En la primera mitad del siglo XX, Jean-Paul Sartre y el existencialismo fueron el pensamiento dominante. En la segunda mitad, el intelectual más famoso, creo, fue Umberto Eco, quien acaba de morir a los 84 años, el pasado 19 de febrero. Ni Marsahll McLuhan con su galaxia de Gutenberg, ni siquiera el antropólogo estructuralista Claude Lévi-Strauss, ni el deslumbrante Michel Foucault con su Historia de la sexualidad y los estudios del poder, menos el magistral y casi marginal Mircea Eliade con su análisis de los mitos, ni el otro conocido semiólogo Roland Barthes, logran sobrepasar la fama de Eco.

El estudioso italiano proviene de la academia, pero su consagración definitiva ocurre con la publicación de una novela, El nombre de la rosa. Como es sabido, se trata de un relato que ocurre en la Edad Media y para sorpresa de todos, es una novela policíaca, en el sentido de que ocurre un crimen y se trata de averiguar el responsable del asesinato. No es sólo una novela de misterio, se demora en la discusión teórica de la comedia y la tragedia, pues si bien la Poética, de Aristóteles, que conservamos, aborda la tragedia, la segunda parte de este libro, perdida, discute la comedia. El otro tema de la novela, no es menos importante: el debate sobre la pobreza de los apóstoles planteada por los franciscanos, y que se consideró por muchos como una herejía. Así, en términos generales se discute la ortodoxia, dogmática y autoritaria, representada por Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego, y la visión científica del franciscano Guillermo de Baskerville. Bajo la cuerda, Eco atribuye el totalitarismo a los países socialistas y la democracia a los capitalistas.

La Edad Media como best-seller

Eco es un medievalista, su tesis, como lo señala en su famoso manual Cómo hacer una tesis, versó sobre “La estética de Santo Tomás” y comenta que como no encontraba un texto en qué apoyarse tuvo que recorrer toda la bibliografía en torno a la filosofía tomista hasta que un buen día encontró la cita sobre la que podía sostener su tesis.

Así, medievalista consumado, fue capaz de escribir El nombre de la rosa que ocurre en una abadía “de los Apeninos, septentrionales” precisan en internet, en el año de 1327 durante el papado de Juan XXII y uno de los debates, como ya se dijo, es sobre un tema de esa época: el planteamiento de los “espiritualistas” franciscanos sobre la pobreza de los apóstoles.

A pesar de todas estas extrañas características, la novela se calcula ha vendido más de 20 millones de ejemplares y desde 1980, fecha de su publicación, ha batido records de venta. La cultura de masas, de la que la novela policíaca puede formar parte, entra de lleno en el gusto del público. Recuérdese que en Apocalípticos e integrados, el tema de Eco son las relaciones entre la cultura culta y la de masas.

 

Los narradores y la intertextualidad

Hay muchos aspectos que llaman la atención en El nombre de la rosa. Como en el Quijote, no hay uno, sino muchos narradores, pues Adso de Melk dice basarse en un manuscrito de otro y en otro manuscrito de otro más. A este procedimiento, los críticos, creo que el propio Eco, le han llamado “filtros”. Pero tal vez, el mayor juego de espejos consiste en que el narrador mismo, Adso de Melk, narra su historia a los 80 años, pero al relatar evoca los tiempos de la investigación cuando era un joven novicio benedictino de apenas 18 años.

El texto, según confesión del autor, es una especie de citas hilvanadas o collage (del francés, pegar). Eco precisa que el retrato de la campesina de la que Adso se enamora, es sólo un conjunto de figuras retóricas de uso en la Edad Media para la descripción de una mujer y que el autor no ha hecho más que enlazarlas sin añadir una sola línea propia. Este fragmento, obra de la erudición más que de la inspiración, es una de las páginas más hermosas del libro.

No he mencionado, sin embargo, el rasgo más extraño de la novela, numerosas citas. y lo más sorprendente, diálogos completos, están “¿transcritos?” en ¡latín! Quien esto escribe, como había llevado cursos de latín en la secundaria, en la preparatoria y en la Facultad de Filosofía y Letras, trató de barruntar, sin muchos resultados, las partes en latín, pero cuando le pregunté a mi mamá qué pensaba de los pasajes en latín, me dijo tan tranquila, muy fácil, los salto y voy más rápido en la lectura.

En la novela, como ya se dijo, ocurren los debates teológicos, los de la comedia y la discusión de los crímenes. Los diálogos, y aquí otro de los detalles curiosos de la novela, fueron calculados por Eco según las dimensiones de la abadía donde ocurre la novela y duran lo que los monjes tardan con su caminar pausado en ir y venir.

La montaña mágica

Mientras los debates entre materialismo e idealismo sostenidos por Naphta y Settembrini en La montaña mágica, de Thomas Mann, transcurren al aire libre en los Alpes suizos, éstos, tan semejantes, ocurren, como reveló Eco, en la justa medida de los corredores de la abadía. Umberto Eco se valió de croquis y mapas al por mayor antes de arriesgarse a escribir El nombre de la rosa. Se considera que Settembrini encarna los ideales democráticos o humanistas de la República de Weimar y, primero, los de su hermano Heinrich Mann y finalmente los del autor; en cambio, Naphta representa a un judío, jesuita converso, y en última instancia, una mezcla de comunismo, anarquismo e incluso fascismo. Se sabe que Thomas Mann se inspiró en el comunista Georg Lukács. Queda dicho líneas antes, que Eco también discute soterradamente la situación política de la guerra fría y elige también la democracia capitalista en contra del comunismo.

            Otra coincidencia con La montaña mágica es el tratamiento del tiempo. En la Montaña, como se trata de un hospital, los horarios son estrictos: un momento para el desayuno, otros para dormir siestas en las terrazas, un tiempo para pasear en la mañana, una hora exacta para la cita con el médico. La novela se desarrolla en ese orden preciso y sin variantes. El horario de los monjes es igualmente rígido y El nombre de la rosa lo sigue de modo puntual: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. El personaje protagónico, Guillermo de Baskerville, el inquisidor e investigador del crimen, se dice inspirado también, como los de la Montaña, en un personaje real: Guillermo de Ockham, cuyo rasgo que lo singulariza y es central para la novela es que es nominalista (importante, porque lo es para Eco que es semiólogo).

Borges y Eco

En Apostillas a El nombre de la rosa, Eco se refiere a Borges, en particular a “La biblioteca de Babel” y considera que la biblioteca de su novela debe mucho a esta invención del escritor argentino y en otro momento, o en este texto, asegura que admira a Borges. En primer lugar, creo recordar que apenas publicada su novela confesó que en esta obra se vengaba, creo que no revelaba las causas, de Borges. Pero, si leemos la novela, no cabe duda que se trata de una animadversión. El bibliotecario se llama Jorge de Burgos y es de lengua española. Se trata de un personaje dogmático y autoritario, un verdadero inquisidor medieval. Por si fuera poco es el antagonista de Guillermo de Baskerville, el pensador científico y héroe de la obra, el detective, pues, si se considera El nombre de la rosa una novela policíaca. Jorge de Burgos abomina de la parte segunda de la Poética de Aristóteles, porque la risa, la ironía, la crítica liberan.

(De los famosos intelectuales de la segunda mitad del siglo XX mencionados al principio de esta nota, hay que decir que de modo sí completamente admirativo Michel Foucault tiene un epígrafe de Borges. No sólo le sirve de epígrafe, asegura que el desorden clasificatorio que sugiere la frase de Borges es lo que lo motivó a escribir Las palabras y las cosas, el libro, creo, más importante de Foucault).

Arthur Conan Doyle es el creador de Sherlock Holmes y uno de sus más célebres relatos, varias veces llevado al cine, es “El sabueso de los Baskerville”, de donde evidentemente Eco toma el nombre de su “detective” medieval y, desde luego, su modo científico de investigar. Adso de Melk, el ayudante de Baskerville, ha sido comparado con un juvenil Dr. Watson en una muestra más de la intertextualidad propuesta por Eco.

Obra abierta

Es conocido que Eco propone en Obra abierta y en otras de sus obras teóricas que hay que atender a la multiplicidad de significados y ha confesado que a eso apunta el título del nombre de la rosa, al hecho, escrito por Borges, de que la palabra rosa contiene esa flor y a que alude a la frase de Gertrude Steine “una rosa es una rosa es una rosa” y en última instancia, la rosa es señal de la fugacidad de la vida, del famoso tema medieval ubi sunt ¿dónde están los que se fueron?, que, sin duda, subyace en la novela de Umberto Eco.