La personalidad de Malinche habrá de naufragar siempre en el misterio. Sin embargo, su nombre —del que no se sabrá nunca cuál fue el que tuvo al nacer, pues dentro de su época y cultura nahua quizá se apegarían al día que nació (“Era de muy mala suerte nacer bajo el signo de calli [casa] o de malinalli [hierba]”). “Varios historiadores han querido creer que los españoles habían llamado Marina a la muchacha porque su nombre era el trágico “Malinalli’, pero es una hipótesis insostenible”— se clava en los huesos de la historia de México, en esa mal llamada “conquista” que llevaron a cabo los españoles.
El volumen Malintzin. Una mujer indígena en la Conquista de México (Editorial Era, México, 2015) de Camila Townsend (Nueva York, 1965), intenta con gran efectividad hacer un retrato de la traductora y con el más genuino apego a la realidad, un retrato que va más allá de Malintzin, porque ilumina el tiempo en que le tocara nacer a la que fuera madre de dos de los once hijos de Hernán Cortés. Los nueve apartados también abarcan la llegada de los españoles, la que no fue dimensionada por los indígenas para verlos como extranjeros sino como dioses; el papel de los traductores y, por supuesto, en especial el papel de Malintzin; las opiniones sobre la ciudad mexica enfocadas en “los meses fatales de noviembre de 1519 a julio de 1520; rechaza la idea de que los indígenas mantuvieran una percepción ingenua de los extranjeros”, y Malintzin “no fue la única que vio con suficiente claridad la disparidad tecnológica y actuó en consecuencia”; el final de la Conquista, hacia 1521, da muestra de varias posturas indígenas; la vida entonces cobraba nuevos escenarios que se construían sobre la sangre, la aceptación —increíblemente “con alegría del triunfo sobre el enemigo propio”— o los que se adaptaban al nuevo panorama, y Malintzin, mujer visionaria, entra a esa atmósfera; a partir de aquí, la historiadora neoyorquina centra con mayor nitidez a Malintzin, cuando Cortés al no necesitarla más, la obliga a casarse con un subordinado, para cerrar finalmente con el capítulo “‘Doña María’ y ‘Don Martín’”, hijos de Malintzin, quienes representan la primera generación de mestizos: “se los ve o bien como forjadores de una raza cósmica, o literalmente como hijos de la chingada”, que no eran ni lo uno ni lo segundo.
La traidora de su pueblo, como se le conoció por primera vez en la novela anónima Xicoténcatl, (“el éxito del adjetivo ‘malinchista’ —puntualizó Octavio Paz—, recientemente (en los años 1930 y 1940) puesto en circulación por los periódicos extranjerizantes”, deja a Malintzin en la frontera de la discusión perpetua, porque sin ella, afirma la profesora de historia de la universidad de Nueva Jersey: “Cortés, sin su ayuda, hubiera muerto o hubiera tenido que irse”, aunque, sin duda, hubieran venido otros y la historia sólo tendría diferentes nombres.
