De cara al discurso pronunciado por el Presidente Enrique Peña Nieto ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en relación a la estrategia para tratar el tema de las drogas, parece haber una completa transformación del discurso gubernamental en la materia. Si bien hace menos de una década se declaró la violenta guerra al narcotráfico, lo cual implicó un enfoque prohibicionista y tajante, ahora se plantea erradicarlo por medio de la aprobación de ciertas drogas para fines medicinales, y la no criminalización de los consumidores.
La respuesta al discurso del mandatario, por parte de académicos pertenecientes al Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana, fue que el gobierno nacional debe superar la política prohibicionista. Además, consideran necesario tratar el consumo de drogas como un problema de salud pública y no criminal, al tiempo que la represión debe focalizarse en el crimen organizado.
El debate sobre la legalización de las drogas, ha sido arrastrado desde varios años. El principal motivo por el cual se ha mantenido en standby, si bien su carácter ilegal se ha traducido en una dinámica violenta y polarizada, es la inexistente cultura en cuanto a su uso por parte del grueso de la población (al igual que ocurre con el alcohol), que permita su legalización expedita. Lo que existe es una efervescencia por tener acceso a un bien prohibido.
Una lectura más profunda, podría insinuar que no se trata de un enfoque centrado en la prevención y erradicación de los problemas que el consumo y tráfico de drogas implican. Parece tratarse más bien de eliminar a la competencia; de un asunto de vaqueros vs indios. El objetivo es tener la tutela, el control total, para poder manejar el asunto de la manera más conveniente, y hacerse de los beneficios que esto implica.
El ejemplo a seguir lo ha puesto ya el vecino del norte, quien repite el esquema de la época la Prohibición, a principios del siglo pasado. Al ser un bien ilegal, el alcohol resultaba ampliamente lucrativo para los gángsters que se dedicaban a traficarlo. Por supuesto, al gobierno no le pareció correcto que se enriquecieran y empoderaran de esa manera. El siguiente paso: legalizar y tasar las bebidas alcohólicas. De esta forma, tomaba control total del negocio y tenía una atractiva fuente de ingresos.
La Drug Enforcement Administration (DEA), fue creada durante el gobierno de Richard Nixon para controlar, reprimir y disminuir el suministro de narcóticos en los EE.UU. Sin duda alguna, atacó con puño de hierro a los cárteles de Medellín y Cali, en Colombia. Cuarenta años después, el demócrata Barack Obama inició la apertura del país al consumo de drogas, siempre condicionado por el gobierno. Es decir, restringiendo la participación de agentes externos.
Actualmente son 23 estados —casi la mitad del país—, y Washington D.C., los que permiten la posesión de dosis personales y uso de la marihuana —algunos para uso medicinal y otros para uso recreativo—. La gente está satisfecha con ello, porque es una expresión de la libertad con la que gozan en el “país de las oportunidades”. ¿Cómo se ha beneficiado el gobierno estadounidense? Los números hablan por sí mismos.
En el año 2015, la venta legal de marihuana en el estado de Colorado dejó una ganancia anual de alrededor de 1 billón de dólares, y el gobierno espera recibir alrededor de 135 millones en impuestos. Por otra parte, se espera que el gobierno reciba alrededor de 1 billón de dólares, provenientes de los impuestos que implica su venta en el estado de Washington, entre el 2015 y el 2019. Se habla aquí de impuestos que pueden alcanzar el 70%.
Aunado a ello, la sección 28oE del Código de Impuestos, aprobada por el Congreso en 1982, establece que los negocios que manejan substancias controladas, prohibidas por la ley federal, no podrán recurrir a la deducción de impuestos y ciertos tipos de créditos accesibles para otros negocios, como la deducción de la renta y algunos gastos relacionados con los empleados. No hay forma en que el gobierno estadounidense no gane.
Cada vez más son los nichos de mercado que se exploran para introducir su uso. Inversionistas buscan inyectar su dinero en negocios que se dediquen a: el cultivo/operación; venta para uso recreativo; venta de alimentos e infusiones. ¿Por qué resulta atractivo para los emprendedores? En promedio, un consumidor de marihuana invierte mil 869 dólares anuales, en el hábito. El mercado está asegurado.
De ser un bien ilegal, la marihuana se ha transformado en la base para un sinfín de productos, enfocados a un gran número de consumidores. Con el tiempo, más aplicaciones serán descubiertas y, sin lugar a dudas, se insertará (ahora sí, con todas las de la ley) en la vida cotidiana.
Las palabras de Billy Hayes en El Expreso de Medianoche (1978), parecen proféticas: antes el alcohol y el tabaco eran ilegales y ahora todo mundo los consume. Lo mismo ocurrirá con las drogas; solamente es cuestión de tiempo. El tiempo llegó y, de manera bastante astuta, Estados Unidos se ubicó en la primera fila para sacar el máximo provecho a la coyuntura, como siempre lo ha hecho.
