Nunca he podido comprender por qué habría de avergonzarme de mi origen o, como entonces comenzaba ya a decirse, de mi raza. Asimismo, renuncié sin gran sentimiento a la connacionalidad que se me negaba. Pensé, en efecto, que para un celoso trabajador siempre habría un lugar, por pequeño que fuese, en las filas de la Humanidad laboriosa, aunque no se hallase integrado en ninguno de los grupos nacionales.

Sigmund Freud, Autobiografìa

Sólo cuando el Reich, abarcando la vida del último alemán, no tenga ya posibilidades de asegurarle a éste su subsistencia, surgirá de la necesidad del propio pueblo la justificación moral para adquirir la posesión de tierras extrañas. El arado se convertirá entonces en espada, y de las lágrimas de la guerra brotará el pan diario para la posteridad.

Adolfo Hitler, Mi lucha

En un paralelismo histórico, sospechosamente coincidente, -en el contexto de la crisis por la que atraviesa el orden global, la disputa por los liderazgos, la reconformación de la geopolítica, el rediseño del mercado, la reorganización de las dinámicas de producción, comercio y consumo- el radical discurso del precandidato republicano Donald Trump para las elecciones presidenciales de Estados Unidos nos obliga a replantearnos el análisis de tres elementos básicos: 1) cómo se genera el contenido de un discurso político así, cuyo corte de populismo radical -con su retórica de la verdad-, genera un mensaje de odio y miedo; 2) en qué contexto se produce, y 3) cuál es su efectividad en una democracia de masas, frente al resurgimiento de los nacionalismos en los inicios del siglo XXI.

En este contexto, el carácter temerario y provocador, de racismo contra los inmigrantes mexicanos, devela -como estrategia temporal en el contenido del discurso de Trump-, una vía pertinente para vincularse, primero, con los miembros del Partido Republicano en el camino de obtener la candidatura y, después, con amplios sectores conservadores en el interior de la sociedad norteamericana. No es un bufón, sabe la fuerza de los medios de comunicación. Su carácter controversial, primero como empresario y luego como político, le han redituado un cartel de presencia nacional e internacional. Es por ello que no duda en retar la posibilidad de inscribirse como candidato independiente, pero sabe que primero hay que atravesar la dinámica bipartidista del sistema político norteamericano. Para ello tiene los recursos políticos y económicos. Ahora busca la “suficiente” legalidad y la “necesaria” legitimidad entre los electores.

Actualmente, el Partido Republicano, vive uno de sus mejores momentos en los últimos años, tiene mayoría en el Cámara de Representantes y en el Senado, y ha venido desempeñando una puntual oposición, capitalizando los desaciertos del gobierno demócrata de Barack Obama, frente al incumplimiento de sus promesas de campaña.

I.

La relación México-Estados Unidos oscila entre el acercamiento y la distancia, como lo podemos ver a lo largo de su historia diplomática, con la perversión de las violencias sutiles que comporta el sueño recurrente de la conciliación, el hermanamiento anhelado de la tradición y la civilización, la cultura y el desarrollo, el encuentro entre las formas conservadoras y “temerosas” de la política mexicana versus la sofisticación del discurso del liberalismo político, luego económico, de una nación a la que en el estereotipo seduce y fascina por su maniqueísmo simplón: o se le odia y/o se le admira.

El conflicto de vecindad, su complejidad subjetiva, se explica desde el proceso de construcción y reconocimiento de nuestra propia identidad. De Samuel Ramos a Octavio Paz, Santiago Ramírez y Roger Bartra, la búsqueda de explicaciones sobre el “ser” del mexicano ha encontrado una de sus vetas en la universalidad, en el encuentro con el “otro”, en la “apertura”. Esta fenomenología de la alteridad, bajo perspectivas histórico-filosóficas, antropológicas, psicoanalíticas y sociológicas, trazan una hermenéutica sobre quiénes somos y cómo somos frente al “otro”, una interpretación que no un resultado sobre nuestras aspiraciones como sujetos y como sociedad, en tanto que comunidad de destino y de sentido.

El Estado de los regímenes posrevolucionarios capitalizó esa mirada del exterior sobre México para construir un discurso y un programa nacional que modeló una identidad folklórica más o menos homogénea, cuya metáfora de su colorido e indigenismo estetizados cinematográficamente en la lente de grandes cineastas, sepultó la diversidad cultural del país, y con ello reprogramó el reloj de la historia para asumir hasta cien años después, en medio de un largo proceso de defensa de los derechos humanos, de movimientos sociales y surgimiento de la sociedad civil, el reconocimiento de la equivocidad identitaria de México “hacia adentro” en el cómo somos, y “hacia afuera”, en el cómo nos ven, así como en la experiencia de mismidad-otredad. A nadie le escandaliza hoy asumir que somos una tradición que amalgama procesos históricos de intercambios y préstamos culturales.

México está más allá del totalitarismo etnocentrista o de episodios históricos que de manera fundamentalista adquirieron el carácter de “relato total”, en episodios como “La Conquista española”, “La Colonia”, “La Independencia” y “La Revolución”, desdeñando los procesos microhistóricos. En su arquitectura social, en su andamiaje de relaciones, en su mestizaje cultural, nuestro país está hecho lo mismo por mixtecos, zapotecos, mayas, nahuas, huicholes, navajos, tarahumaras, afrodescendientes, españoles, judíos, árabes, cristianos, protestantes, libre pensadores, ateos y agnósticos, sólo por citar algunos ejemplo. Este es el espejo de nuestras vacilaciones, la vasta riqueza social, su capital humano a partir de la diferencia. México no es, como ningún otro estado-nación, una entelequia ni una esencia inmutable. De sus coyunturas o momentos de crisis, está hecho su devenir. Este crisol en una nación conformada por pequeñas naciones, regiones, etnias, cosmogonías y múltiples procesos históricos, convergentes y divergentes, es opuesto al proceso de construcción de Estados Unidos, proyecto cimentado en los principios de libertad política y económica de la Declaración de Independencia y las ideas de la ilustración del siglo XVIII, que la convirtieron en la primera nación americana independiente. Sin embargo, la “diferenciación” y la “distinción”, que hicieron originalmente los colonizadores frente a los indios nativos americanos, derivó en la segregación racial de negros y posteriormente de los latinos.

  1. Por Estados Unidos… La “cuestión mexicana”

We are going to make our country great again

Donald Trump

Cuando Hitler llegó al poder, su estrategia política consistió en identificar a sus enemigos, distinguirlos, señalarlos y exterminarlos. Después de la persecución de los comunistas, fuera del orden legal, reducidos a la clandestinidad, siguieron los judíos, los gitanos, los homosexuales y los enfermos mentales. La escena pública quedó en absoluto para el nacional socialismo. “Cada aversión emocional, por más pequeña que sea, debe explotarse sin piedad. Como regla básica, entre las profesiones de la educación se deben discutir las cuestiones judías a partir de los descubrimientos de la ciencia de la raza, de la ética superior, etc. Para con los miembros de las clases trabajadoras, uno debe aferrarse a lo puramente emocional (…)”

La historia la conocemos, se llama Shoa, el holocausto del idealismo occidental posado en la idea del progreso con su correlato, la barbarie y la industrialización de la muerte, que como consecuencia de la crisis de la razón instrumental es uno de los pasajes más sórdidos de la historia humana.

En 2015, cuando Donald Trump anunció su intención de participar en las elecciones de 2016, criticó el avance de China en la economía mundial, así como la presencia de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, calificándolos de ilegales, corruptos, delincuentes y violadores, indicando además su deseo de construir un muro entre las fronteras de Estados Unidos y México, que tendría que ser pagado por México.

Los gobiernos estadounidenses han ejercido una violencia perversa a la soberanía de las naciones latinoamericanas, han sido aliados de regímenes dictatoriales o detractores de alternativas democráticas, en tanto sirvan a sus propios intereses. ¿Es posible una relación equilibrada entre Estados Unidos y Latinoamérica, a pesar de la “Doctrina Monroe” y el intervencionismo del siglo XX? ¿Es posible una empatía razonable de vecindad? Estas dos preguntas nos obligan a reflexionar el comportamiento electoral de los ciudadanos estadounidenses.

Recordemos que en 2004 George W. Busch ganó las elecciones con el apoyo del 40% del voto latino. Fue la guerra contra Irak la que afectó la continuidad del partido republicano. El voto de castigo llevó a Obama a ganar las elecciones por dos periodos. De esta manera, los demócratas y la comunidad lograron la reelección de Obama y que 27 hispanos ocuparan una curul en la Cámara de Representantes y 70 senadores a las 36 cámaras del Estado. No olvidemos que en los últimos 10 años el crecimiento de la población latina fue del 43%, unos 50,5 millones de personas que representan el 13% de la población de Estados Unidos.

Los expertos opinan que uno de los errores del candidato republicano fue haber asumido una postura radical durante las elecciones primarias y haber moderado el tono durante la campaña presidencial, generando una actitud escéptica entre el electorado frente al extremismo y luego centrismo de Romney. Esta experiencia en la historia inmediata nos lleva a considerar que el tono discursivo que ha asumido Donald Trump difícilmente podrá trascender las elecciones primarias, consideradas por muchos como un reality show, en donde tradicionalmente privan las descalificaciones por encima de las ideas. Más bien, pareciera que con el sólo hecho de ganar la candidatura, que no la elección, la presencia del empresario únicamente esté asociada a ganar posiciones dentro del mismo Partido Republicano, mientras que el capital del contenido del discurso esté centrado en generar empatía con amplios sectores conservadores que han padecido los costos del llamado “socialismo norteamericano”, adoptado gradualmente por los liberales a lo largo del siglo XX, situación que para algunos ha ido en detrimento del liberalismo económico fundador de la competitividad, y cuya transformación de productores a consumidores ha venido agotando su riqueza, colocándolos en lo que pareciera ser la última fase de la cadena económica global, frente a las economías emergentes de algunos países latinoamericanos o de la monstruosa productividad de China.

Y más allá de los argumentos económicos, lo cierto es que el modelo de democracia norteamericano ha venido colapsando, reduciendo el contenido del discurso a algunas de las expresiones de demagogia que fueron utilizadas de manera exitosa en el pasado. Los malos, los culpables, los responsables son los otros, los inmigrantes mexicanos.

En la elección de 1992 el empresario Henry Ross Perot fue candidato independiente a la presidencia de Estados Unidos, y entre sus propuestas estaba que la Guardia Nacional protegiera a los ciudadanos de la elevada de los hispanos y los afro-norteamericanos. Ganó el 19% de los votos. Trump nunca llegaría tan lejos, si no es porque se encuentra tan cerca. El problema no es Trump, sino una sociedad que está generando formas de hacer política con esos discursos.

El discurso delirante nos avisa: ahí está el huevo de la serpiente; ni vecinos distantes, ni fronteras de cristal. El olvido o la ingenuidad nos puede llevar a ser la “cuestión mexicana” …