Una actitud común en la gente conservadora y en lo que Pierre Boulez llama “ecumenismo”, es el miedo a la transgresión y a lo inclasificable. Lo que no puede acomodarse a un patrón o a un esquema preciso y por ello adquiere distintas formas, a veces aparentemente irreconciliables, resulta difícil de nombrar y, por tanto, de controlar. La historia del arte y en particular de la música es justo historia porque dichas manifestaciones no se han estancado. En esta línea de tiempo, puede localizarse puntos de ruptura y de continuidad de mayor o menor intensidad, dependiendo del contexto histórico y político. Ya lo decía Victor Hugo: sin libertad política no hay libertad artística. En este sentido, la actitud ecléctica, liberal, de ruptura y de parodia de lenguajes precedentes, de antisolemnidad, se contrapone a la actitud purista y respetuosa de los esquemas que el poder o los poderes culturales y de otras índoles han impuesto o privilegiado en determinadas épocas. Cuando Gershwin tomó elementos de la música negra, del blues concretamente, y los llevó a las salas de conciertos, produjo una explosión tal vez tan intensa como la generada por Stravinsky en el aspecto rítmico, o por Schoenberg en el armónico y melódico. Estos artistas rompieron esquemas con mayor o menos intensidad, pero también crearon escuela y secuelas, imitadores que pronto los canonizarían y producirían nuevas continuidades. Y lo mismo que ocurre con la música de partitura, cultivada en las academias, sucede con las músicas populares. Se crean reglas, esquemas armónicos, melódicos y rítmicos, y hay que esperar a que alguien los rompa. A veces, tal ruptura no consiste sino en un retorno a modelos ya en desuso; otras, en la fusión de distintos modelos: eclecticismo. Ejemplo de lo anterior es cuando los muros entre músicas populares y cultas se rompen con distintas intenciones. A veces, una manifestación popular e incluso industrial abarata, simplifica o esquematiza motivos de la música culta, pero generalmente ha ocurrido lo contrario: es la música culta la que, al apropiarse de expresiones populares, las enaltece y convierte en arte. Así surgieron, entre otros, los movimientos nacionalistas. No obstante, en muchos músicos y melómanos persiste hasta hoy una actitud negativa que yo llamaría pedante y snob hacia las manifestaciones populares, aunque éstas demuestren calidad estética. Si no hay nada puro y todo es producto de hibridación, de mezclas y combinaciones, ahora, en medio de la mundanización, cuando las fronteras entre culturas se van borrando, lo anterior es cada vez más evidente.
