Como un Quijote con pluma en vez de lanza, hace ya algunos años Ignacio Padilla recorrió las calles de Salamanca donde, se dice, estudió Miguel de Cervantes Saavedra, ciudad en la que asimismo Padilla se doctoró con un trabajo sobre el Manco de Lepanto. Autor de novela, cuento y ensayo, entre sus múltiples libros se encuentran: Amphitryon, Si volviesen sus majestades, La catedral de los ahogados, La isla de las tribus perdidas, El diablo y Cervantes y, recientemente, de Cervantes & compañía (Tusquets) en el que aventura una comparación entre la vida y obra de ambos escritores a la vez que echa por tierra algunos de los mitos que a través de la historia los han santificado lejos de humanizarlos, de hacer de ellos lo que son a fin de cuentas: escritores de carne y hueso. Ignacio Padilla es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y es catedrático en la Universidad Iberoamericana.

—Cervantes ¿se mira en el espejo cóncavo de Shakespeare? ¿Son antagónicos?

—El espejo cóncavo fue invocado por Valle-Inclán para definir el esperpento, pues es en tal objeto donde se reflejan, monstruosos o deformados, los héroes clásicos. Creo que Cervantes se vio más bien esperpentizado, él mismo un espejo cóncavo, en Lope de Vega. No creo que Shakespeare y Cervantes sean muy asimilables más allá de algunas coincidencias culturales y cronológicas, aunque tampoco los vería como antagónicos. En buena medida, los separan sus semejanzas y los unen sus diferencias.

—El Quijote: ¿renacentista o barroco?

—Creo que el barroco nace con el Quijote, y que su autor representa la transición del clásico renacentista hacia el barroco. Cervantes es decidida y precariamente clásico en su Galatea, y sigue siéndolo cuando arranca con la escritura del Quijote de 1605, donde le nace y nos nace el barroco. Creo que la obra que es más claramente barroca en Cervantes —si bien el lenguaje sigue teniendo reminiscencias clásicas de llaneza y claridad— es el Quijote de 1615.

—¿Cuál fue en tu opinión la mayor desdicha de Cervantes?

—La mayor desdicha entre las muchas que padeció Miguel de Cervantes fue, creo yo, la tardanza con la que renunció a sus ambiciones poéticas y dramáticas para reconocer, casi a destiempo, que su talento estaba en la novela. Sus otras desdichas fueron para nosotros dichas, pues las muchas desgracias que le emponzoñaron el alma permitieron que le naciese don Quijote.

—Don Quijote, ¿muere loco?

—Mucho se ha discutido sobre la muerte de don Quijote en la cordura o en la locura. Yo prefiero creer que muere cuerdo, ello en oposición al don Quijote de Avellaneda y al de El hombre de la Mancha, émulo de la deshumorada lectura que de la novela hicieron los románticos alemanes, lectura que desgraciadamente impera en nuestros días. Que muera cuerdo don Quijote es esencial para comprender la novela como la historia del triunfo de las miserias de la realidad sobre quienes, como don Quijote, la niegan y la violentan negándola.

—¿Qué revela de la España de su tiempo el Quijote?

—Cervantes exhibe a la España de su tiempo —y el mundo de ahora— como una mascarada sostenida por alfileres. La simulación, la mentira, la negación de lo real, la rigidez tóxica de las instituciones, la porquería propia de la condición humana y de la España filipina, todo ello está en la obra de Cervantes.

—¿Qué biografía de Cervantes recomiendas entre las que se publicarán en el 2016?

—Recomiendo por supuesto leer cualquiera de las ediciones orquestadas por Francisco Rico. Hay que mirar la nueva biografía que de Cervantes ha hecho Martí, al parecer un trabajo excepcional, y también será interesante leer la traducción que ha hecho Trapiello del Quijote al español actual. El resto es leer a los clásicos del cervantismo antiguo y moderno.

¿Cuál era la situación de España en tiempos de Cervantes?

—La España habsbúrgica queda claramente encarnada en el sepulcro de Felipe II en Sevilla. Un sepulcro vacío, como el de Dante en Florencia, adornado con efigies de las supuestas glorias imperiales que, bien miradas y señaladas por Cervantes y los demás autores del barroco, fueron fracasos mal disimulados. Reyes hipócritas, armadas nada invencibles, quiméricos tesoros americanos robados por piratas ingleses, una Iglesia debilitada y amenazada por la reforma protestante y por el poder turco. Era una España que negaba su propia decadencia, un imperio pertrechado en la frivolidad y con una deuda adquirida y nunca del todo resuelta por Carlos V. En fin, una España de alquimia sostenida con alfileres, una simulación de gloria y unidad y solidez que en realidad se tambaleaba frente a la emergencia del poder inglés, la potencia del imperio otomano y la virulencia del separatismo protestante.

—¿Cuál era la situación de Inglaterra en tiempos de Shakespeare?

—La Inglaterra shakesperiana es un poder emergente que ha sabido aprovechar los errores de sus enemigos y que va dejando muy atrás sus crisis constitutivas y religiosas, así como sus turbulencias identitarias, que como quiera habían sido ya resueltas doscientos años atrás. Al instalarse en el trono Isabel Tudor comienza una rapaz bonanza económica y una eficiente aunque también sangrienta unificación que conduce a un esplendor en las armas y las letras. Tras la muerte de Isabel, la coronación de Jacobo determina la consolidación de ese esplendor ante los titubeos y conflictos del resto de los reinos europeos, no menos que de los poderes pontificios. Se trata, creo yo, de una Inglaterra aún inestable pero bastante más segura y boyante que la España cervantina.

—¿Cómo trata Cervantes a los moros en su obra?

—La actitud de Cervantes hacia las minorías étnicas o religiosas de la Europa filipina es una de los temas más complejos y escurridizos de su biografía y su bibliografía, que en algunos casos raya equivocadamente en la hagiografía. La posición del autor es ambivalente, por decir lo menos, en lo que atañe a judíos, moros, moriscos y gitanos. Si acaso, el único punto incontrovertible en ese sentido es su enconado desprecio hacia la raza negra. En cuanto al resto, se intuye apenas que Cervantes sentía respeto, estima, admiración y hasta cariño por todas estas etnias y grupos, sentimientos que sin embargo corregía o matizaba en sus obras a fin de que éstos no lo metiesen en problemas con las instituciones. Se entiende, por ejemplo, que Cervantes acuñó en su cautiverio argelino un cierto respeto y un hondo conocimiento de la cultura y la religión islámica, y puede que también por los judíos que compartían con él su prisión, pues así los pondera en sus obras sobre el cautiverio. Por lo que hace a los moriscos, expulsados por el bando de Felipe III mientras el alcalaíno escribe el Quijote, hay una entrañable defensa de ellos en las personas de Ricote y su hija Ana Félix, una visión compasiva y solidaria que el autor sin embargo termina por suavizar para dar la razón a la monarquía que había decidido expulsar de España a los conversos en una continuación de aquella espantosa mutilación que había tenido lugar en 1492. No es del todo aventurada la acusación de que Cervantes, en cautiverio, se haya convertido o al menos haya coqueteado, de palabra o de corazón, con la religión de Mahoma.

Shakespeare vs Cervantes: ¿quién gana en cantidad y calidad?

—Depende de a qué cantidad te refieras y a cuáles criterios de calidad te sometas. En términos de riqueza léxica, por ejemplo, van bastante de la mano, aunque con ligera ventaja de Shakespeare, de quien sin embargo tenemos menos palabras que de Cervantes. Si de cantidad de obras de gran calidad hablamos, decididamente Shakespeare supera a Cervantes y a todos los escritores de la historia.