Variaciones sobre un tema apremiante
Bueno, tal vez no todos los niños, pero sí hay un buen número de infantes que recibió un (¿otro?) impacto desencantador. Déjenme que les cuente: resulta que muchos menores estaban felices por la aparición de un nuevo payaso en la televisión. Esa noticia era buena, porque el payaso de marras podía ser, nada menos, que Presidente de Estados Unidos y esa posibilidad garantizaba la presencia diaria del clown y, además, en televisión abierta, de manera gratuita.
Y es que Donald Trump —se pensaba— no necesita maquillarse para hacer payasadas. Tal vez un ligero pasón de autobronceador (o bronzer o BB cream) que resalte su strawberry blonde, lo demás ya lo tiene.
Por eso los niños estaban contentos; incluso algunos adultos mayores que esperaban una imposible reencarnación del gran Bozo. Estábamos muy contentos hasta que…
El todavía terriblemente popular clown comenzó a enseñar el cobre. Comenzó a mostrar que fue incubado no en un circo, sino en un huevo de la serpiente fascista del siglo XXI. Trump no es una caricatura de Adolfo Hitler (que hasta podría alegrarnos la vida en este escenario gris); sino su, esa sí posible, reencarnación puntual. Trump sigue la lógica de los grandes tiranos en la historia mundial, que empieza por encontrar un enemigo y focalizar hacia éste las culpas por todos los males reales o supuestos de un país. Trump encontró a los mexicanos y éstos ya tienen un lugar privilegiado en la narrativa del precandidato Republicano. Un antecesor de él lo encontró en los judíos y uno más (igualmente conocido, pero más primitivo) convirtió a los “moros” — sus antiguos aliados, por cierto— en el los chivos expiatorios que se requerían.
Cuando escasean las propuestas políticas competitivas, se recurre a inventar enemigos. Esa es una de las explicaciones de la “guerra fría” a pesar de los aparentes excesos ideológicos. Se reinventó el concepto del “otro” y de “los otros”.
Apareció la dualidad de “las amantes de Stalin” y las “novias de Truman”; hubo incluso una dicotomía líquida: “el vodka contra la coca cola” y una menos conocida pera también importante: los pioneros y los boy scouts. Este conflicto obligaba a crear una identidad-lealtad a partir de la construcción de la imagen de un “otro”. Hoy, a los mexicanos nos toca ser los otros en el imaginario de Trump, que se pretende expandir en Estados Unidos.
Según lo afirma el senador Barbosa, Trump no actúa por locura, ni por payasada ni por intuición, sino que se empata con una estrategia diseñada por profesionales del oficio y con un destinatario bien definido: el norteamericano que piensa lo mismo de los latinos y que siente pasos en la azotea de la competencia.
El discurso de Trump está pensado y existe el riesgo de que quienes piensan de la misma manera se comporten electoralmente igual y que estos norteamericanos puedan crear una mayoría. Las palabras de Trump no tienen la intención de hacer reír, sino la de aterrorizar (según las propuestas del dúo Goebbels-Himmler). Por eso mismo no hace chistoretes, sino que agrede por sistema.
Los mexicanos debemos estar preocupados. La democracia es impredecible y puede ganar Trump la Presidencia de Estados Unidos. Seguramente no podemos hacer nada para evitarlo y, por eso mismo es importante retomar la idea de Barbosa: no podemos quedarnos callados, no podemos ver, de lejitos, cómo la imagen del mexicano en general es puesta en vilo.
Seguramente no somos —no podemos ser— monedita de oro; pero esto es muy diferente a que se promueva nuestra imagen como viles delincuentes. Tenemos nuestros “sí” y nuestros “no”, pero no podemos aceptar que seamos el blanco de un neofascismo expuesto por un nuevo personaje con disfraz de payaso.
La razón y la religión nos dicen que los muros no son eternos. Por eso mismo, ni Hitler ni Stalin se propusieron construirlos en sus épocas de oro. Quienes crearon muros, desde los chinos hasta los gobernantes en Europa del Este, pasando por las murallas de Jericó, a la larga solamente percibieron fracasos. Podríamos situar en esta tesitura a la pared inexpugnable que está en el imaginario de Trump.
Vale la esperanza: vale pensar que la cultura norteamericana, un verdadero baluarte de la pluralidad étnica exitosa, haga valer la razón. Vale la esperanza de que los WASP culturales sean en realidad una minoría.
Senador por Chiapas.
@zoerobledo
