Si alguien creía que el largo, complicado y caro proceso electoral estadounidense para elegir al cuadragésimo quinto presidente de los United States of America (USA) en los comicios del próximo mes de noviembre sería otro aburrido capítulo de la Democracia en América —Alexis de Tocqueville dixit—, estaba totalmente equivocado. Aunque en el siglo XX hubo varias elecciones emocionantes, ninguna llegó a provocar tanto interés como la que está en curso. Sobre todo por las consecuencias que puede representar para México.
Puede calificarse con los peores epítetos al despreciable xenófobo showman, ejecutivo, político (de todas las banderías), empresario y millonario Donald John Trump (Queens, Nueva York, 14 de junio de 1946), pero nadie podrá negar que en su afán por hacerse con la postulación para presidente de Estados Unidos por el Partido Republicano y en su caso sustituir a Barack Hussein Obama como residente de la histórica Casa Blanca en Washington, ha revuelto las aguas en contra de los políticos tradicionales sin importarle que con ello se recurra a lo más oscuro y despreciable de los WASP (White Anglo-Saxon Protestant: Blancos Anglosajones Protestantes), y de otros grupos derechistas y racistas que abundan del otro lado de la frontera norte.
Trump no encontró mejores argumentos para desarrollar su propaganda política que llevarse entre las patas a los inmigrantes ilegales mexicanos (acusándonos de todo lo peor), y a los musulmanes de toda laya, al fin y al cabo se trataba de echar la culpa de los problemas que enfrenta el Tío Sam a cualquiera y entre esos “cualquiera” están los nacidos al sur del río Bravo o del Norte, como lo llaman los gringos. Con esa verborrea, Trump logró lo que nadie pensó en un primer momento: poco a poco —más rápido de lo que muchos suponían—, fue ascendiendo en las simpatías de los descontentos republicanos (indignados con el gobierno del primer afroamericano en llegar a la famosa residencia washingtoniana), al grado que muy pocos dudan que se convierta en el abanderado del Grand Old Party para enfrentar a (la o el) representante del Partido Demócrata, aunque ahora parte de la élite republicana se oponga al debatido empresario.
Lo cierto es que los dirigentes del partido del elefante crearon —a lo largo de mucho tiempo—, su Frankestein y ahora ya no saben cómo destruirlo. Esta circunstancia hace que la competencia por lograr la candidatura presidencial en la Unión Americana sea fuera de serie. Todavía faltan muchas semanas para llegar al desenlace y falta por ver qué otros despropósitos hará Trump, y quien resulte el abanderado (a) de los demócratas.
Mientras tanto, el martes 15 la exprimera dama, exsenadora, exsecretaria de Estado Hillary Diane Rodham Clinton (Chicago, 26 de octubre de 1947), y el empresario Donald Trump afianzaron sus aspiraciones para obtener la nominación de sus respectivos partidos a la presidencia de Estados Unidos, tras lograr sendas victorias en la mayoría de los cinco estados en juego en el llamado “pequeño súper martes”. Triunfos que los afianzan, más no los aseguran.
Poco a poco, la mazorca de aspirantes republicanos que al empezar la carrera contaba con 17 competidores se ha reducido. Jeb Bush, exgobernador de Florida —hijo y hermano de presidente—, al principio era uno de los favoritos pero no pudo imponerse al impetuoso Trump —palabra que el diccionario de inglés define como una alteración de triumph (triunfo). El esposo de mexicana, Columba, con la que ha procreado tres hijos, se retiró de la liza aunque era uno de los aspirantes a la candidatura presidencial con más dinero para su campaña.
Ahora le tocó el turno al descendiente de cubanos, Marco Rubio, de tirar la toalla. El senador republicano por Florida, de 44 años de edad, fue derrotado en su propia casa en el segundo “supermartes” por el ensoberbecido Trump que ante la posibilidad de que al final de cuentas, en la convención republicana se le negara su registro como candidato oficial a la presidencia, ya amenazó con disturbios dentro y fuera del partido.
Escrutados los votos en la Florida, Trump superó a Rubio por casi 18 puntos, en tanto el también senador Ted Cruz –igualmente descendiente de cubanos–, quedó en tercer lugar y John Kasich en cuarto. La retirada de Rubio causó impacto porque no hace mucho tiempo se le consideraba la “nueva estrella republicana” —en 2013, la revista Time le dio la portada llamándolo “El salvador del Partido Republicano”—por lo que se le presentó como la cara del futuro de esa organización política. Proyectado como “la nueva generación” conservadora Rubio únicamente ganó en Minnesota, Puerto Rico y el Distrito de Columbia (Washington). No dio para más. Como la canción de los cochinitos, “de los 17 que empezaron solo quedan tres”…
Aunque el gobernador de Ohio, John Kasich (que algunos analistas ven como alternativa para impedir el paso a Trump), ganó en su estado, otros aseguran que en las primarias y caucus que faltan no tiene mayor oportunidad. Con su triunfo en Florida, Trump logró un doble objetivo. Por un lado, sumó un importante botín de delegados y, por otro, borró de la carrera presidencial al senador Rubio, la “estrella” en la que las élites republicanas confiaban para frenar al boquiflojo empresario. De tal suerte, su avance disipa los anhelos de los republicanos que lo ven con espanto como un “político advenedizo” –que en su momento apoyó a los demócratas, incluyendo a Bill Clinton– que en su verborrea mezcla un discurso radical escorado a la derecha con planteamientos de medias verdades que lo acerca, al parecer sin freno, hacia la nominación del Partido Republicano. Pese al disgusto que origina el adelanto de Trump en los caucus y en las primarias, es innegable que en los últimos meses ha revolucionado la política en Estados Unidos sin mayor margen a las élites conservadoras para buscar una alternativa a su probable candidatura.
Pese a todo, el panorama es incierto. El sistema de reparto de delegados en el Partido Republicano es muy complejo. La web Real Clear Politics distingue nueve formas distintas de asignarlos. Mientras los demócratas lo hacen siempre de forma proporcional, en el caso del Grand Old Party sólo 209 de los 2,472 que habrá en la convención se reparten de forma proporcional sin matices, según los datos que recoge esta web. El hecho es que los vientos son favorables para Donald Trump y parece que su camino hacia la nominación es cuesta abajo. Las encuestas de Real Clear Politics le sitúa 14 puntos por encima del conservador senador Ted Cruz a nivel nacional. Por cierto, Cruz tiene un discurso tanto o más derechista que el del empresario. La opción para los republicanos sería John Richard Kasich (McKees Rocks, Pensilvania, 1952), que se presume nacido para el servicio público, entendido esto en el más puro y esencial de los sentidos sobre todo ahora que la imagen de la política pasa por el implacable filtro de una opinión pública desencantada.
En el bando del Partido Demócrata mucho tendrían que cambiar las tendencias que hasta ahora han marcado las primarias demócratas para que a Hillary Clinton se le escapara la nominación. El martes 15, en el “mini Super Martes”, la esposa de Bill Clinton se impuso en cuatro Estados –Florida, Carolina del Norte, Ohio e Illinois–, y solo tuvo un empate técnico en Missouri. Su contrincante, el senador por Vermont, Bernie Sanders no pudo repetir el gran triunfo obtenido una semana antes en Michigan, en el que algunos pusieron las esperanzas de que pudiera plantear batalla a Clinton. Hasta el momento, Clinton ha conseguido posicionarse como la candidata de garantías para mantear la Casa Blanca del lado demócrata. Según las encuestas a pie de urna de la cadena ABC News, casi el doble de sus electores en las primarias daban a Hillary más posibilidades de vencer a la “sensación republicana”, Donald Trump, en una hipotética elección general que a Bernie Sanders. En contra, los mismos encuestados percibían al senador por Vermont como “más honesto y confiable”: así lo consideran 8 de cada 10 electores, frente a 6 de cada 10 que decían lo mismo de Clinton.
No obstante, Bernie Sanders –que algunos republicanos e incluso demócratas tildan como “comunista”–, mantiene que dará la pelea hasta el final. “Empezamos esta campaña con un apoyo del 3% a nivel nacional…Hemos hecho mucho en diez meses. Y la razón por la que nos ha ido tan bien es porque estamos haciendo algo radical en la política estadounidense: estamos diciendo la verdad”, dijo a sus seguidores. Asimismo, después del “súper Martes”, Bernie volvió con los ataques contra Wall Street, contra la financiación electoral, contra la riqueza de un país en el que sufre la clase media y no dio señales de frenar en sus aspiraciones para ganar la nominación demócrata. Puede hacerlo, aún con austeridad tiene dinero para continuar y la forma proporcional en la que se reparten los delegados en las primarias de sus partido le permitiría que Hillary Clinton no asegurase la nominación hasta el mes de junio en la convención (lo mismo que ocurrió en 2008 entre ella, como “candidata favorita” y Barack Obama.
En fin, como escribe el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, en su artículo Trump no es ningún accidente… “por el contrario, el Partido Republicano ha pasado décadas alentando y explotando la misma rabia que ahora está llevando a Trump a conseguir la candidatura. Esa rabia estaba destinada a salirse del control de la élite tarde o temprano…Donald Trump no es ningún accidente. Su partido se lo había buscado”. Pero, y si los cantos de sirena de los Tea Party lo llevan a la Casa Blanca, ¿qué hará México?. O la pregunta se hará hasta el último momento, cuando ya no habrá marcha atrás. VALE.
