Solo que ocurriera alguna desgracia (Dios no lo quiera), los dos contendientes para la Presidencia de Estados Unidos de América, en noviembre próximo, serán, por el Partido Demócrata (PD), Hillary Diane Rodham Clinton (Chicago, 26 de octubre de 1947), y por el Republicano, Donald John Trump (Queens, 14 de junio de 1946). La designación oficial de uno y otro abanderado se hará durante las respectivas convenciones de ambos personajes el mes de julio próximo, pero las circunstancias de sus respectivas primarias y caucus para lograr el apoyo de los delegados que cada partido señala permiten adelantar el anuncio de sus candidaturas, aunque en política todo puede suceder.

Hillary competiría dentro de su partido, hasta el último momento, con el senador Bernie Sanders, y Trump venció a sus 16 competidores uno tras otro. El último contrincante en retirarse de la campaña fue el gobernador de Ohio, John Kasich, el miércoles 4 de mayo. Kasich arrojó la toalla un día después de que hiciera otro tanto, el senador (de origen cubano), Ted Cruz. El bocazas Trump, al saber que ya era el último republicano en campaña, dijo: “Vamos por Hillary Clinton. Ella no será una gran presidente”. La aspirante presidencial demócrata, en una entrevista sobre el particular, dijo: “Trump es un tiro a ciegas…y estos tienden a fallar. No compito contra él. Yo compito para ser presidenta de Estados Unidos”.

El comportamiento oral de Trump ha suscitado una interminable cadena de recriminaciones, no sólo entre los demócratas, sino los propios republicanos que incluso llegaron a formar un frente en su contra, aunque fue muy tarde para impedirle llegar a la candidatura del PR. Por sus excesos verbales —contra mexicanos, musulmanes, mujeres y todo tipo de inmigrantes ilegales—, bien puede  compararse con Scrooge McDuke, el personaje de ficción de historietas creado por el dibujante Carl Barks para The Walt Disney Company a fines de los 40 del siglo pasado. Scrooge se inspiró en otro personaje de ficción (un avaro malvado y amargado), Ebenezer Scrooge, de Un cuento de Navidad del inglés Charles Dickens, que no creía en el espíritu navideño y todo lo que hiciera felices a los niños.

Lo único importante para Scrooge, que en México se conoce como Rico McPato, es el dinero, mucho dinero, que es lo que sustenta su “mundo”, el “universo de Scrooge McDuke”, situado en Patolandia, Calisota (EUA). Los compañeros de aventuras de Rico McPato fueron sus sobrinos el Pato Donald (curiosamente el primer nombre de Trump), y los sobrinos de este: Huey, Dewey y Louie (que en castellano son Hugo, Paco y Luis). Este personaje, que nació en 1947 en una revista de “muñequitos”, después saltó al cine y a la televisión (curiosamente el mismo medio que ha hecho famoso a Donald Trump), era originario de Glasgow, Escocia y emigró ilegalmente a EUA como los antepasados alemanes del ahora casi seguro candidato presidencial republicano. En 1951, A Financial Fable presenta a Rico McPato dando clases sobre la “productividad” como fuente de riqueza y sobre las leyes de la oferta y la demanda.

En 2013 la revista Forbes “calculó” la fortuna de Rico McPato en 65,400 millones de dólares, lo que le convertía en el personaje ficticio más rico de todos en un ranking anual de ese magazine. Riqueza que está muy lejos de lo que la misma Forbes calculó en 2015 para Donald Trump: en 4,100 millones de dólares, aunque el soberbio empresario (que incluso llegó a declarase  en quiebra) afirma que es de 8,700 millones de dólares.

Scrooge-Rico McPato guarda su fortuna en una bóveda llena de monedas y billetes, el edificio más alto de Patolandia (como la Torre Trump donde hay un restaurante que vende “comida mexicana” a la Donald, porque según dice “quiere mucho a los mexicanos” aunque en sus discursos políticos vocifera que levantará un muro en la frontera entre EUA y México que costearán los propios mexicanos). Entre los hobbies de Rico McPato está zambullirse y nadar entre sus monedas o lanzarlas al aire y al caer le golpeen la cabeza. Hasta el momento se desconoce si el Donald “republicano” tiene esas aficiones o las del personaje de ficción que “como hombre de negocios y cazador de tesoros siempre necesita tener nuevas metas y desafíos que alcanzar para sumarlos a los ya conseguidos y enfrentados. Los periodos de inactividad entre sus aventuras y la falta de grandes desafíos lo hacen caer en grandes depresiones”. Al parecer, Donald Trump se aburrió de ganar dinero a manos llenas y quiso emular a sus antiguos amigos: los Clinton, a los que incluso les entregó grandes donativos para la campaña del expresidente Bill Clinton.

En su nueva faceta de político, Trump ahora acusa a Hillary Clinton de haber sido “cómplice” de las infidelidades de Bill con la pasante Mónica Lewinsky y otras amantes. Olvida el aspirante a la presidencia de EUA que también tiene cola que le pisen. Así, el presidente Barack Obama en su tradicional reunión con los corresponsales en la Casa Blanca, en un discurso que ridiculiza a medio mundo, manifestó que Trump “se ha pasado  muchos años tratando con líderes mundiales: Miss Argentina, Miss Azerbaiyán, Miss Suecia, etcétera”, aludiendo a los matrimonios que ha hecho con mujeres extranjeras. En esa cena, Obama lanzó su profecía: “El próximo año otra persona estará en este lugar (la presidencia) y es difícil saber quién será ella”.

Antes de comenzar la campaña presidencial en la  Unión Americana, que dará principio después de las respectivas convenciones que designarán oficialmente a sus candidatos, y que según los agoreros será una de las más feroces y descarnadas de la historia, empiezan a desvelarse algunos misterios en la vida familiar de Trump. Así, secretos hay en todas las familias que han emigrado de continente a continente, o de un país a otro. Los Trump no serían la excepción. Su pasado conduce a Kallstadt, aldea vitivinícola de la región alemana de Palatinado, cuna y lugar de partida de Frederick Trump, el abuelo de Donald, que salió con destino a EUA en busca de una vida mejor. Dicho así no hay problema, solo que el irreverente empresario que quiere levantar un muro “south of the border” para tratar de impedir la inmigración “irregular” olvida que su antepasado, como bien lo saben los vecinos de Kallstadt, salió de Alemania como emigrante ilegal.

La historia dice que Frederick embarcó en el puerto de Bremen rumbo a la patria del Tío Sam en 1885, con el arrojo de sus juveniles 16 años, y la ambición de amasar fortuna lejos de los cansados viñedos familiares. En la Columbia Británica hizo su primer negocio: el hotel restaurante “Artic”, un local decadente para buscadores de oro y mujeres de vida disoluta, tal y como era la costumbre. En 1901, seguro que la fiebre del oro pasaba y con ella el boom del dinero fácil y la prostitución, vendió lo que había podido hacerse, regresó a Kallstadt, se casó con la hija de uno de sus vecinos y enfiló con destino a Nueva York, donde empezaría nueva vida como peluquero.

Pero las cosas no le salían como eran los planes. La joven esposa, Elizabeth, extrañaba profundamente el terruño y enfermó de melancolía. Regresaron a Kallstadt por corto tiempo. Para colmo, ella ya estaba embarazada de seis meses y fueron expulsados por el reino de Baviera al que en aquel momento pertenecía Renania-Palatinado; regresaron por donde habían venido. Explica Roland Paul, director del Instituto de Historia de Platinado: “Frederick había abandonado Alemania sin hacer el servicio militar, un delito grave y razón en aquellos tiempos para una retirada de la nacionalidad”. Pecadillos a la mar.

Y ahí salta la liebre. Comprobado está que Donald es contumaz mentiroso. Varios de sus competidores para la nominación republicana se le echaron en cara durante la precampaña. Pero miente no sólo en su vida empresarial, sino en lo familiar pues no ha dicho toda la verdad respecto a su abuelo. En su biografía Trump: the Art of the Deal oculta incluso sus orígenes alemanes, con lo que repite una mentirijilla de su padre, quien al comienzo de la Segunda Guerra Mundial y ver peligrar sus negocios en una época en la que ser alemán equivalía a ser nazi, decidió, motu propio, decir que era sueco. Esta es otra historia.

Carmen Valero, corresponsal del periódico madrileño El Mundo, en Berlín, narra en un excelente artículo titulado “Las raíces alemanes de Donald Trump”: “Y descendiente de suecos ha sido Donald Trump hasta que un día, debido a la popularidad que éste cobraba ‘contactaron con nuestra oficina en Nueva York desde Suecia porque querían abrir allí un Museo Trump’, relata John, primo y socio de Donald en Kings of Kallstadt, un documental sobre los reyes y la vida del pueblo, realizado en el año 2014 por Simone Wendel, natural también de Kallstadt”.

De acuerdo a la historia el primo John dijo a Donald que después de tantos años había que decir la verdad, que le dolía mentir más sobre sus orígenes. El empresario aceptó y se reunió con Simone Wendel que le contó los primores de Kallstadt  y hasta le mostró las fotografías de las dos princesas del vino, lo que pareció no impresionarle mucho pues dijo a su interlocutor: “yo tengo también hermosos viñedos en EUA  y de todas las uvas, y si Kallstadt tiene reinas de la vendimia yo tengo a Miss Universo…” Para qué más.

En fin, ni siquiera la familia Trump ha conservado su apellido original. Nacieron Drumpf, pero lo cambiaron en una visionaria operación de marketing (esas que tanto le fascinan al “próximo presidente de EUA”), según dijo la biógrafa de la familia, Gwenda Blair.

La contienda presidencial en la Unión Americana será reñida. Parodiando a Obama, creo que será “ella”, pero Donald Trump, el descendiente de alemanes que ha pasado por “sueco” hará hasta lo imposible por ser él quien ocupe la Casa Blanca, aunque los de Kallstadt prefieran a la familia Heinz —los famosos vendedores de ketchup, originarios del mismo lugar—, que a la de Trump. VALE.