Gracias a una clase de literatura a la que asistí al inicio de este año, tuve la grata dicha de vencer un prejuicio sobre la mala calidad literaria del siglo XIX a la que en general considero melosa en su vertiente romántica y a veces superficial en su vertiente costumbrista. No sólo descubrí rasgos de una verdadera literatura, aunque muchas veces pigmentada o francamente revestida de un romanticismo incómodo para la sensibilidad contemporánea, conocí también, gracias a la Dra. Yamile Silva, un mundo de escritoras latinoamericanas del siglo XIX, tanto de ensayo como de ficción, que están siendo recuperadas desde el último cuarto del siglo pasado, principalmente por intelectuales mujeres.
Estas autoras del siglo XIX pertenecieron a las elites sociales, y letradas, de sus respectivos países en el periodo en que terminaban los procesos independentistas en América Latina, lo que llevó a pensar y sentir cuál era el tipo de nación deseable a partir de ese momento. Su pertenencia a clases altas y cultivadas les permitió escribir y publicar, pero también marcó su posición sobre la nación, al menos en la parte más visible de sus novelas.
Diversos factores entraban en juego en esta posible construcción, los de raza, clase, posición económica, conocimientos letrados, la desconexión entre el pueblo y la ciudad, la relación con los países extranjeros (en forma del extranjero europeo empobrecido en su tierra que viene a América a buscar fortuna a través del matrimonio), en particular la fascinación ambivalente por Europa y Estados Unidos.
Las jóvenes naciones en las que los criollos seguían siendo el grupo dominante tenían dificultad para conciliar en su visión de la nación al “otro” diferente a ellos. En nuestras autoras se muestra esta presencia del negro, del indio, del mulato, del pobre, del campesino… Minorías que Martí en Nuestra América propone incorporar no sólo a nivel país, sino continente latinoamericano, pero que en la mayoría de los casos quedan excluidas de facto como se prevé en las novelistas de quienes hablo.
Refiero los nombres de algunas de estas autoras, algunas de ellas usaban el apellido del esposo después o en vez del suyo, signo de sus tiempos, y doy el nombre de una de sus novelas. Gertrudis Gómez de Avellaneda (Cuba), mujer muy independiente en amplio sentido que vivió en Europa: Sab; Clorinda Matto de Turner (Perú) frecuentaba reuniones literarias y tenía conciencia de la injusticia hacia los indios: Aves sin nido; Juana Manuela Gorriti (Argentina): Peregrinaciones de un alma triste; Soledad Acosta de Samper (Colombia) intelectual que escribió en diversos géneros, dirigió una editorial y es considerada protofeminista: Dolores; Mercedes Cabello (Perú): Blanca Sol; Eduarda Mansilla (Argentina): Pablo o la vida en las pampas; Carmela Eulate Sanjurjo (Puerto Rico) ensayista con orientación feminista: La muñeca.
Aparentemente el esfuerzo que se ha realizado para descubrir escritoras latinoamericanas del siglo XIX aún no da frutos en México. Es un campo aún por explorar en el mundo de la investigación literaria mexicana, aunque la escritora Cristina Rivera Gómez ha comenzado a apuntalarlo ya desde su trinchera.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se respete la Ley de Víctimas, que se investigue seriamente el caso de Ayotzinapa, que el pueblo trabajemos por un Nuevo Constituyente, que Aristegui y su equipo recuperen su espacio radiofónico.
