Si alguien me pregunta si me ha gustado Cinco esquinas (Alfaguara, México, 2016), la nueva novela de Mario Vargas Llosa, mi respuesta sería: sí, pero no. La parte del “sí” no es la que correspondería analizar aquí, según preceptos de la crítica literaria a la mexicana, tan centrada en la negatividad… pero me permitiré cederle brevemente la voz a ese lector simple e ingenuo que debiera habitar a todo crítico: La historia engancha desde el principio, cuando a dos buenas amigas, un par de señoras de alcurnia del Perú de Fujimori —principios de los noventa— se les va el tiempo en una amena conversación, quedando entrampadas en el dichoso toque de queda limeño. La visitante no puede regresar a casa y su anfitriona le hace espacio en la cama de la que el esposo está ausente por razones de trabajo. Inesperadamente, sin haberlo pensado siquiera, las esposas de dos de los más pudientes y poderosos empresarios del país, se enzarzan en un torneo erótico que habrá de extenderse mucho más allá de esa noche.

En la contraportada se lee una declaración del propio Vargas Llosa señalando que esta historia le vino a través de una imagen —la de las señoras fornicando— y a partir de ella se desencadenó una historia policial, casi un thriller y el thriller se fue transformando en una especie de mural de la sociedad peruana de los últimos meses de Fujimori y Montesinos (aquí nombrado El Doctor). Y más adelante aclara que un tema que permea toda la historia es el periodismo amarillo (o de chismes) del que la dictadura se valió descaradamente para desprestigiar y aniquilar moralmente a sus adversarios.

Y sí, la lectura es amena, lúdica; se lee —si se me permite un lugar común, a veces son inevitables— de un tirón… pero la parte del “no”, la del crítico que siempre esperará demasiado de un Nobel de Literatura, empieza justo al cerrar el libro, cuando reorganiza la lectura en su cabeza y determina que el asunto del amorío entre Chabela y Marisa era absolutamente prescindible pues ni siquiera es el detonante del escándalo central de la historia… y más adelante, cuando se suscita un desenlace prematuro y atropellado, el jugueteo amoroso se reanuda incorporando más elementos, pero sin venir a cuento. El personaje más significativo termina siendo Julieta Leguizamón, mejor conocida como La Retaquita, la prototípica reportera de espectáculos, carente de escrúpulos pero poseedora de inesperadas virtudes como son la lealtad —al menos hacia su jefe, el torvo Rolando Garro— y la valentía; una especie de David que confronta a un Goliat personificado por el enigmático Doctor (que no es otro que Vladimiro Montesinos, asesor y titiritero de Alberto Fujimori) empleando prácticamente sus mismas armas de trabajo.

Ahora bien, no resulta raro que Vargas Llosa haya optado por adentrarse a las cloacas del periodismo amarillista, cosa que no había hecho en novelas previas, donde también alude al gobierno de Fujimori, su otrora rival electoral. Él mismo se ha convertido en un sujeto muy codiciado por la también llamada “prensa del corazón”, a raíz de su relación con Isabel Preysler (ex esposa de Julio Iglesias, madre de Enrique), que presupone una infidelidad a su esposa de muchos años, su prima Patricia Llosa… y si me permiten otro intermedio frívolo: El personaje de Chabela se parece físicamente a la novia del autor (morena, de ojos rasgados, muy atractiva, amante de llevar trenza o pañoletas), además de llevar su nombre. Pero no es tras Chabela que anda el infame Rolando Garro, director de un pasquín que es algo así como la versión hard core de TV Notas llamado Destapes, sino de Enrique Cárdenas, el esposo de Marisa, un probo empresario minero sin una sola mácula en su expediente moral… hasta que el despreciable hombrecillo se le aparece en su oficina con unas fotos tomadas durante una orgía, en las que el rostro del empresario es por completo reconocible. Enrique, que en realidad resulta ser un neófito en estos menesteres —anduvo de incógnito en la “fiesta” y terminó participando activamente— siente que se muere sólo de imaginar que su recatada mujer… pero aún, su bendita madre, lleguen a acceder a tan repugnante material. Garro trata de hacerlo parecer un favor desinteresado… viene a entregarle ese material pornográfico que “casualmente” cayó en sus manos, pero podría caer en otras peores: nada más. Pero el empresario no es tonto y de inmediato contacta a Luciano, su abogado y mejor amigo —esposo de Chabela— quien le hace ver que debe esperar una segunda arremetida de Garro, que sin duda terminará pidiéndole algo a cambio de su discreción. Y en efecto: Garro reaparece a los pocos días y propone a Eduardo comprar Destapes, incrementar la calidad del “producto” y dejarlo a él, a Rolando, en calidad de editor en jefe. La sola idea asquea a Eduardo, quien se niega rotundamente a tener tratos con el tipejo, pero comete el error de darle el “no” definitivo sin antes consultarlo con Luciano. Sobreviene entonces una hecatombe sobre otra, pues Garro, pecando de ingenuo, pierde de vista que se está metiendo con uno de los empresarios más apreciados por el régimen de Fujimori.

La Retaquita, una jovencita insignificante que vive sola desde la muerte de su padre, siendo prácticamente una niña, habita una casita en Cinco Esquinas, uno de los territorios más hostiles de Lima, pero ha aprendido a defenderse como una verdadera gata montesa. Tras el misterioso asesinato de Rolando Garro, su jefe, de quien está secretamente enamorada —aunque no lo demuestre— se da a la tarea de resolver, con sus herramientas de pepenadora de escándalos, lo que el gobierno ha hecho aparecer como un ataque, perpetrado por Juan Peineta, un recitador caído en desgracia, muy exitoso en sus tiempos, contra quien Garro arremetió si piedad a través de sus pasquines y espacios radiofónicos, al grado de aniquilar su carrera. La Retaquita sabe que Juan Peineta odiaba a su jefe lo suficiente para matarlo… si pudiera. Pero el estado en que quedó el cuerpo del pseudo periodista no pudo haberlo provocado un viejecito desmemoriado que vive en un hotelucho y se alimenta de la caridad de las monjas. No, la Retaquita no es tonta… pero quien la intercepta para comprar cara su prudencia, cae redondo en la fachada de desamparo y enormes ojos fijos de la reportera, quien hará estallar la segunda y definitiva bomba.

Cinco esquinas retoma el Perú de las extorsiones y la impunidad absoluta de la novela anterior de Vargas Llosa, El héroe discreto. Pero en el caso de la que nos ocupa, el asunto zozobra en una comedia de enredos. El asunto de Marisa y Chabela termina por ser anzuelo morboso, a punto de convertirse en un cabo suelto si Vargas Llosa no lo retoma justo al final en una situación carente de sentido con respecto a los sucesos previos. Insisto: será que esperamos demasiado de los Nobel de Literatura y olvidamos que, en la mayoría de los casos, ya han dado lo mejor de sí. Diré entonces que Cinco esquinas no es, de manera determinante, una mala novela… que incluso es divertida, ingeniosa y picaresca. Más aún: vale la pena para pasar un excelente rato. La mala noticia es que es menor, comparada incluso con obras más recientes como la antes citada El héroe discreto. Y definitivamente Vargas Llosa debería estarle muy agradecido a la Retaquita por rescatar su más reciente obra de la franca mediocridad.