Escritor polémico que rehusaba pertenecer al Angry Young Man (Jóvenes aireados) al lado de dramaturgos como John Osborne y Harold Pinter —denominados así por los acentos de crítica social de su teatro—, sir Arnold Wesker (1932-2016) fue un defensor de los derechos del mundo judío y un crítico acaso feroz del antisemitismo. De 1957, cuando inicia su trayectoria con La cocina, a 1977 cuando estrena Shylock (versión libre de El mercader de Venecia de William Shakespeare), en un accidentado proceso que comienza por la muerte del actor principal en plena temporada, el popular Zero Mostell, Wesker se ve marcado por la controversia, en obras como Los periodistas (1971) y en Oscuras sospechas —de ese tiempo— donde denuncia el antisemitismo que —él consideraba— manipulaba y cohartaba la libertad en el teatro británico de ese entonces. En 1994 publica sus memorias As Much As I Dare (Por mucho que me atreva), donde patentiza su compromiso artístico, militancia política y espíritu vitalmente crítico que permearon toda su vida y le valieron la cárcel en 1961, junto al filósofo Bertrand Russell, después de una manifestación contra la guerra nuclear. En 2006, Arnold Wesker fue nombrado Sir. Falleció el pasado 12 de abril en Reino Unido.

La dramaturgia de Wesker es ampliamente conocida en lengua hispana. Sus obras son un rico abanico de temas casi siempre expuestos a la luz de la crítica en torno a la soledad, la pareja, la vejez y el tiempo en que se van consumiendo los ánimos de búsqueda y encuentro espirituales del hombre contemporáneo. Su catálogo contempla más de cuarenta obras, entre las que destacan, la llamada Trilogía Wesker (Sopa de pollo con cebada, Raíces y Estoy hablando de Jerusalem, escritas entre 1958 y 1960); La cocina (1959), Papas fritas con todo (1962), Su propia ciudad dorada (1966) y Los amigos (1960). En Las cuatro estaciones (1965, estrenada en México en 1980), Susana Alexander, quien la tradujo, dirigió y actúo, y Roberto D’Amico dieron vida a esa pareja de apasionados amantes que subvertían el orden del tiempo y el espacio de su relación, en una poética y conmovedora historia; Alexander retomó Las cuatro estaciones en 2009, entonces ya sólo como directora, con las actuaciones de Ludwika Paleta y Bruno Bichir. En Primavera salvaje (1992, estrenada, dirigida y traducida por Otto Minera en México, en 2011), Wesker ubica la historia en Londres durante un lapso de quince años, 1976-1991; la obra remite de nueva cuenta al teatro dentro del teatro, al juego de la representación que alude a la vida y a la ficción a un solo tiempo, pero sobre todo incide en la fragilidad de la condición humana. Historia de amor pero también de libertad y esperanza Primavera salvaje vuelve a poner sobre la mesa las obsesiones de Wesker, su poética inquebrantablemente humana y su ética escritural donde el amor es base. Pero también Wesker cultivó la narrativa en no pocas ocasiones; de hecho su teatro traba íntimo maridaje con los vuelos narrativos, toda vez que sus personajes no se constriñen a vivir escénicamente en acciones, sino que dejan paso libre a la palabra y, con ello, a la memoria afectiva y eficaz; de esto da cuenta una edición en la que Wesker conjuntó tres relatos, Pools, Seis domingos de enero y El diario del Londres para Estocolmo, junto a un drama alegórico para narrador, voces y orquesta El capitán de Nottingham, y un guión para televisión, Amenaza (Buenos Aires, Argentina, 1980). En 2005 publicó su primera novela, Honey, que cuenta las vivencias de Beatie Bryant, heroína de su pieza Roots. En 2008 reunió su poesía, All Things Tire of Themselves (Flambard Press). Pero justamente Seis domingos de enero marcará una obsesión de Wesker ante el número seis que refrenda luego en su serie Seis obras para una sola actriz traducidas por Roberto D’Amico en México y publicadas por Escenología (D’Amico también tradujo y dirigió, Shylock, 2004), donde Wesker vuelve a poner la atención sobre un teatro realista de álgidas resonancias psicológicas, y que exige tanto del espectador como del intérprete un compromiso asumido de antemano con el diálogo, con el texto, con el flujo incontenido de los parlamentos y con el juego histriónico de las alegorías. Wesker apela por un espectador activo no sujeto pasivamente sólo a las imágenes o las acciones, sino también somete a sus actores a una entrega más allá de toda convención escénica. Quizá por ello en general toda su dramaturgia plantea un reto demoledor para los intérpretes y, por lo mismo, el autor no se detiene ante los avances propios de la narrativa que trastocan la habitual carrera del monólogo concebido como tal y que —de pronto— enfrenta a quien los lee, y más aún, a quien los interpreta, a cuentos de complejidad no lineal sino entreverada en épocas y tiempos, para hacer más agudo y complejo el trabajo actoral y más impactante el resultado ante el público. Wesker da un planteamiento diverso en torno a la condición femenina, a veces de manera irascible, otras con un sentido del humor muy contenido —diríamos que muy inglés y judío— y casi siempre apuntalando hacia los vicios de una sociedad consumista y apartada de la piedad, despersonalizada como es la sociedad en que sobreviven mujeres solas, combatientes del machismo y peor todavía, de la misoginia y la misantropía, del egoísmo, en suma, que permea las relaciones humanas en ciertas etapas de la vida. Wesker reflexiona en torno a la genuina actitud del escritor frente a su entorno; critica con sorna —a veces incondescendiente— la identidad de la mujer creadora. El dramaturgo analiza de manera implacable el ser femenino y puede llegar en forma asombrosa a concitar una desnudez del espíritu de sus creaturas, como lo hizo en Annie Vacilante homenaje incisivo a la presencia de la escritora Edith Warthon en la tradición de la literatura de lengua inglesa; o en ¿Qué fue de Betty Lemon?, la crítica ante la falacia de una escritora que no quiso serlo, así como en Retratos de madre confrontando la amargura del abandono con la vitalidad del anhelo y el gozo de vivir, cuando en apariencia la vida ya no ofrece nada. Siempre el teatro de Wesker será de gran interés para todos aquellos directores y actrices que deseen confrontarse con un discurso diáfano y preciso en torno a la condición femenina; y a la vulnerabilidad humana y espiritual a través de una visión teatral que escarba poderosa en la verdadera sensibilidad de nuestro tiempo, aquella que aspira a la plenitud por encima de toda devastación moral. Una dramaturgia que a nadie deja impasible en ningún sentido es la escrita por Wesker.

A mediados de los años ochenta Arnold Wesker visitó México y con ayuda de Susana Alexander y Sidarta Villegas pude entrevistarlo en una larga charla que publiqué en la Revista Mexicana de Cultura de El Nacional. Uno de los primeros dramaturgos que marcaron vívidamente mi perspectiva del teatro fue, sin duda, sir Arnold Wesker, cuando Susana Alexander dirigió en el Granero extraordinariamente Las cuatro estaciones, actuando con D’Amico esa historia de amor loco en donde, valga mencionarlo, ambos hicieron dos de sus mejores trabajos actorales. Cómo olvidar aquella escena donde D’Amico cocinaba realmente un espléndido struddle de manzana. Vaya este escrito con dedicatoria explícita a ellos, con cálido afecto, a Susana Alexander y a Roberto D’Amico por el aroma y el sabor que aún conservo de aquel struddle de manzana hecho en pleno escenario y que tantas veces saboreé como tantas veces vi la puesta… rebanadas de struddle y de gran teatro que ellos generosamente me obsequiaron, incontables veces, siendo yo un adolescente.

¡Y descanse en paz, sir Arnold Wesker!