Seis décadas en Ciudad Universitaria

 

 

El libro gobierna a los hombres

y es el maestro del porvenir.

Henri Poincaré

 

El 5 de abril de 1956 fue inaugurado el edificio de la Biblioteca Central de la Ciudad Universitaria, concebida por los más talentosos arquitectos y artistas de un México inmerso en un nacionalismo revolucionario que concebía los muros de los edificios públicos como “libros” provocadores de diálogos incesantes y de construcción de identidad.

Imaginado por los arquitectos Carlos Lazo y Juan O´Gorman, este último convenció al Patronato Universitario para que le permitieran cubrir los cuatro costados del paralelepípedo de dieciséis pisos que albergaría el acervo bibliográfico de la institución, con un mural que expresara “La representación histórica de la cultura”, como el mismo pintor lo bautizó.

En una superficie de cuatro mil metros cuadrados, el hijo del pintor irlandés Cecil O´Gorman, plasmó magistralmente un enorme códice partiendo del principio rector de la civilización azteca: la búsqueda del perfecto equilibrio entre los contrarios a efecto de garantizar el movimiento perpetuo del cosmos y, en consonancia, Juan aplicó la correcta orientación de su narrativa pictográfica plasmando al norte —hacia el lugar del pasado— el portento de la fundación de México-Tenochtitlan como producto de esa justa armonía por las aguas que fluyen y confluyen, recreando así el espíritu del “Dador de la vida” expresado como milpa, como islote hecho nopal, hecho el numen aquilino que en él se posa.

El muralista eligió el muro sur para plasmar su personalísima visión de la Colonia, centrando su narración pictórica en las encontradas cosmovisiones del centralismo ptolemaico contra el dinamismo copernicano del cual, por cierto, surge la traza de la Ciudad de México como un proceso inherente a la “Ciudad del Hombre”, no a la fundada por los dioses.

La fachada oriente expresa la convicción revolucionaria del autor, reconociendo que la justa medida entre las encontradas visiones urbanas y campesinas debe ser el motor de la nueva sociedad fincada en la energía cósmica, el trabajo, el conocimiento y la ciencia; y el muro poniente es en sí mismo un faro pictórico que ubica al transeúnte frente al edificio de la Biblioteca Central de la Ciudad Universitaria, como lo indica el enorme escudo que centraliza el diálogo pictográfico del muro.

A pesar de algunas acres críticas, el muralista defendió su obra convencido de que su creación conversa con el espectador y que, como expresara el político francés Poincaré, es como un libro que “gobierna” y que permite navegar por nuestra historia, lo que hace que sus murales sean maestros del porvenir que propician ese diálogo incesante entre O´Gorman y las generaciones de estudiantes que lo escudriñan y que lo reconstruyen con su renovada visión contemporánea.