Una de las palabras de moda es “canon”, término que, entre otras acepciones, se emplea para designar un “precepto sobre la manera de hacer algo”, un modelo o tipo considerado “perfecto e ideal entre los de su especie”. Independientemente de que los modelos cambien, mueran o resuciten, hay en la historia del arte ciertas presencias ineludibles por el impacto que causaron y siguen causando en el criterio de los espectadores y artistas que han aprovechado sus huellas o han dejado constancia de su paso por ellas. Sin duda, nombres como Valmiki, Vyasa, Homero, Lao-Tsé, Chuang-Tzú, Virgilio, Kalidasa, Dante, Cervantes, Shakespeare o Goethe, que se recuerdan por la obra que dejaron, han constituido modelos generación tras generación, y aunque a veces han sido sobreinterpretados e inclusive sobrevalorados, nadie duda de su significado no sólo para la literatura, sino para la cultura universal.
En una nota tan breve como esta, sería pretensioso y presuntuoso abarcar lo de por sí ilimitado, desde un punto de vista semántico, de las obras de dos innovadores de sus respectivas lenguas y muertos en 1616: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Del primero se conoce con cierta exactitud su vida (véanse, por ejemplo, los siete volúmenes de la Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes, de Luis Astrana Marín). Se sabe que en la batalla de Lepanto, Cervantes sufrió una herida que le inmovilizó una de las manos (el término “manco” con que se nombra a Miguel de Cervantes significa, en este caso, “falto” o “carente” de movimiento en una mano); se sabe también que vivió más de cinco años como esclavo en Argel, esperando un rescate; se sabe que en su patria sufrió cárcel en tres ocasiones. No sólo Astrana Marín se ha encargado de profundizar en su biografía y en la génesis de sus obras maestras (El Quijote y las Novelas ejemplares).
De Shakespeare, en cambio, se conoce menos y a menudo se mezcla la leyenda con la vida. En 1612, se publicó en Inglaterra la primera traducción del Quijote (realizada por el irlandés Thomas Shelton a partir de la edición de Bruselas, de 1607, y no de la original de 1605). Recordemos que en esa época la gran potencia europea fue España y su influjo cultural era mucho mayor que el de otras naciones. Por supuesto, Shakespeare conoció El Quijote, que tuvo éxito en el Londres de esos años. De hecho, Shakespeare y Fletcher adaptaron para el teatro una de las secuencias narrativas del Quijote, la basada en el personaje Cardenio. Esto es verdad porque dicha obra se localiza en los registros oficiales de los dramas representados. La Historia de Cardenio se perdió con seguridad en el incendio del teatro The Globe, en 1613, después de haber sido representada en dos ocasiones. Más de una vez se insistió en que hubiese sido extraordinario ver cómo Shakespeare interpretaba a Cervantes, aunque fuera un microrrelato (secundario en la historia) que don Quijote y Sancho escucharon en Sierra Morena.
El editor Humphrey Moseley menciona la Historia de Cardenio en 1653. Afirma que él obtuvo una licencia para la “Historia de Cardenio, por Fletcher y Shakespeare”. Pese a lo anterior, en 2007 especialistas de la Royal Shakespeare Company concluyeron que la obra Double falsehood (Doble falsedad), estrenada en 1727 y cuyo título se debe a Lewis Theobald, es justamente el Cardenio perdido de William Shakespeare y John Fletcher. En España, sin embargo, ya se conocía la Historia de Cardenio de Shakespeare gracias al erudito inglés Charles David Ley. Como quiera que sea, todo esto se debe a una reelaboración, al “pegosteo” de un rompecabezas del que muchas piezas siguen perdidas. Sólo podemos darnos una idea vaga de lo que fue en realidad el drama shakespereano basado en Cervantes.
Sabemos que el escritor inglés siempre tomó narraciones e historias prestadas de otras fuentes, pero imprimiéndoles mayor hondura sicológica a los personajes, haciéndolos mucho más vivos, e incluso agregando profundidad filosófica, política y de otras índoles que los textos originales a menudo no tuvieron, pero sobre todo, Shakespeare, tanto en el teatro como en la poesía, es el dominio y la renovación del inglés, idioma al que pulió dándole brillantez y resignificando conceptos, jugando con él e incorporando léxico. La lengua inglesa dejó de ser la misma después del llamado teatro isabelino, particularmente después de Shakespeare. Basta comparar las obras de este último con las de, por ejemplo, Christopher Marlowe o Ben Jonson.
Se ha repetido que Cervantes y Shakespeare murieron el mismo día. Esto no es verdad por la siguiente razón: en 1582 Gregorio XIII hizo una reforma al calendario juliano; suprimió diez días y la gente pasó del cuatro al quince de octubre. La reforma fue aceptada en los países católicos, pero Inglaterra no la adoptaría hasta 1751. Inglaterra y España, en consecuencia, no se regían por el mismo calendario. Otros países (los de religión “ortodoxa”, como Bulgaria o Grecia) incluso tardaron más tiempo en adoptar el llamado calendario gregoriano. Pero independientemente de este detalle, ambos innovadores de las letras murieron con escasos días de diferencia, en 1616 y, lo más relevante, sus obras siguen siendo inmensos modelos literarios para todo aquel que desea sumergirse en dos de las lenguas más habladas y en dos de las literaturas más leídas: la inglesa y la española.
