Cuando los grandes imperios de la Tierra eran gobernados por bizarros generales como el legendario corso Napoleón Bonaparte era costumbre que al morir depositaran sus restos mortales en soberbios monumentos funerarios como el erigido bajo el Domo de les Invalides en París. La tumba de Napoleón está hecha de bloques de cuarcita roja sobre un pedestal de granito verde rodeada de doce “Victorias”, y los nombres de ocho de las principales batallas en las que triunfó Bonaparte, como las de Austerlitz, Wagram, Friedland, Marengo, etcétera. Ese conjunto funerario siempre me ha impactado. Ahora, cuando los gobernantes mueren ya no necesitan tanta parafernalia y sus tumbas a veces son modestas.
Los tiempos han cambiado, sin duda, pero cuando hacen el resumen de sus carreras políticas también suman triunfos y derrotas. Para el caso, el 44º presidente de Estados Unidos de América (EUA), Barack Hussein Obama está a diez meses de cumplir su segundo y último periodo de gobierno. Aunque Obama es el comandante supremo de las fuerzas armadas de su belicoso país, lejos está de contar con una carrera militar como la han tenido algunos de sus antecesores. Eso no quiere decir, sin embargo, que su currículum como gobernante carezca de “triunfos” y “derrotas”. Para unos y otras no fue necesario que empuñara armas de fuego, por el contrario, otra de sus fallidas batallas fue la de endurecer las leyes para que cualquier “sobrino” del Tío Sam pueda poseer pistolas y rifles de cualquier calibre.
Antes de abandonar la Casa Blanca, Obama ya puede incluir entre sus triunfos los siguientes: el acuerdo para frenar el programa nuclear de Irán, el país de los ayatolas, después de 30 años de rivalidad entre Washington y Teherán; la normalización de las relaciones diplomáticas con Cuba, tras medio siglo de enfrentamiento de la Unión Americana con el régimen castrista de La Habana (aunque Obama no ha podido que el Congreso levante el embargo económico contra la isla), y, por último, el reconocimiento, 40 años después, de que EUA no estuvo a la altura de sus valores y que tardó en reaccionar a los crímenes de la dictadura militar en Argentina que se montó desde 1976: “hay momentos de gran gloria y otros que fueron contrarios a lo que creo que debe representar América”, dijo en el Parque de la Memoria de Buenos Aires y, como señal de buena fe, prometió desclasificar documentos militares y de inteligencia sobre esa época oscura e hizo un reconocimiento a las víctimas de la dictadura de los generalotes. Aprovechando su vista austral, bebió mate y bailó tango.
Aunque el gobierno de Obama ha sido criticado interna y externamente, por propios y extraños, nadie podrá ignorar que una de sus principales herencias al despedirse de sus gobernados en enero del próximo año será el fin de un enfrentamiento que en varias ocasiones fue más allá del encono diplomático y que envenenó el escenario internacional de la mitad del siglo pasado y de la primera década y media del XXI —incluso colocó al planeta en los límites de una confrontación nuclear—. Al pisar tierra cubana el domingo 20 de marzo, Obama finalizó más de media centuria —54 años exactamente—, de un delicado conflicto entre Washington y La Habana.
Cuando Barack Obama, su esposa y sus dos hijas, acompañadas por la suegra, descendieron por la escalerilla del avión Air Force One, en el aeropuerto José Martí, situado en Rancho Boyeros, de La Habana, hacía historia, en tanto el presidente Raúl Castro Ruz, hermano del mítico comandante que encabezó la Revolución Cubana, al no acudir al aeropuerto a recibir al mandatario estadounidense, por lo menos se mostró mezquino creyendo que así evitaría el regaño del héroe de Sierra Maestra. Qué pequeños son a veces los personajes públicos. El hecho es que el arribo del primer afroamericano que es presidente de EUA a La Habana fue una visita de mucho valor simbólico pero, al mismo tiempo, de importancia estratégica, desde el punto de vista bilateral como hispanoamericana.
La decisión de Obama al visitar Cuba va más allá de un capricho presidencial. Aunque parezca increíble, después de tantos capítulos históricos vividos entre el “último imperio” y la hermosa “perla de las Antillas”, la visita del mulato demócrata es la primera que realiza un presidente de EUA, en estas condiciones desde la independencia de la isla de España. Hace 88 años, el trigésimo presidente de USA, el republicano John Calvin Coolidge Jr. (1872-1933) llegó a la ínsula con motivo de una reunión internacional a bordo de un barco de guerra. Ahora, Obama llegó acompañado de su familia en condiciones impensables hace apenas año y medio. A fines de 2014, ambos mandatarios anunciaron, al mismo tiempo, la reanudación de relaciones diplomáticas.
Todavía falta mucho por hacer: el levantamiento del embargo —castigo de EUA que no pudo hacer caer la dictadura en Cuba—, por una parte y, por la otra, Raúl Castro debería impulsar avances efectivos para la apertura del régimen y el respeto de los derechos humanos en todos los órdenes, incluyendo la aceptación de que en la isla sí hay presos políticos. El hecho de que Obama se reunió con varios miembros de la oposición es un avance, pero el proceso de normalización de relaciones debe incluir libertades reales, no simbólicas. La visita del ejecutivo estadounidense no es un cheque en blanco para Raúl Castro en particular y los Castro en general. Es claro que las relaciones entre ambos países no volverán a ser como antes. Los pasos siguientes no pueden demorar otros 54 años.
Como epílogo de su viaje a Cuba, Barack Obama voló a la parte austral del continente, a Argentina, país que se distanció de EUA desde la presidencia de Néstor Kirchner y de su esposa Cristina Fernández. La llegada de Obama al país de las pampas, el mate y el tango, puede interpretarse como el propósito de un cambio (algunos analistas lo califican de “radical”) de la imagen del Tío Sam en Hispanoamérica. La visita causó polémica porque coincidió con el 40º aniversario de la dictadura militar (24 de marzo de 1976-10 de diciembre de 1983), que contó con el apoyo del gobierno de EUA, razón por la que Obama pidió romper con la “desconfianza” que generó esa posición, especialmente de la izquierda iberoamericana.
Es claro que el propósito de Barack Obama en este “histórico” viaje a países que forman parte de su “patio trasero” es que no quiere terminar sus últimos meses de gobierno como un inútil “pato cojo” como desean sus adversarios republicanos. No es simple coincidencia que llegara a tierras argentinas cuando se cumplen cuatro décadas del inicio de una de las más atroces dictaduras militares sudamericanas —a las que se acusa de por lo menos de más de 30,000 desparecidos y un sinnúmero de crímenes, incluyendo el lanzamiento de personas vivas a alta mar desde aviones de la fuerza aérea—; la visita a Argentina fue calculada punto por punto, especialmente el apoyo al nuevo presidente elegido en segunda vuelta, Mauricio Macri, que se advierte como nuevo aliado clave de Estados Unidos en la región. El sustituto de Cristina Fernández da un giro de 180 grados a la política antiamericana que esta mantuvo en la Casa Rosada. A su vez, Obama pretende romper con el oscuro pasado de EUA —tarea nada fácil pues para los países al sur del río Bravo será difícil olvidar la nefasta “Doctrina Monroe”, elaborada por John Quincy Adams y atribuida al quinto presidente de la Unión Americana, James Monroe en 1823: “América para los americanos”, sobre todo en estos tiempos cuando en el horizonte se vislumbra la posibilidad de un presidente derechista y xenófobo como el “republicano” Donald Trump que fantochea con levantar un muro en la frontera entre EUA y México, costeada por los mexicanos, y su relación con los golpes militares y la Operación Cóndor de tan infausta memoria.
Así, el presidente Obama al hablar en el sitio más simbólico de los argentinos, el Parque de la Memoria, donde están inscritos los nombres de los desaparecidos, reconoció que su país “tardó” en defender los derechos humanos en Argentina y otros países de la zona. Dijo: “Sé que existen polémicas sobre las políticas de Estados Unidos en esos días oscuros…Es algo que Estados Unidos está analizando. Las democracias deben tener el valor de reconocer cuando no se está a la altura de los valores que defendemos. Cuando hemos tardado en defender los derechos humanos. Ese fue el caso de Argentina…No podemos olvidar el pasado. Pero una vez que encontramos el valor de afrontar el pasado, es cuando podemos cambiarlo y construimos un futuro mejor. Eso es lo que han hecho las víctimas, y EUA continuará ayudándolas en sus esfuerzos. Lo que sucedió aquí en Argentina no es único, pasó en diferentes partes del mundo. Tenemos la responsabilidad de analizar ese pasado, de ser responsables hacia el futuro, es lo que vamos a hacer para que el mundo sea un lugar mejor para nuestros hijos”.
Barack Obama no fue más lejos. No pidió perdón, ni tampoco se refirió a Henry Kissinger ni a sus tenebrosas intervenciones, ni a la Escuela de las Américas ni a la repugnante Operación Cóndor. Ni entró en detalles con ejemplos del papel de su país en los crímenes cometidos en aquellos tenebrosos años. Sí defendió la necesidad de que las democracias aborden sus propios crímenes y recordó que también hubo administraciones estadounidenses como la de Jimmy Carter que al ser electo colocó los derechos humanos en el centro de la política exterior de la Casa Blanca.
Seguro, Barack Obama no pasará a la historia como un “pato cojo”. VALE.
