En algunos sucesos, las patrias necesitan largo tiempo para desarrollar y después consolidar su bienestar en formar buenas costumbres pero cuando empieza a decaer ocurre con rapidez. Es natural que un pueblo que ha vivido durante largo tiempo tarde en aprender a gobernarse como también lo es que un pueblo cuya majestuosidad se ostente relajado por su larga permanencia en el apogeo del poder, se vea de pronto rodar por la pendiente de su caída. A guisa de ejemplo, un fragmento del Códice Ramírez; dijo Cuitláhuac al Tlatoani: “Quieran, señor, los dioses que no introduzcáis en vuestra casa a quien os eche de ella, y os despoje de la corona, y que cuando queráis remediarlo tengáis tiempo y halléis medios para hacerlo”. Al llegar a Tenochtitlán —“Venecia la Rica” le llamaron los españoles—, los hispanos quedaron maravillados con lo que veían”.

Llegó el 21 de mayo de 1521, fecha en que habría de iniciar el ataque a Tenochtitlán. Con el poder de las armas, cuatro de los Bergantines fueron asignados a Pedro de Alvarado, seis a Cristóbal de Olid y dos a Gonzalo de Sandoval. Los mexicas eran un pueblo indicado para gobernarse. Mucho antes de que consiguieran poder se dieron cuenta de que tenían que trabajar juntos y respetar a sus enemigos, como leemos en el capítulo IX. La Gran Batalla. una victoria mexica. “La toma de Tenochtitlán llevó mucho tiempo y fue ganado palmo a palmo, en parte porque durante las noches los mexicas hacían zanjas en las calzadas para dificultar el paso de los españoles, mismas que todos los días debían rellenar los aliados indígenas con troncos, tierra y los restos de las casas destruidas. Al fin de cada jornada, los españoles, tras destruir tantas casas y edificios como fuera posible, regresaban por las mismas calzadas para pernoctar en las orillas de lago por temor a ser rodeados como lo habían sido en la derrota de la Noche Triste”.

La conquista de la Nueva España se debió a que todos comprendieron y pusieron en práctica su inteligencia. Pero, a pesar de su habilidad militar, ellos mismos tenían que aprender a hacer las cosas nuevas y acostumbrarse a éstas. Escribe Jacques Soustelle en La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista: “Españoles y mexicanos no hacían la misma guerra… no pensaban de la misma. Al ataque imprevisto, venido de otro mundo, los mexicanos no pudieron ofrecer más que una respuesta inadecuada, como harán los hombres de hoy ante una invasión de marcianos… Todas las reglas tradicionales de la guerra, que los mexicanos observaban instintivamente, eran naturalmente por los invasores”.

En cambio, el asombro y el terror del indio ante las armas ofensivas del español difícilmente pueden ser expresados. Pánico inicial, desde luego, porque veloz el indio se rehízo y supo hacer frente con entereza a aquellos insólitos guerreros barbudos. Veamos el capítulo vii capital mexica. modestia imperial: “Ya se sabe que sois hombres mortales como nosotros, aunque algo diferentes en ciertos accidentes exteriores, originados de la diversidad del clima en que nacisteis. Ya hemos visto por nuestros propios ojos que esas fieras que han hecho tanto ruido no son más que unos ciervos más corpulentos que los nuestros, y que vuestros pretendidos rayos no son otra cosa que una especie mejor de cerbatanas, cuyas balas se disparan con mayor estruendo y hacen mayor estrago”.

El armamento se perfeccionaba con celadas, morriones o cascos que cubrían la cabeza y a veces parte de la cara y de la nuca. La protección del cuerpo en algunas regiones específicas peligrosas por usar los indígenas flechas envenenadas, se agrandaba hasta las piernas que se recubrían con las llamadas antiparas, una forma de polainas de cuero o de relleno de algodón. Se ponían estas antiparas por los infantes, primordialmente en aquellas zonas en que los indios encubrían entre el pasto y los matorrales agudas estacas de madera con las puntas enherboladas. También los conquistadores portaron diferentes escudos: la rodela, redondo y relativamente pequeño propio de la infantería y, la adarga alargado que empleaba la caballería. Tanto infantes como caballeros sabían protegerse al embate de las flechas y piedras, mediante estos escudos que se hacían de madera revestida exteriormente con cuero.

Durante la Conquista Anécdotas, Sucesos y Relatos, segundo tomo de la trilogía literaria de José Antonio Crespo enfatiza que los colonos, es decir, los hombres que llegaron de Europa a ocupar los inmensos países de América pretendieron que, gracias a su celo cristiano y a su expectación por evangelizar a los indios obtendrían una cualidad de vivir y una sociedad similares a las europeas, que los indios aprenderían a vestirse, a tener una sola mujer y a prescindir de sus sacrificios y de sus absurdas, cuando no vergonzosas, costumbres que llegarían a comportarse como gente ordenada, de razón.

Pero las cosas no ocurrieron así, ya que el mundo occidental no se trasladó a las nuevas tierras en una simple y rápida mudanza, sino que en las Indias se creó una sociedad distinta con caracteres y matices peculiares, que vino a ser, en síntesis, lo americano, es decir, un concepto de la vida, nuevo y diferente elaborado a través de siglos de evolución y adaptación de lo europeo a las condiciones geográficas y humanas que prevalecían en el Nuevo Mundo.

La traza, determinada por la tradición y por las reales instrucciones, es la que aún conservan en lo fundamental las ciudades americanas. Había que reservar el espacio para la plaza mayor, desde las cuales se trazarían las calles, como prolongación de sus lados, paralelas unas y otras y cruzadas a escuadra por otras transversales.

Después de la Conquista Anécdotas, Sucesos y Relatos, tercer tomo escribe el analista político e historiador Crespo nuevos retos para los primeros pobladores españoles, superados numéricamente por los indígenas, allí, se manifestó la influencia de una nueva sociedad integrada por criollos, mestizos y algunos indígenas, el proceso de armonía racial y cultural se aceleró al extenderse la colonización europea en el campo y la sociedad colonial.

Casi todos los pobladores eran españoles aunque hubo algunos italianos, alemanes en determinadas expediciones y empresas, también llegaron los primeros esclavos negros y algunos moriscos. El de linaje blanco inicial, al triunfar sobre los indios, impuso su cultura, su religión, sus conceptos de la justicia. Como leemos en el capítulo la conquista espiritual. Decía don Hernán: “Porque es notorio que la más de la gente española que acá pasa, son de baja manera, fuertes y viciosos de diversos vicios y pecados; y si a estos tales se les diese licencia de andar por los pueblos de los indios, antes por nuestros pecados se convertirían ellos a sus vicios que los atraería a virtud, y sería mucho inconveniente para su conversión”.

Mucho se ha discutido del sometimiento de la nueva religión. Los dioses indígenas fueron derrocados y sus ídolos destruidos inmediatamente; Cortés era muy político, fama de imponente cólera, la tarea de echar abajo los templos y objetos de culto en pueblos donde la estructura religiosa era muy aparente y poderosa en el México antiguo fue tan violento y rápido quemaron los libros y códices prehispánicos. Sacerdotes cristianos iniciaron su obra de catequesis, adoctrinando y bautizando a gran número de inexpertos. “Motolinía o motolinia que significa ‘pobreza’, aseguró haber bautizado a más de trescientos mil indígenas. Fray Pedro de Gante en 1529 afirmó que bautizaba catorce mil almas por día. Fray Juan de Zumárraga en siete años había bautizado a un millón de indígenas”.

Por otro lado surgió el mestizaje dejando de lado el problema que plantea la justicia o injusticia de la conquista, es de advertir que la palabra “conquista” encierra un sentido más amplio y trascendental del que hasta hoy se le ha enfocado. Un proceso de fusión racial y cultural que se activó al dispersarse la colonización europea en el campo y la sociedad colonial perdió su originario carácter español y urbano para conquistar nuevos y distintos matices.