…y he tenido que distraerme del dolor buscando el dolor de los demás. Los alemanes tienen una palabra para eso: Schadenfreude, un sentimiento vertical muy parecido a la alegría ocasionada por la infelicidad del otro…

Kafka en traje de baño

 

Prácticamente cualquiera ha escuchado hablar de Franz Kafka, aunque lo crea jugador de futbol o pintor renacentista. Hasta quienes no lo han leído se dan el lujo de emplear indiscriminadamente el término kafkiano para designar algo anómalo, grotesco, intrincado. Se dice, por ejemplo, que México es un país kafkiano, no sólo por lo antes expuesto, sino por el carácter punitivo de su burocracia… otra de las obsesiones de Kafka, burócrata de sombrero y guantes él mismo.

Fuera de pasar a convertirse en parte del caló cotidiano, el apellido —convertido en sinónimo— sonaba muy remoto para los mexicanos… hasta que un joven escritor sonorense de nombre Franco Félix (Hermosillo, 1981), escuchó decir a alguien en una fiesta que conocía a un joven que aseguraba ser descendiente del mencionado escritor… y ese simple comentario bastó para convertir al aludido en sujeto de burlas. El único que no sólo se tomó en serio dicha afirmación, sino además se propuso rastrear el árbol genealógico del autoproclamado “kafkita”, fue Franco. El tono sugiere que pudiera tratarse de una charada literaria, pero conforme transcurre la narración advertimos, no sin asombro, que estamos ante un caso de certero instinto literario, producto de la firme creencia de que la realidad siempre supera a la ficción.

Kafka en traje de baño (Nitro/Press, México, ISC) ganó el Concurso Libro Sonorense en el género de crónica y aquí vale la pena destacar para señalar que el mencionado certamen literario tiene cerca de medio siglo de antigüedad, y este es el primer libro, surgido del mismo, que trasciende su estado sede para publicarse a nivel nacional. Se trata de tres extensas crónicas, y si bien sólo la primera aborda estrictamente el asunto de los Kafkas sonorenses, las otras dos tienen un vínculo estrecho con el tema. El segundo, titulado “El origen del autismo”, deriva asimismo de un obsesivo ejercicio de observación e investigación, aunque en este caso el autor brega en su propia sangre, en sus orígenes y en las anécdotas familiares, tratando de explicar el autismo de su primo Ramón, obsesionado por diseñar vestidos para muñecas, no por juego sino con un sentido estético involucrado en dicha actividad. Del mismo modo que Franco indagó entre los co-sanguíneos hermosillenses del escritor checo que, como sabemos, murió sin descendencia, no así sus hermanas y primos, convirtió a su propia parentela en objeto de estudio y profundiza al grado no sólo de explicarnos —y explicarse— quién es Ramón y hacerlo trascender la mediocridad que lo rodea —ya sabemos: habituales desconcierto, incomprensión e ignorancia de quienes conviven con las personas con autismo—, sino que, acaso sin proponérselo, termina autorretratándose.

Ya su desempeño como “detective salvaje” tras las huellas de la floreciente semilla kafkiana en el desierto, que incluye reproducciones de los intercambios de e-mails y chats, tanto con algunos intermediarios como con los Kafka mexicanos en persona (con nombres y apellidos y hasta retratos), logra el doble efecto de exponernos el insólito destino de esta singular estirpe y perfilar la personalidad de aquellos a quien, a pesar de sí mismos, saca del anonimato. Pareciera que el trágico destino de un Kafka es huir incesantemente y quienes sobreviven para ofrecer su versión, están aquí gracias a aquellos que encontraron el último resquicio sobre la tierra donde los nazis podrían capturarlos: Nacozari, Sonora. Franco Félix se burla un poco pero al mismo tiempo se conmueve con las historias que va destapando. Pareciera broma que la sangre kafkiana se perpetuara en un lugar de mala —y cuestionable— fama en relación con la incultura y brutalidad de su gente… y al mismo tiempo produce desconcierto que alguien cargue su herencia literaria como una tara o un estigma… que el joven Kafka se convierta en objeto de escarnio por descender de aquel que soñó que era un escarabajo (aunque persiste la duda de si era escarabajo o cucaracha, pero la pesadilla parece haber tenido lugar tanto para Gregorio Samsa como para su creador).

Y del mismo modo que una sociedad orilla a un descendiente de Kafka de avergonzarse por serlo, algo kafkiano en sí mismo, también insiste en tratar como niño idiota a un joven genio, con la sensibilidad suficiente para reprogramar video juegos violentos y transformarlos en una relajante e inocente rutina, y Franco Félix, asimismo sensible y —¿por qué no decirlo, caray?— autista, viendo en la condición autística una virtud, desvela lo que hay bajo esa pátina de normalidad, o normalización coaccionada de lo extraordinario.

En su tercera crónica, “Vacaciones en el Borda”, abandona por completo el terruño y el ámbito doméstico para ingresar al mundo absolutamente anómalo, al verdadero Castillo de sus íntimas pesadillas: un manicomio en Buenos Aires, ciudad a la que logra llegar gracias a una beca para escribir una novela… aunque nos confiesa que su verdadero objetivo era —otra vez— rastrear la verdad en torno de una noticia que lo ha impactado sobremanera: un cadáver momificado y desmembrado sobre una tina ha sido descubierto en el manicomio bonaerense antes citado. Félix, que contrario a lo que el cliché atribuye a la condición autista, tiende a experimentar poderosa empatía por determinadas personas y circunstancias, deja crecer el germen de la curiosidad hasta que consigue embarcarse hasta Argentina y ser admitido en el Borda. Afirma no sentirse ajeno al entorno pues su madre trabajó como cocinera en un manicomio contando él alrededor de ocho años, y todos los días, saliendo de la escuela, enfilaba hacia allá. Y si bien nunca convivió con los enfermos de manera directa, se acostumbró a verlos interactuar a través de un cristal.

Traspasar ese cristal parece no presentar dificultad alguna para él. No le cuesta trabajo fingirse loco quizá porque para la psiquiatría actual todos somos locos potenciales, y él no tarda en mirarse reflejado, como en un espejo resquebrajado, en los ojos de aquellos que la sociedad ha decidido aislar. El aislamiento del manicomio no es muy distinto a otros tipos de ensimismamiento a los que hemos asistido en este libro. Cuando se elige ser nuestra propia cárcel, pareciera decirnos Franco Félix, estamos ante el más alto grado de libertad a la que puede aspirar el ser humano. Del mismo modo que Franz Kafka supo aparentar que trabajaba en una oficina olorosa a tinta sin estar realmente allí, y fue capaz de intuir entre relojes, sellos y checadores el destino que no habría de alcanzarlo como al resto de sus seres amados, pues murió a tiempo de tuberculosis, Franco Félix deja de ser quien es —un joven bohemio, vago y somnoliento del desierto— para mirar a través de los ojos del estigmatizado, del autista, del esquizofrénico… del guardia del manicomio aficionado al rap al que le hace una promesa imposible que termina cumpliendo… Posee, pues, todo el potencial y el derecho para autoungirse “detective salvaje” (o poeta salvaje, que es prácticamente lo mismo).

Franco Félix es colaborador asiduo de diversas publicaciones de circulación nacional, entre otras La Tempestad y Nexos y obtuvo el Premio Binacional de Novela Border of Words con Los gatos de Schörindger (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). No hay que perderle huella a este inquieto escritor… antes que se convierta en brizna o grano de arena como el apellido Kafka.