(Segunda y última parte)

Raúl Renán es el nombre que define al emprendedor de letras nuevas en todos sentidos, sobre todo en su quehacer literario y como formador de escritores. Y hoy, celebramos esa vida, en sus 88 años, en el infinito 8, pues este número acostado nos ubica para ver a Renán en la presencia que, decíamos, lo trasciende…, infinitamente.

En el breve homenaje a Renán en la Casa del Poeta, el escritor cerró con algunos poemas inéditos, y del último de esa noche, aquí damos cuenta: “Ana Márquez Renán”: “Despliega el cuerpo su elocuencia/ y es mayor que tu infancia./ Haz sombras. Asombras./ Con tu desplante admirable./ Creces en la medida de tu mundo bello/ ello es como tu abuelo te mira con sus mejores versos/ Ana, causan envidia tus trece/ por la nobleza que desplaza tu alma.// Habrá que verlo en los ojos de los que te rodean./ Vean la envidia numerosa que despiertas/ y te llamas como flama encendida en la noche,/ comunicas calor y claridad solar.// Volar es tu signo que sentencio/ te acompañe toda tu vida.// Cuida que tu estirpe se allegue a tus vestigios./ Será lo más noble que te despliega la razón,/ Ana”.

Su gesto y su ser se iluminan, y esa presencia agradece lo recibido, lo merecido. Así, Renán me hace retornar a varios instantes en los que hemos convivido, y siempre parece llevarnos como sobre la línea de un círculo. Ciclos y presencia, así retomo lo que en algún momento él me comentara desde su inicio, el inicio de no tener nada, ni siquiera el derecho a ser hijo pues de su padre sólo consiguió el que le diera la espalda y su madre tuvo que darlo a una familia de campesinos de Yucatán, para después pasar por las delicias de la juventud —la que lo ha acompañado siempre— en que se quedó atrás la Biblia, con la que tuvo sus primeros encuentros con la literatura, gracias a su tutor, y un diccionario hasta pasar a la literatura clásica y española del Siglo de Oro, su relación con otros escritores, su matrimonio, su divorcio… para finalmente convencerse, y convencernos, que no se tiene nada, “sólo la vida”. Por eso, Renán ofreció un valioso consejo: “Lo cierto es que no había abuelos ni alguien en el pasado, y cuando mis hijas empezaron a entender las cosas, yo les dije: ‘Con nosotros empieza la vida, no busquen atrás, no hay nada’”.

Raúl Renán se deja ver con esa presencia generosa, con una obra que ha construido para ubicarla más allá de todo ser, y él se instala como un ser indivisible y de una juventud encarnada a la memoria de quienes gozamos de su amistad.