La globalización de los medios de comunicación propiamente físicos (carreteras, aviones, por ejemplo) y de la comunicación “aérea” (toda la gama de comunicaciones cibernéticas), así como la de la economía realizada a nivel mundial, igual que el problema de las migraciones, y los atropellos recurrentes a los derechos indígenas me lleva a indagar qué es la nación. Esa abstracción que en México se ha tratado de formar por mitos fundacionales, por los honores a la bandera y el himno, por la historia oficial contada en los libros de texto, e incluso por el uso del icono de la Guadalupana. Por ello, presento aquí una síntesis de un artículo de Etienne Balibar, filósofo marxista francés, discípulo de Althusser.

En la idea de la formación de las naciones como “proyecto” lineal hay dos ilusiones. Una es que la transmisión estable en un territorio produce una sustancia invariable, y dos, creer que esta evolución representa un “destino”. Pero la idea de un “mito de los orígenes y la continuidad nacionales” sí funciona como ideología. El análisis del paso del estado “prenacional” al Estado-Nación muestra su pertinencia, pero también sus límites. Es necesario tomar en cuenta el “umbral de irreversibilidad” en la formación del Estado-Nación, porque las naciones se crean en lucha por el control del centro sobre la periferia. Interesa notar que para Balibar, una de las causas por las que las burguesías nacionales se impusieron fue para someter a los campesinos y volverlos fuerza de trabajo. Finalmente, anoto que para él la etnificación lingüística se complementa con la de etnificación racial (ambas ficticias e ideales).

Por otro parte, para Balibar la construcción histórica del pueblo se relaciona con la fijación de sentimientos de amor y odio, de representación de sí. Se acentúa la diferencia entre “nosotros” y “los extranjeros”, a esta diferencia se subordina la diferencia de los grupos sociales. Balibar señala lo que es una Comunidad ficticia como la que constituye el Estado-Nación. Muestra lo “fabricado” (a través de la lengua y la raza) de esta comunidad: no son una comunidad natural. Importa analizar a fondo su análisis de las representaciones ideales de la etnicidad lingüística y la etnicidad racial.

Me pregunto, ¿en México somos realmente una nación, por más “imaginada” (Andersen, Benedict) que ésta pueda ser? ¿Qué hay en común entre los indígenas de Chiapas y los empresarios de Nuevo León? ¿Qué lazo une a los tepiteños con los michoacanos con los raramuri y con los afroamericanos de Guerrero? ¿A quién le beneficia, cómo y para qué que seamos una nación?

Creo que la coyuntura histórica en que nos “volvimos” un país tiene ya un valor de tradición, pero que el valor de la tradición es siempre autocuestionarse, retomar lo mejor de sí misma, volverse consciente, reconocer “los olvidos” que nos costó ser nación, para que realmente podamos ser una comunidad.

Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se respete la Ley de Víctimas, que se investigue seriamente el caso de Ayotzinapa, que el pueblo trabajemos por un Nuevo Constituyente, que Aristegui y su equipo recuperen su espacio radiofónico.

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