Voluntariamente al margen de la promoción pública, Jesús Reyes Cordero es claro ejemplo de cómo un artista paradójicamente no alcanza casi nunca un reconocimiento social y cultural inmediato por la obra que realiza; vamos, que un artista no se acredita públicamente por su arte. Miembro fundador del grupo Suma en 1975, del que es parte hasta 1978 —formado en la Academia de San Carlos, y de forma individual—, y, sin duda, no sólo uno de los mejores de este movimiento. Su nombre, sin embargo, no suena, no es estrella, sino aire, tiempo, menoría.
Sus primeros cuadros de los años setenta y principios de los ochenta, están marcados por la tensión: una materia gruesa, hecha de experimentos y óleo, agolpada en una zona del cuadro; una gama reducida de colores, con predominio de los sobrios; una disposición de la luz en abierto contraste para levantar las zonas más cargadas. En algunos cuadros se insinúan geometrías cuya resolución parece próxima a la pictografía; en otros la sensación es la de estar ante densas nubes terrosas, una aparente contradicción que no hace sino reclamar esa unión entre lo aéreo de la resolución espacial y lo estable de sus composiciones.
Los cuadros de los noventa presentan el diálogo de dos o tres puntos de color sobre superficies planas, en ocasiones divididas en dípticos que agudizan la sensación de encuentro tenso entre lo lleno y lo vacío. La abstracción caracteriza las pinturas de los setenta, para, ya en los años posteriores, proponer un encuentro de modos diferentes: la pervivencia de lo abstracto en una retícula que remite a las composiciones negras de Frank Stella; la recuperación del gesto en una capa casi brumosa, aunque ligera, que cubre lo anterior. Las diferentes formas de ordenar la superficie del lienzo partiendo de esas soluciones que ocupan cuando realiza su exhibición Blus animal en el Museo Francisco Goitia de Zacatecas.
Hay, ciertamente, momentos cruciales en la trayectoria de un artista, en los que da la impresión de moverse en lo esencial, en lo más radical, que es como pasear por un filo de navaja expresivo y poético, cuya mínima extensión se hace intensamente cortante, dejando en suspensión todo, un “no va más”. Éste es el del Cordero de Interior de los campos, cada uno de cuyos cuadros, hasta los grabados de pequeño formato, signa el momento con la marca de un acontecimiento artístico; esto es: el del sorprendente y frágil encuentro del artista consigo mismo y con el arte. Este momento de Cordero tuvo fecha, 2013, y en ese año tuvimos la oportunidad de descubrir en profundidad su lenguaje más poético, y quizá más sintético en su lenguaje plástico. La galería Irma Valerio de Zacatecas, fue el testigo, y el espectador su más fiel cómplice.
En su obra actual —que va de 2007 a 2016—, hay un marcado aire silencioso, reflexivo, cauto. Las formas recrean un orden de evocaciones arquitectónicas como de plantas visigodas e interiores. Geometrías constructivas y abstracciones poéticas, cuya solidez las aleja de los lenguajes de moda. Con todo, esos motivos, en un negro matado y compuesto, que contrasta con fondos rojos más nebulosos, encierran uno de esos recursos con los que suele sorprender Reyes Cordero: una especie de desplazamiento, de salto óptico, que define la presencia de las formas, a modo de sombras de geometría, ajenas a las reglas de composición. Nadie le puede negar que va por su lado, independiente de los dictados de la moda. Tampoco que, en estas obras, elimina los contrastes difíciles de la obra precedente. Estamos ante una serie que transmite rigor, cierta desnudez pero sobre todo una solidez, una presencia definida, firme. Curiosamente, desde un lenguaje distante del que le valió el reconocimiento en exposiciones colectivas como en la X Bienal de jóvenes en París Francia en 1977, o en infinidad de muestras grupales.
Los cuadros, dibujos, grabados, esculturas y arte objeto actuales no advierten que algo sucede, sino que lo evocan desde el misterio y la medida. Como conjunto de un proceso creativo, refieren aires de llegada, de plenitud y madurez. Se agradece la limpieza realizada frente a la obra inmediatamente anterior, más confusa y, en parte, responsable de que al revisar su trabajo. Cuando escribo estas líneas, nuestro artista lleva ya dos décadas de producción artística ininterrumpida, que ha abarcado todos los materiales, géneros, técnicas y, por supuesto, maneras posibles, porque una de sus características ha sido la experimentación y la inquietud. De todas formas, si nos limitamos a su trayectoria pictórica, la vía por él más frecuentada, vemos que no ha dejado de cambiar sin apartarse un ápice de sí mismo; esto es: que ha cambiado para poder mantenerse más fiel a sí mismo, a su tensión original. Cordero en muy pocas ocasiones ha practicado un lenguaje figurativo y ha llevado a cabo una abstracción sin prescindir jamás de un cierto gestualismo automático. Ahora bien, tampoco se ha abandonado sin más al impulso, sino que, en cualquiera de sus etapas, las más expresionistas o las más normativas, ha sabido confrontar la emoción con la regla. Por todo ello, el interesante caudal de emoción que resplandece en su obra nos da la sensación de poseer la justicia de lo que ha sido así porque no podría haber de otra manera. Y tal es la norma que ha hecho y hace de la abstracción/figuración algo ciertamente admirable en México, pues es difícil ver una obra tan lejana de la moda, y tan llena de un lenguaje propio.
La pintura de Reyes Cordero no es letra muerta, no testifica exclusivamente una época, incluso si toma prestados sus instrumentos técnicos. Lo único que verdaderamente testifica es el artista más comprometido dentro de una totalidad del ser. Todavía más: testimonia a una generación, a una cultura, a un atavismo. Muestra de ello son sus muestras recientes Los Campos Magnéticos, Galería I del Centro Cultural “Mariano Jiménez”, de San Luis Potosí, 2009; Arquitectura curvilínea, El estudio Galería, Zacatecas, 2013; There is no time, Galería Arroyo de la Plata, Zacatecas 2013 y Aves Nocturnas, Museo Zacatecano, Zacatecas, 2016. El Reyes Cordero que, precisamente para preservar lo esencial, que es un irrenunciable compromiso con la pintura, con una cierta idea hasta podría decirse que con una cierta ética de la pintura, ha sentido a menudo la necesidad de la ruptura, del abandono radical y en ocasiones dramático, de una etapa, por él considerada como clausurada, superada, agotada. Por ello, su afán constante de construir nuevos caminos en su trayectoria creativa.
El Jesús Reyes Cordero actual, el último, sigue siendo un pintor duro, poco acomodaticio, al que seduce el orden de la abstracción pero no su facilidad. Es el último de una estirpe —como dice el poeta polaco Czeslaw Mitosz en su poema Nacimiento—, única, dispersa, múltiple y delirante. Lleno de locura, sí. Pero un creador que amplía su discurso y sorprende por la manera como deja abierta la imagen, eludiendo la máxima estabilidad, jugando a matizar lo conseguido. No es extraño, por ello, que acentúe el efecto de cada imagen, y que éstas reclamen inevitablemente mayor espacio.
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