Gran función de fin de temporada de El secreto del clown de Juan Celis se ofreció en el Foro Shakespeare, obra que sin duda debe ser considerada entre las puestas en escena más meritorias del teatro independiente en la actualidad. Meritoria por varios motivos, entre ellos, desde luego la riqueza de fusión de los talentos que la han puesto en pie, desde el mismo autor y director, que acierta con un montaje diáfano, de limpieza expresiva absoluta, basado en un buen trazo y en un entramado tan eficaz de la música, la luz y los cambios atmosféricos que rayan el virtuosismo; así como en el texto mismo, bien estructurado y de diálogos hábiles y gráciles. La economía de recursos se vuelve una gala de inventiva en esta propuesta de minimalismo acertivo y actoralidad sorpresiva.

Con la extraordinaria actuación de Emilio Romano y las no menos loables interpretaciones de Enrique Campo y José Fuchs, ambos espléndidos en la arquitectura de sus personajes, el talento aflora en El secreto del clown al referir una anécdota que quizá haya sido contada en muchas ocasiones, pero no con la frescura, el espíritu lúdico y la congruencia teatral de la puesta de Celis.

Una historia que pudiera haberse prestado para un melodrama psicológico, en El secreto del clown gira hacia la comedia, utilizando elementos del teatro dentro del teatro, muy a la manera de Pinter y recordando por obvias y fársicas circunstancias tonales a Pirandello y a Ionesco. Indudablemente, el joven comediógrafo Juan Celis se revela como una voz de fuerza y convencimiento dentro de nuestro actual panorama escénico.

Y es que este montaje revela creación, talento, capacidades, conocimiento y sensibilidad. Es así que el actor Emilio Romano destaca con una gran presencia escénica, pero también con una excelente manera de emitir sus parlamentos y monólogos, y las intencionalidades psicológicas de sus personajes, siendo dueño de una bien articulada dicción así como de un ritmo incisivo que mantiene al espectador de frente al hecho teatral. Asombra Emilio Romano también en su hacer al niño sin caer en el estereotipo o la fantochada; el niño que interpreta Romano es de tal veracidad —en el solo manejo de la voz que domina la expresión corporal a un mismo tiempo— que llega a conmovernos, a llevarnos cálido a ese mundo intensamente iluminado por la inocencia, que es el de la niñez cercada por la fantasía y la aventura. Habíamos visto a Emilio Romano en La tragedia de Romeo y Julieta, donde hizo lo suyo con destreza histriónica; pero en El secreto del clown nos sorprende imponiéndose ya como un notable actor de excelencia en su creatividad interpretativa; un actor que sabe su oficio, lo respeta, lo goza y lo hace efervescer.

El secreto del clown es una delicia de obra. Una pieza que nos deja pensando en la fragilidad de la condición humana, con un cálido sabor de esperanza y un humor que nos revive el espíritu y nos hace reír del dolor y la amargura porque, finalmente, la vida sigue.