[gdlr_text_align class=”right” ][gdlr_heading tag=”h5″ size=”26px” font_weight=”bold” color=”#ffffff” background=”#FA5858″ icon=” icon-quote-left” ]Debe regresar a perfeccionar su vocación de historiador y cuidar mucho sus consideraciones y juicios políticos[/gdlr_heading][/gdlr_text_align]
Sin duda que Spengler tenía razón cuando decía que los tiempos del historiador son distintos de los tiempos del escritor político.
Afirmaba el filósofo e historiador alemán lo siguiente para remarcar la diferencia entre estudiar la historia y reflexionar sobre lo coyuntural:
“Se trata de superar la idea del Universo como Naturaleza —lo mecánico, lo numerable, el conjunto de cuanto es necesario según leyes con verdades eternas— y se sitúa en un planteamiento del Universo como historia —del sino, de la experiencia de la vida vivida y sin relación con las matemáticas, de una verdad que cambia eternamente—. La idea de sino es sólo comunicable por medios artísticos, y de ahí que explore en las manifestaciones de la cultura ese Universo.”
En una entrevista para el diario español El País, el historiador Enrique Krauze habló con una idea mecánica de historiador de la política mexicana actual.
Krauze cuestionó ya en tiempos históricos por los años que median entre sus opiniones con los hechos en los que enjuicia y aplasta a Calderón y Fox calificándolos de malos gobernantes.
Pero Krauze, un historiador respetable y esforzado —no de primer nivel para mí—, se tropezó con la apresurada literatura que representa el hecho de dar entrevistas políticas sobre asuntos de actualidad y aseguró que el gobierno de Enrique Peña Nieto resultó una “decepción”.
Uno se pregunta: ¿Peña Nieto resultó o está resultando una decepción?
Y más dudas sobre las declaraciones pontificantes de Krauze: ¿Peña Nieto no puede ya enderezar las condiciones anticlimáticas que en los últimos meses ha vivido su gobierno?
¿Qué peso tienen las declaraciones políticas de Krauze? Me parece que son más vernáculas que políticas y, por lo tanto, pesan poco.
Krauze es un historiador reconocido en México, pero definitivamente no alcanza los niveles de objetividad y de ponderación de personajes como Miguel Léon Portilla, Javier Garcia Diego Dantán, Francisco Martín Moreno Icabalzeta, Justo Sierra, Manuel Gamio, Daniel Cosío Villegas, Silvio Zavala, José Luis Martínez, Jesús Reyes Heroles, Arnaldo Córdova, por mencionar a intelectuales cimeros de una pléyade de grandes historiadores nacionales de este siglo y del siglo pasado.
Krauze es alguien que por su perfil no es la persona más idónea para hablar de la política actual de nuestro país.
Los intelectuales siempre han sucumbido a la seducción del poder.
El Estado los tiene cerca y perversamente ha utilizado a algunos.
Si en 1968 la inteligencia mexicana se puso a favor del movimiento estudiantil que se enfrentaba al autoritarismo de Díaz Ordaz y de un PRI cerrado y antidemocrático, con Luis Echeverría se cambió de sitio y masivamente pensó que estaban ante un salvador de la patria. Carlos Fuentes y Fernando Benítez gritaron a dúo: “¡Echeverría o el fascismo!”
La realidad es que somos un país con pésima memoria, pocos recuerdan que Enrique Krauze fue un protegido de Carlos Salinas, aunque hoy lo niegue.
El periodista y escritor Federico Campbell señaló hace unos días que “Salinas arropó y buscó intelectuales como Héctor Aguilar Camín y Rolando Cordera para legitimar su gobierno”.
Octavio Paz criticó la práctica del “dedazo”, como se conoce a la costumbre presidencial de elegir al sucesor sin métodos democráticos de por medio: “El dedo señala a los criados”, indicó Paz.
Sobre el PAN, Octavio Paz aclara que terminaron por desechar sus mejores ideas, y su dirección cayó en líderes “menos brillantes” de la clase media y el sector empresarial que terminaron por convertirlo en un “partido provinciano”.
En las elecciones de 2006, Poniatowska y otros escritores respaldaron la candidatura de Andrés Manuel López Obrador, quien perdió los comicios por un margen de .56%.
E hicieron lo correcto desde su posición de demócratas genuinos.
Enrique Krauze es un juzgador tardío de Calderón y de Fox.
Y un enjuiciador apresurado de Enrique Peña Nieto.
Estamos a mitad del sexenio y a Peña Nieto le quedan dos años y medio para consolidar sus reformas.
Pero políticamente a Peña Nieto le falta oficiar el momento supremo de la política nacional, que es la definición de la sucesión presidencial.
El momento anticlímatico que vive el régimen peñista podría cambiar de manera sustantiva, no radicalmente, por supuesto, ya que sus principales piezas políticas han exhibido ya sus tamaños, pero sí puede dar un golpe de timón que encamine la democracia mexicana a partir de 2018 de una manera que puede resultar definitiva para que las reformas aterricen y los cambios por fin empiecen a darse en beneficio de los grandes sectores de la sociedad.
Krauze debe regresar a perfeccionar su vocación de historiador y cuidar mucho sus consideraciones y juicios políticos que, la verdad, convencen a muy pocos en la medida en que se monta en una crítica social sobradamente enjuiciadora del peñismo. Así de claro están las razones que hicieron que las declaraciones de Enrique Krauze a El País no hayan conmovido para nada el caliente ambiente político que vivimos en México.
