. No pongo “una tal Agatha” porque todo mundo ha sabido siempre quién es la Christie aun sin haberla leído, pero a Tere lo que le llamó la atención fue el bajo costo del producto. Ignoraba que esa misma noche empezaría su pacto de sangre con la Christie. Que ingresaría a la multitudinaria cofradía de los “lectores culpables” que no reconocen en público leer a la autora inglesa, y sin embargo se desviven por recorrer los ochenta y tantos títulos que componen su obra, incluidas sus novelas románticas firmadas como Mary Westmascot. Estoy segura de que si se levantara un censo entre lectores consuetudinarios respecto a sus vicios secretos, Agatha Christie encabezaría la lista de nuevo.

Pero uno de los grandes logros de Teresa Gil consiste en reivindicar a esta autora; rescatarla de las largas uñas rojas del tabú y mostrárnosla de verdad, en todo el rigor de su contexto histórico, sus influencias literarias —entre las que destaca nada menos que Shakespeare—, la sociedad clasista de su tiempo y experiencias personales que le permitieron urdir relaciones pervertidas, trampas, enfermedades psiquiátricas, pócimas letales, etcétera. Salta a la vista que la autora ha leído, si no la obra completa de Christie, sí lo mejor y más representativo de la misma. Quienes profesan este culto secreto, estarán de acuerdo en que las novelas de Mrs Christie tienden a ser irregulares en cuanto a calidad y efectividad resolutiva, pero como buena inglesa, no hay una sola que pueda ser tildada de “ingenua”. La malicia es una condición genética entre los ingleses, no se diga sus escritores, y Agatha la desparramaba sin piedad, y sin perdonar a sus personajes más inocentes y encantadores, fueran víctimas o —lo cual no era nada raro— victimarios.

Y si bien la vida de Agatha es fascinante, incluido un episodio adulterino que se resuelve en el más puro estilo de sus mejores novelas, y se llevó al cine con la fantástica Vanessa Redgrave en el papel de la esposa engañada y desaparecida, la propia Mrs Christie, Teresa omite este sabroso chisme, supongo, para centrarse en los aspectos formales de la obra de la autora y no en el personaje. Nos revela otro tipo de detalles biográficos que explican aspectos de su novelística. Por ejemplo: el gran conocimiento en venenos de doña Agatha, adquiridos durante su servicio como voluntaria durante la Primera Guerra Mundial, llegando a ser, afirma Teresa, una experta en laboratorio. “(…) se le encomendó incluso la responsabilidad de solución de fórmulas y medicamentos. En 1948, volvió a prestar sus servicios al gobierno inglés, en situaciones similares”, se lee en la página 67.

Ahora bien, Teresa no restringe su análisis a la obra de Agatha Christie, sino que realiza, aunque sea brevemente, una comparación entre su estilo y el de autores que la precedieron, y entre ellos menciona a algunos mexicanos como Paco Ignacio Taibo II y Elmer Mendoza. Este último, apunta Teresa, ha conquistado al público anglosajón por encima del primero, pese a que ambos se caracterizan por destapar las cloacas más inmundas de la corrupción mexicana, permitiéndose, eso sí, licencias poéticas tipo Mankel. Elmer es de los pocos autores de género negro que pertenece, por llamarlo de algún modo, a “las grandes ligas” de la literatura mexicana, y el más conocido a nivel internacional. Cada país pareciera tener su máximo representante del género, hasta los chinos, que cuentan con el maravilloso Qiu Xialong, del que me declaro fanática irredenta; creador del exquisito inspector Chen, policía y poeta al mismo tiempo.

Agatha es uno de esos nombres recurrentes cuando se trata de menospreciar trabajos literarios. Se le menciona indiscriminadamente junto con Corín Tellado, por ejemplo, reivindicada asimismo por, nada menos, que Guillermo Cabrera Infante. Hay un punto en común entre la inglesa y la ibérica, uno sólo, nada desdeñable, y Teresa alude a él como una indiscutible virtud de la autora intelectual de sus crímenes, y es el empeño de no quedarse a la zaga, de caminar tomada de la mano de los tiempos, de modernizar tanto las tramas como los métodos de ejecución de los crímenes, o del amor, en el caso de Corín. En sus últimas novelas, tanto Agatha, como Corín, alude a los ordenadores. Y luego, esa otra oscura palabra que nunca se pronuncia en sus novelas tempranas, cuando se trata de describir una relación demasiado estrecha entre dos mujeres, que era de lo más habitual e insípido en las novelas de Jane Austen, sale a relucir en sus más recientes títulos: lesbianas.

Para concluir, es preciso señalar que conozco bien a Teresa Gil en su faceta periodística pero desconocía la ensayística, la cual me ha dejado un grato sabor de boca y muchas ganas de leerla más en este género, donde aplica las dotes que han hecho de ella una notable investigadora y crítica social. Su libro anterior, La isla que brillaba, una crónica autobiográfica surgida del ejercicio de su profesión, me la reveló asimismo como una muy amena narradora. Presiento que podría llevar a cabo una novela oscura que concrete su complicidad con la extraordinaria Señora Miller.