Entre todas las sociedades y entre todos los hombres siempre ha existido afanes recurrentes del deseo de volar, de imitar el canto de las aves, parecerse a ellas y desde luego, lucir su belleza y colorido. El hombre a través de la ciencia, del quehacer artístico y con el devenir de las culturas, de alguna forma satisface, cumple con sus afanes.

El ancestral arte de la plumaria tiene claramente marcados tres grandes momentos: el esplendor de un México virgen, de un entorno admirado y fusionado con el cosmos, tan sólo nombrando a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada respondemos a la mítica conexión del hombre y los cielos.

El desarrollo de la sociedad de entonces estaba dado por las condiciones de culto, jerarquías y la incesante creación; la plumaría no escapa a ese momento histórico, en el que alcanzó su máximo desarrollo creativo y patrimonial gracias a los amantecas, quienes eran considerados los artistas de mayor prestigio y categoría, se dio la preservación y permanencia artística, además de la transmisión de conocimientos en las antiguas escuelas, en los calpullis, así como de la enseñanza de padres a hijos. Por todo esto, considero al arte plumaria como un arte tradicional, mismo que se suma al rico arte patrimonial de México.

Imaginemos el paisaje natural, la exuberante vegetación, el grandioso reino animal, la diversidad de aves, el colorido de sus plumas; imaginemos a una sociedad en esplendor, la convivencia, los ceremoniales, las grandes edificaciones, marco del quehacer de los artistas y artesanos.

En ese entonces, los oficios concentran a buena parte de la población, entre ellos, los amantecas, dedicados al cuidado de las aves y a ser artífices de la pluma; de quienes se dice que, residían en el barrio de Amantla, el cual formaba parte de Tenochtitlán. En el trabajo de la plumaria, existían artistas de diferentes niveles, todo aquel amanteca que destacaba por destreza, era elevado de rango, estaban los que manufacturaban rodelas, mosaicos y la técnica de los nudos, de los más hábiles eran de los que escogían; otros se dedicaban a hacer reproducciones de animales. Destacan como los más diestros y hábiles artesanos, los que se dedicaban a la elaboración de piezas con técnica de mosaico.

Los amantecas de mayor rango trabajaban exclusivamente para los gobernantes y los sacerdotes. Los especialistas y maestros, eran los encargados de facturar piezas para los grandes señores y para las representaciones de las deidades.

Los amantecas lograron realizar verdaderas pinturas, tapices enormes y símbolos del estatus para gobernantes, reyes, dioses, insignias para los ejércitos y como elementos de identificación tribal que distinguían a un pueblo de otro. Los que negociaban libremente sus productos eran los trabajadores caseros, en especial producían rodelas y camisas de plumas amarillas utilizadas por los cabecillas. Los artículos plumarios no eran utilizados por la gente ordinaria.

La plumaria se desarrolló no sólo en México sino en todo nuestro continente, de manera destacada al igual que en nuestro país sucedió en el Brasil y Perú. Existen evidencias que fue en México donde mayor desarrollo tuvo; fueron los Aztecas, Tlaxcaltecas, P’urhépechas y los Mayas, quienes crearon el mayor número de piezas con extraordinaria calidad en su manufactura, utilizando, como ya se mencionó, una amplia variedad de técnicas y coloridas plumas.

En ese tiempo las plumas poseían un gran valor, utilizadas como tributo eran equiparables en valor al algodón, a las piedras preciosas. Esa valoración y calidad artística le valió en el después, en el tiempo de los conquistadores, de los españoles, el reconocimiento de un arte nunca antes visto, ni siquiera en las incursiones europeas en África y en Asia y con ello su existencia.

Nos dice Teresa Castello Yturbide que: “Desde el principio, el hombre admiró a las aves por el vuelo mismo y con envidia inconsciente deseó elevarse y transportarse en el aire, pero sin poder lograrlo tuvo que contentarse con adornarse con plumas”.

Así, todos sentimos la necesidad de volar, de llegar, decimos: voy de volada, llego de volada, va de volada, el inconsciente colectivo nos traiciona y queremos sentirnos aves…

 

sentir lo fresco del viento

la libertad del vuelo

tomar rumbo

no parar

volar,

volar…

 

Con el después me refiero a las épocas de la Conquista, donde el arte plumaria se modificó significativamente, los anteriores trabajos de los amantecas, fueron suplantados por las exigencias de los conquistadores, estos requirieron de piezas para la indumentaria religiosa utilizada en todos los oficios de la conquista espiritual en el siglo XVI.

En el mismo libro, Castelló nos refiere que “…los frailes evangelizadores también se admiraron de las maravillas que realizaban los artífices de la plumaria y así surgió el deseo de aprovechar esas cualidades, destinándolas a la confección de objetos relacionados con el culto católico”.

Prueba del inigualable valor artístico y patrimonial es la grandeza de la cultura precolombina, representada por las piezas de plumaria que los conquistadores obsequiaron y tributaron a sus reyes; existen muestras de algunas de estas piezas en los museos de México, de Europa —Austria, Italia, Alemania, España— y de colecciones americanas, referentes de el gran esplendor de aquella cultura.

 

Extracto del libro Arte plumaria. Tradición viva (Tintanueva Ediciones) de Tita Bilbao, con el que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Nezahualcóyotl 2015.