Para René Avilés Fabila,
el “carsonfílico” que nos transmitió su amor por ella a María Eugenia y a mí.

 

La lectura de Carson y yo en Nueva York (UAM, Unidad Xochimilco, Colección Gato encerrado, México, 2015), de María Eugenia Merino, me hizo pensar en muchas cosas, entre otras el estereotipo del escritor en el que muchos no encajan. Carson McCullers y la propia María Eugenia entre ellos, pese a lo distintas entre sí que parecen en la superficie. Carson McCullers fue el detonante de que María Eugenia solicitara una beca de residencia en el Writters Room de Nueva York. Su intención: seguirle la pista a su autora favorita para realizar un ensayo biográfico que llevaría por título Las raíces de lo grotesco… pero la autora nunca imaginó que un acontecimiento de la magnitud del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 desviaría el curso de sus detallados planes.

María Eugenia Merino, quien ejerce el periodismo cultural desde 1996 y ha publicado varios libros, entre otros la novela Elvis murió en agosto, posee una trayectoria discreta, como pisada de gato, por completo apartada de los reflectores… pero casi secreta y todo ha dado a conocer parte de su trabajo. Siempre me he preguntado a qué atribuir esta, llamémosle, timidez, dado que estamos ante una espléndida narradora que amerita mucho más reconocimiento. La lectura de Carson y yo en Nueva York me proporciona más de una posible respuesta. ¿Qué sucede cuando una escritora sin ambiciones desmesuradas —excepto escribir un buen ensayo sobre una autora a la que admira— se convierte en testigo de un desastre de la magnitud del 9/11, y su plan original pasan a segundo término? ¿Cómo reaccionar cuando de un día para otro la rutina de instalarse en un cubículo con una computadora a transcribir notas, como se supone hacen todos los escritores (María Eugenia prefiere hacerlo frente a un lago; lo otro una especie de claustrofobia), deja de tener importancia ante la desproporción de una tragedia inimaginable? No es difícil ponerse en los zapatos de la autora: la necesidad de postergar su proyecto para sumarse al coro de horrorizados testigos es demasiado grande. Y en efecto, las mismas circunstancias, el estado de ánimo producido por la destrucción llevan a la escritora mexicana a dejar un poco de lado la elaboración de su ensayo… lo que nunca la abandona es el espíritu de la autora cuyos pasos persigue hasta ese momento y que de pronto pasa a ser quien lleva de la mano a la becaria en su trayecto por el infierno. El aliento narrativo de Carson McCullers se apodera de la pluma —literal, porque la computadora queda olvidada— de María Eugenia. Carson susurra al oído de María Eugenia, vuelta fantasma como todos los habitantes de aquella ciudad, mientras recorre aquel hueco ruinoso donde alguna vez se alzaron, portentosas, las Torres Gemelas: “Una vez un maestro me dijo que sólo se debe escribir de lo que pasa en el patio propio; supongo que quiso decir que uno sólo debe escribir de las cosas que conoce íntimamente, pero ¿qué es más íntimo que la propia imaginación” (p. 29).

Carson McCullers nació en Columbia, Georgia, el 19 de febrero de 1917, pero vivió gran parte de su vida en Nueva York, donde desarrolló su carrera literaria hasta su muerte, el 29 de septiembre de 1967, a la edad de cincuenta años, tras sobrevivir milagrosamente un ataque cerebral sufrido en 1941 que la dejó paralizada de un costado y casi ciega. Por si fuera poco, un cáncer mamario arrasa su poca salud. No es raro que Carson experimentara fijación por personajes con deficiencias físicas o mentales; que su temperamento es el de una Nina Simone literaria y blanca, rugiente de furia y melancolía. La literatura de Carson puede resultar avasalladora pero muy atrayente para temperamentos tormentosos como el de María Eugenia Merino… pero no parece consciente de hasta qué grado su sujeto de estudio ha influido en ella hasta que se ve enfrentada a la desolación y al capricho de la maldad humana. María Eugenia no volverá a ser la misma después de aquella experiencia en que la sensación que más la agobia, es la de impotencia: descubre que no sabe hacer otra cosa que escribir, y que ese don no resulta útil en lo inmediato… y sin embargo lo intenta. El proyecto que la ha llevado a Nueva York queda abortado de momento pero fructificará en otro aún más valiente que es este libro. Sólo en sus últimos días de estancia logra visitar los lugares donde Carson vio pasar gran parte de su vida; un mundo que no existe más pero que su imaginación ha contribuido a recrear. El simple hecho de estar parada allí, donde alguna vez Carson escribió, respiró, amó, sufrió y murió, bastan para que María Eugenia ingrese al que debió ser el estudio donde una de las más notables autoras en lengua inglesa llegó a experimentar la escritura como una extensión o una prótesis de su cuerpo cada vez más reducido.

Tras la experiencia, María Eugenia retorna a México siendo otra, poseída por una mordiente depresión que está a punto de truncar su impulso creativo para siempre. Esto explica, en gran medida, por qué María Eugenia no ha sido una autora prolífica. La segunda parte de su libro, sin que el fantasma de Carson deje de flotar en torno a ella, nos comparte la más íntima experiencia de un escritor: la inmovilidad ante la página —o pantalla— en blanco; el ambivalente miedo a escribir y a no poder hacerlo nunca más, aunque hasta poner punto final la autora manifiesta su propósito de llevar a término su proyecto original de un ensayo titulado Las raíces del grotesco, sobre la vida y obra de Carson McCullers.

La subestimada depresión, que no se alivia “echándole ganas” —¿ganas a qué, para empezar?— puede llegar a ser tan corrosiva y letal como un cáncer… como un ataque cerebral. Hay autores como William Styron —mencionado en este libro— que logran sublimar la depresión, pero en general se trata de una enfermedad paralizante que exige ser confrontada, no tolerada. María Eugenia consigue concretar este libro sin superar del todo su problema, y si bien el resultado es un libro entre testimonial y novelístico, que no corresponde a un género definido, y además breve, no deja de ser una hermosa, invaluable pieza digna de nuestra mayor atención… y amor.