Del terrorismo

 

Uno de los actos más deleznables en la historia de la humanidad ha sido el terrorismo que nunca se ha marchado, parece no estar en peligro de extinción porque el fanatismo es su combustible, las secuelas de tales crímenes no cesan. El espectro terrorista no deja de dar la vuelta al mundo, principalmente en Europa, no obstante también África y Asia han reportado masacres como ya ha sucedido en Estados Unidos o incluso Sudamérica.

Los actos sanguinarios de crueldad extrema como impune han desatado la psicosis en Europa, esa pugna antigua entre Oriente Medio y Occidente tiene hondas raíces entre las que se ubica con facilidad el fanatismo religioso que abreva del fundamentalismo desde las épocas de las tristemente célebres cruzadas hasta llegar a los días actuales de la aldea global y el Estado Islámico que no deja de sembrar muerte. El horror es el signo principal entre quienes buscan aniquilar a lo que es diferente, para ellos la libertad es una utopía porque la imposición es su divisa.

Recientemente la capital política europea, Bruselas, fue sacudida por los terroristas del Estado Islámico nacidos para matar, decenas de muertos fueron el resultado del embate amparado en la cobardía en ese centro neurálgico, donde se perpetró el atentado fatal.

Nada justifica el acto de referencia, desalmado, los terroristas tienen la convicción de haber combatido a los infieles como lo mandatan sus dogmas, que como tales son inescrutables, inapelables y asesinos, de acuerdo con ese grupo islamista extremo.

En los registros de la historia reciente no se borra aquel atentado que cimbró a Estados Unidos el fatídico 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, las Torres Gemelas simbolizaban el orgullo norteamericano, hasta esos rascacielos llegaron los integrantes de Al Qaeda para masacrar gente inocente al estrellar dos aviones para dejar las alarmas de la seguridad mundial en alerta y mantenerlas encendidas.

El terrorismo es sinónimo de muerte, manifestación brutal que pinta de sangre lo que toca con todas las ventajas diseñadas por mentes que odian, son actos concertados para forjar una máquina de matar, digamos que los fanáticos suicidas se asumen como los ángeles exterminadores de impíos, según sus “verdades reveladas”.

Históricamente las religiones se han erigido como el pretexto de muchos para explotar, matar y expoliar a las masas; en nombre de la deidad se ejecutó a miles de inocentes en aquella era plagada por las sombras de la ignorancia conocida como la Edad Media a través de una maquinaria conocida como la Santa Inquisición.

Las cruzadas nunca tuvieron razón de ser, por ejemplo, el papa de turno pidió a los reyes católicos de Europa —en plena hegemonía cristiana de occidente— “rescatar” los “lugares santos” que ya estaban ocupados por los musulmanes; lo que siguió fue una guerra sin cuartel tan sangrienta como absurda, el motor fue el fanatismo. Al final los occidentales fueron echados de aquellos lugares, Saladino se impuso a Ricardo Corazón de León, aunque la historia que se escribió pone del lado de los buenos a los cristianos, a los musulmanes se les llamó despectivamente “sarracenos” —con las manos vacías—. En nombre de un dios se hacen cosas que no pueden ser de un ente piadoso porque los actos equívocos sólo reflejan las pulsaciones humanas de una condición cuestionable y alejada en extremo de cualquier luz de la divinidad.