Este 2016 es un año emblemático para Javier Sicilia (Ciudad de México, 1956), pues el 31 de mayo cumplirá 60 años de vida y, de modo lamentable, también señala este próximo 28 de marzo, el primer lustro de la muerte de su hijo Juan Francisco Sicilia Ortega.
En una charla que sostuve con el poeta, abundó sobre la importancia de su padre en la formación suya en las letras. La entrevista —aparecida en estas páginas— fue extensa y algunas preguntas quedaron inéditas, las que hoy damos a conocer.
—¿Es la misma poesía la que te lleva a la narrativa?
—La misma, aunque son dos lenguajes muy diferentes y dos fenómenos de la literatura muy distintos. Yo también quiero narrar. La poesía no lo permite porque va sobre la sustancia de la cosa pero esa cosa también se da en las fracturas de la realidad, de las historias de los hombres, es entonces cuando uno usa la novela para hablar de eso, es decir, cómo esa cosa que se percibe a través de la poesía de una manera muy prístina aparece también en donde parece que no hay: la vida fracturada y cotidiana de los hombres.
—Además de que la poesía es un género literario muy íntimo…
—Es muy íntimo y muy cercano a la oración. La poesía se puede dar muy joven, la narrativa necesita la experiencia de la vida. La creación poética se mueve en un territorio muy intuitivo, muy de la mirada del niño que captura cosas de lo real, que a veces los adultos ya no vemos. Ha habido grandes poetas que dan su gran obra siendo la primera, muy jóvenes; lo que no sucede con los narradores, ellos se prueban con la edad.
—¿Cómo describir ese panorama de poesía y religión?
—Yo creo que la religión es un vehículo a través del cual uno entra en contacto con Dios, pero no es la religión la base de ese contacto sino la intimidad de la racionalidad del yo profundo con el Misterio de Dios. Cuando uno hace poesía está más allá de lo religioso porque está en esa intimidad con Dios sin mediación de lo religioso. Sin la parafernalia de lo religioso adquiere su fuerza y entonces se dice en un lenguaje que trasciende el discurso religioso que generalmente es ideológico.
—¿Podría ser como la oración?
—Sí, claro, como la oración.
—¿Y también, de cierto modo, como confesión…?
—Una confesión es en realidad un diálogo, no nada más una culpa o poner ante los ojos del otro ciertas cosas de la existencia para ser acogidas por él. La confesión es un diálogo, la poesía puede adquirir tono de confesión y el tono del diálogo íntimo, amoroso, en el que también te desnudas con el otro y el otro se desnuda y te dice y se dice en el aparecer de la poesía o de la oración. Se va gestando esto que es el orden de la intimidad del yo-tú que tiene muchos niveles.
—¿Qué opinión tienes del amor?
—La poesía no sólo se hace por el choque del asombro ante la belleza, se hace porque se ama, y sobre todo porque la belleza tiene que ver con el amor y el sentido demoniaco tiene que ver con la degradación del amor. Toda poesía en la medida que muestra la belleza profunda del mundo, del misterio, de lo inefable en él tiene que estar imbricada profundamente en el amor.
—¿De la justicia?
—Toda obra no quiere ser moral, no quiere enseñar una moral, pero es ética en el sentido que responde aquello que sostiene el amor y el amor contiene la ética. La belleza cuando es positiva contiene la ética y todas las virtudes: la serenidad, la justicia… pero no está expresándose a través de un discurso sentencioso sino de mostrar la sustancia de la existencia. Yo diría: si Dios es amor, todo acto amoroso está plasmado en toda la justicia y todas las virtudes.
—¿La muerte?
—Para responderla así, brutalmente, es el fin de la vida esta. Es una apertura al interior de las cosas. Es entrar, como se escucha, en el interior de las cosas para no caer en la evidencia primaria que es la ausencia de la vida. No, es la vida que entra en nuestra intimidad, en nuestra interioridad, en aquello que vislumbra la poesía, que pasa a través de sus metáforas, de su música, es entrar a ese otro lado.
