He seguido la literatura de Gabriel Santader desde hace años. Me deslumbró como poeta con su apasionado canto al cineasta-poeta Derek Jarman; me sorprendió y estrujó con sus cuentos y relatos de Sal de invierno donde dio muestra de su espléndida factura cuentística.
Gabriel Santander es un escritor de incisiva pluma. Y ser incisivo no sólo lo impulsa, sino lo invade. Sabe hendir el colmillo en el lector una y otra vez.
Son descarnados muchos momentos y personajes de su orbe literario. Las suyas son creaturas definidas por el desamparo y por la búsqueda de un asidero existencial que las mantenga en vilo. No hay escape muchas veces para los padeceres de las creaturas santanderianas. Hay un mundo hostil, acaso improductivo, que no ofrece alternativa alguna ante la obliteración de los tiempos actuales. No hay felicidad posible; no hay alegría. Es sólo un recorrer con abulia, una vida que se sabe perdida de antemano; o bien, que no se sabe para qué está, porque aún cuando la vida siga, después de muertos todo sigue y seguirá siendo la misma mierda.
Al respecto, en algún momento inicial de su novela, La venganza de las chachas, Santander hace una declaración de principios a través de Chusa, uno de sus personajes, que expresa: “—El vértigo era irreparable. al apretar el paso, apretaba la calceta y así mi existencia se iba haciendo un nudo metafísico. aunque anodino e inmediato, tal como era mi vida entonces y peor como fue después”. La venganza de las chachas apunta un título que quiere ser irónico, que despierta la suave suspicacia de la sorna.
Sin embargo, no hay tal. No es, la de Santander, una novela que “divierta”, es una novela que angustia, que absorbe con una esponja literaria hecha de retazos humanos y espirituales. Es una novela de decadencia, donde no asoma la esperanza, ni siquiera se le convoca, solamente entraña un ir y venir de sucesos bruscos, intemperantes, vacuos, en personajes por demás obtusos y despojados de toda humanidad. Y es que, Santander ha escrito una novela filosófica disfrazada de pachanga, cosa de “no quererse tomar en serio” (y sin embrago se mueve, porque hay un momento en la vida, en que se debe uno tomar en serio, le guste o no). Leemos secuencias brutales con la indiferencia de habernos acostumbrado a ellas en la cotidianidad consuetudinaria, tanto como al crimen, a la violencia, a la virulencia.
Ecos de Trantino por todas partes, de los asesinos de Stone, de todo ese cine estadounidense que desnudó crítica e incondescendientemente la podredumbre moral del fin del siglo XX y vaticinó la hecatombe ética del neoliberalismo.
Santander escribe con el ímpetu del cronista de su tiempo. La venganza de las chachas es la propuesta balzaciana de este reconocido narrador, por aquello de La comedia humana.
Admiro a Santander cómo ha hecho su carrera de escritor, muy en solitario sin hacer alharacas ni alardes vanos, siempre entregado a su tarea escritural, y toda vez entregándonos obras que nos hablan, ya no sólo de nuestro tiempo y nuestra era patológica, sino de nuestra condición humana tan devastada, tan escupida, tan cercada por la insipidez de la existencia.
Celebro el Premio Casa de las Américas, prestigiado reconocimiento literario, a esta notable novela de Gabriel Santander, premio merecido, justo, que lanza luz en la obra de un escritor mexicano que ha legado ya, obras de impronta contestataria como La venganza de las chachas, que desnuda la pequeñez humana de un tiempo inhumano.
