Elena Garro, hija de un refugiado español José Antonio Garro y de la mexicana Esperanza Navarro, nació el 11 de diciembre de 1916 en Puebla de los Ángeles. Apegada a su familia de clase alta, católica, amante de las disciplinas artísticas como la danza, la música y la literatura; entre sus escritores destacan Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Julio César, Sócrates. Aprendió latín, francés. Entre los años 1936 y 1937 tomó clases de danza con Hipólito Zybin, discípulo de Pavlova, a los 17 años de edad ejerció como coreógrafa participando en el primer Teatro de la Universidad dirigido por Julio Bracho, estudiada en la Facultad de Filosofía y Letras con Julio Jiménez Rueda, Samuel Ramos, Salvador Azuela, Julio Torri, entre otros. Trabaja con Xavier Villaurrutia, Agustín Lazo y Rodolfo Usigli. Aún menor de edad se casó con Octavio Paz en 1937, ese mismo año Elena viajó con Octavio Paz a España para después regresar al año siguiente, escribió Memorias de España, libro testimonial, durante su matrimonio tuvieron una hija, Helena Paz Garro, para finalmente divorciarse en el año de 1959.

A partir del momento en el cual Elena dio a conocer su dramaturgia se ve el cúmulo de producción fascinante donde podemos apreciar cómo expresa la identidad de la mujer, encuentra reciprocidad entre sus personajes femeninos, lo romántico. El lado Romántico está en el estilo de volver hacia el pretérito, lo extravagante, los contrastes; el bien/mal y bondad/crueldad; la elevación del YO, la abdicación al equilibrio racional, la exaltación de las pasiones, el fatalismo y la noción del destino, sin olvidar que en la obra garriana intercepta la necesidad del espejo como un estado de existencia, sumisión que modifica la imagen tan contundente y absolutista del rebelde maldito de la más pura tradición romántica.

La dramaturga expone a través de sus féminas literarias la cortés línea divisoria entre creer y no creer, la vulnerabilidad de la identidad, el valor de la verdad, la inocencia, la arbitrariedad, la traición y el abandono, es decir, sus personajes son producto de etéreas reflexiones humanas que trascienden su propio sexo con las que nos sentimos identificados o en último de los casos si se suscitan dramas por su condición femenina nos confesamos no sólo como espectadores sino también propiciadores.

Sea como sea, al hacernos juiciosos la escritura trastoca lo ocurrido del tiempo traspasando su propia historia (involucrando con la de un teatro de vanguardia). Las interpretaciones cobran un valor inusitado. Formalidad es motivo de burla, insolencia y humor, la noveau roman no se limita a contrapasar con actitudes opuestas sino niega de raíz la justificación de toda narrativa tradicional.

En los personajes, la psique y cualquier noción vinculada al realismo parecen partir de cero. Sus antecesores en la dramaturgia Alfred Jarry a finales del siglo XIX, Antonin Artaud en los veinte y Jean Genet en los cuarenta, habían ido muy lejos con sus creaciones respectivamente, la megalomanía de Ubu Rey quebranta lo hecho, hasta entonces, anunciando la venida de lo vanguardista.

El teatro y su doble, el Teatro de la Crueldad sacudía con sus propuestas comprometedoras y Las Criadas de Genet aturdían las putativas moralidades e integridades, denuncia la comunicación fallida, resalta la soledad y el vacío total sin olvidarnos de Samuel Beckett que aborda el humor negro y la alegoría para hablar de la inhumanidad y la espera absurda.

Garro hace algunas de sus heroínas teatrales poseedoras de un alter ego, reguladoras de un presente adverso ante el cual se sublevan como se declaran en las relaciones con seres quienes las confrontan las acosan; tal es el caso de las protagonistas en las obras literarias de Andarse por las ramas, Los pilares de doña Blanca, Los perros y El árbol, una de las obras escrita en un acto, un hostil escenario rural, trastoca temas fundamentales como la pobreza, la lucha de poderes y la situación opresiva que vive la mujer en un contexto dominado por los hombres.

Observamos un ejercicio claro donde se conjugan síntesis, un lenguaje muy a la manera de su autora, preciso, poético, realista, personal, un conflicto efectivo basado en la búsqueda de la tranquilidad a través del miedo. La escritura de Elena Garro fue una ruptura, muchas rupturas en varios ámbitos de la vida. Su inquietud de una mujer creativa, reprimida durante casi dos décadas de matrimonio con Octavio Paz, un día volvió. En una década intensa, Garro creó la mayor parte de sus obras de teatro, novela y varios cuentos que la hicieron “diferente” en el escenario de las letras y la cultura a mediados del siglo XX.

El árbol, dos interesantes caracteres femeninos: Marta, citadina de 50 años y Luisa, india de 57. La intriga transcurre en la residencia de la mujer urbana perteneciente a la clase alta y, adonde llega de improviso la campesina. Su dramaturgia de Garro crea por momentos dos bandos: el de la urbana, limpia, maternal reconocida y aceptada; el de la pueblerina, sucia, menor y segregada; no obstante tienen miedo y además intercambian roles de dominadora-sometimiento, este drama de principio a fin la relación entre Marta y Luisa es un juego ambiguo e inofensivo de manipulaciones en torno al miedo, pero en el cuento es una estrategia precisa, Luisa melancólica se las ingenia para matar a Marta en un rito coincidente y similar al acercarse a un frondoso árbol. La india, esta vez no expía culpas, el acto de cometer de nuevo un crimen es para volver al lugar donde tuvo sus mejores recuerdos, la prisión es sinónimo de paz, concordia, Luisa huye de la soledad, busca vivir su pasado y en ambos casos termina en una labor infructuosa.

Un discurso donde se observa la intolerancia, la clase alta y la baja; la raza criolla y la mestiza, un juego impregnado de límites imprecisos, es aquí, donde el miedo a la soledad nos convierte en seres expuestos y vulnerables.

Dice Fabienne Bradu, en su libro Señas particulares: escritora: “Se ha dicho que las mujeres de Elena son figuras románticas sobre todo por el culto al personaje que encarnan, la concepción del amor que hace de ellas personajes elegidos por un destino que se prolonga más allá de la vida, y también por la rebeldía que constituye su mayor fuerza de carácter. Sus vidas se desarrollan como una dolorosa cruzada contra el mal y la mentira”.