Charla con Martín Solares | Autor de No manden flores

 

“Escribir novelas se parece a ir caminando por la playa y de repente advertir que estamos caminando dentro de una especie de bóveda muy oscura; entonces uno tiene que aceptar que ya está obsesionado con otra novela, y que sólo podrá salir cuando la haya recorrido a pie por completo, cuando conozca todos sus secretos y pueda adivinar cuál es su forma secreta”, señala Martín Solares, experimentado editor, que debutó como escritor hace diez años con una novela negra, Los minutos negros.

El tema de la violencia organizada

A los lectores de Los minutos negros —de la que pronto veremos una versión cinematográfica protagonizada por Diego Luna y Damián Bichir— les quedó la impresión de que habría una secuela, incluso una serie de novelas. ¿Por qué demoró tanto para regresar con No manden flores una novela todavía más poderosa y con un inesperado vuelco narrativo?

“El retraso —dice— no se debió tanto a mis mudanzas geográficas o laborales, ni a los estudios o a la novedad de la paternidad, o a haber escrito un guion de cine, sino a que a medida que escribía No manden flores me daba cuenta que el tema de la delincuencia organizada dejaba de ser un embrión para convertirse en un kraken, y si no trataba de ir por delante de él, pronto quedaría superado todo lo que estaba escribiendo”.

Prosigue el autor que en Los minutos negros aborda el tema del dominio del crimen organizado cuando ni imaginábamos que la realidad, para variar, superaría la ficción.

“Cuando vi con espanto —dice Martín— que la delincuencia lograba echar raíces firmes en varias ciudades del Golfo de México y que ciertos patrones se repetían, paso por paso, en el resto del país, fue que decidí dar un paso más, imaginar cómo sería este país en el futuro, lanzar a mis personajes a recorrer un país en guerra, asolado por los delincuentes, y en ese escenario terminé la última versión”.

Una de las reglas que Martín se impuso para escribir No manden flores fue sacarle la vuelta a una palabra muy concreta: “Justicia”. La violencia creciente que hemos vivido en México en los últimos 12 años nos permite ver con claridad que todos los países se construyen en torno a unas cuantas palabras, y el país se derrumba si dejamos de usarlas.

 

No seguí una línea convencional

No manden flores podrían ser dos libros; un mismo suceso abordado desde dos perspectivas, la de Carlos Treviño y el corrupto Margarito; un libro y su antilibro, sugiero al autor, poniéndonos un poco borgeanos, que viene al caso: Borges era un empedernido lector de novela negra.

Dice Martín: “Creo que las novelas dentro de una novela o las historias que se ramifican y compiten entre sí por la atención del lector son fenómenos que ocurren en toda novela en ciertas circunstancias, sobre todo cuando el autor decide seguir a sus personajes a donde estos quieran llevarlo, conoce su historia a fondo, y regresa para contarla”.

“Como me ocurrió en Los minutos negros, en No manden flores llegó un punto en que tuve que aceptar que debía olvidarme de una estructura convencional, lineal, predecible, y me vi obligado a trabajar muy duro para que, a pesar de que lo obligaba a visitar el interior de dos ballenas que se perseguían mutuamente, el lector no se sintiera extrañado por saltar de un cetáceo a otro dentro de un mismo libro”.

Martín reconoce que algunas de las situaciones planteadas en sus novelas se derivan de hechos reales y concretos.

“Cuando empezaba a escribir Los minutos negros —dice Martín— entrevisté expresamente a unos cuantos policías tamaulipecos, a fin de crear personajes creíbles, pero al ver el rumbo que tomaban las cosas en Tamaulipas, entrevistar a policías en este caso hubiera sido un error. Ni siquiera fue necesario viajar a ese estado para conocer su situación: la delincuencia se encargó de salirnos al paso a todos, como un toro furioso”.

No obstante, Martín está convencido de que quien debe sufrir es el autor, no el lector. “El estilo debe desarrollar recursos para que el lector no se sienta abrumado y abandone la lectura, sino que por el contrario, no pueda dejar de leer hasta llegar a la última línea”.

Le pregunto a Martín algo no tan obvio en el fondo: ¿con cuál de sus narradores se sintió más cómodo? ¿Con el héroe perseguido o con el detective corrupto que alguna vez tuvo buenas intenciones?

“Mientras escribía la novela viví constantemente asombrado por los riesgos que tomaron, primero, el expolicía Carlos Treviño para encontrar la verdad, y de modo simultáneo el comandante Margarito González, para tratar de encubrirla. Luego yo también tomé un riesgo, que consistió en cambiar de caballo a mitad de la carrera, y saltar de un punto de vista a otro para contar la novela, pero era la única forma honesta de explorar toda la historia. Todos mis personajes, incluso los peores sicópatas, están convencidos de que con cada uno de sus actos están haciendo el bien. Los malos siempre son los otros. En No manden flores ni siquiera los sicarios o los extorsionadores se ven a sí mismos como malvados, sino como justicieros”.

Lo más difícl, un apodo

Y agrega sonriendo: “Lo más difícil, en realidad, es encontrarles un apodo interesante que no haya sido utilizado ya en la vida real por algún delincuente. Una de las precauciones que tomé al revisar este libro fue verificar que no hubiera empleado el nombre de ninguna persona real, y casi lo logro, si exceptuamos que por distracción bauticé a uno de los peores criminales con el nombre de uno de mis amigos de la infancia. ¡A ver si me perdona algún día!”

Actualmente, Martín termina otra novela que comenzó al mismo tiempo que No manden flores, aunque no tienen nada que ver, y la estoy disfrutando tanto que espero funcione como unas vacaciones para mi imaginación, luego de sumergirme en la atroz realidad del Golfo de México”.

Martín Solares nació en Tampico en 1970 y No mandeen flores está publicada por Literatura Random House, 2015, México.

@tintavioleta