“Si no te gustan los demonios,
no pretendas arder en mi Infierno.”
Pilar Sicilia
Decía Bertolt Brecht que: “la crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer” ¿será ésta una utopía de premonición para el quehacer histórico? O ¿una sutil provocación a las artes amatorias? O ¿un aforismo político?
México vive una de sus crisis más agudas después de la Revolución Mexicana, ese pasaje traumático de nuestra historia, fallido e interrumpido. Ni el movimiento estudiantil del 68, ni la guerrilla de los años setenta, le dieron a nuestro país el dramatismo en el que nos encontramos situados por estos días, a la deriva de una depresión colectiva, de un “mal humor social”.
La corrupción y la impunidad, fueron los síntomas que derivaron en la pudrición del proyecto de nación que alguna vez “idearon” las fuerzas posrevolucionarias y cuya enfermedad, el olvido, nos hace agonizar sin sentido y sin destino. Valga la metáfora pos apocalíptica: el país es un cadáver errante, está convertido en un zombi acechado por una caterva de buitres que revolotean a todos niveles, queriéndole despojar de los últimos rastros de carne. La clase política actual no sabe hacia dónde va, sobrevive de los despojos del antiguo régimen, actúa bajo las pulsiones de lo inmediato, a la orden de su automatismo inconsciente, que así la mantiene con vida, atrapada en el laberinto de su decadencia, pero que no le asegura su existencia.
La decadencia y muerte o fin del sistema político fue deseada y diagnosticada de manera titubeante por filósofos, sociólogos y politólogos, empatándola con el llamado “fin de las utopías”, con la caída del llamado “socialismo real”. Los historiadores dieron cuenta de ella, pero se limitaron pobremente a relatarla.
La sociedad vive de manera cotidiana las consecuencias de un pasado que le constituye, pero que le es extraño, lejano, disperso en el campo del olvido. Los cambios por los que ha atravesado nuestro país y el mundo entero en el contexto de la globalización y el capitalismo tardío, han hecho aún más impredecible el futuro, pero sobre todo han nublado la mirada para ver aquellas imágenes del pasado, particularmente los efectos retrospectivos de esa “ceguera”, “incapacidad” y “olvido” sobre diversos episodios de la historia política y social a lo largo del cortísimo siglo XX, como lo señaló el historiador marxista Eric Hobsbawm.
¿Qué es México hoy, después de su proceso revolucionario, con el ascenso del neoliberalismo económico y su arribo a la democracia? Para responder a una pregunta de esa complejidad, -cualquier acción de cambio inherente al devenir histórico-, tendremos que ir al pasado reciente, buscar una referencia vinculante con múltiples acontecimientos, una posición que nos permita hilvanar un discurso o una narrativa verosímil que posibilite una historia en donde converjan las varias historias de un país que guarda sus secretos en sótanos, bibliotecas y archivos. Esto nos obliga a analizar el proceso de construcción de las memorias e identidades políticas colectivas, es decir, cómo hemos venido siendo en la historia de lo inmediato, si de lo que se trata es generar un campo autónomo de crítica y reflexión.
A diferencia de América Latina, en la que hay un proceso de reconocimiento y confrontación del pasado -especialmente con el tema de las dictaduras en Argentina, Brasil, Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay-, México todavía es una nación que guarda silencio sobre sus propios horrores, por eso no voltea a ver lo inmediato, se vuelca, eso sí, de manera neurótica sobre un pasado prístino por su magnificencia. Es el encuentro con los orígenes a través de una arqueología romantizada, en el que mayas, mexicas, teotihuacanos y toltecas, son parte de un mosaico civilizatorio esplendoroso.
La divulgación de la historia oficial o la historia de bronce, otorgó al Estado la capacidad de legitimar su versión de los hechos y al mismo tiempo, generar olvidos a voluntad del poder. Ésta no fue una tarea sencilla, se escribieron versiones didácticas de lo que constituiría el pasado nacional de nuestra grandeza mexicana y en ello colaboraron un sinnúmero de artistas e intelectuales. Las instituciones académicas por falta de interés o visión, cedieron terreno al contexto político que en gran medida las propició y benefició, podríamos decir que, una vez más que el cariz ideológico matizó el conocimiento mostrando apariencias más que interpretaciones.
Resulta importante, a la luz de la época en que vivimos, con el debilitamiento del Estado mexicano y la crisis de todo su andamiaje institucional, reflexionar sobre nuestra cultura del silencio y su sofisticación, llevada a los extremos del ocultamiento y la mentira; pero también advertir cuáles son los signos que pueden mostrarnos de que esto está cambiando, por lo menos en algunos sectores de la población, debido al impulso de dos valores substanciales de toda democracia: la transparencia y la rendición de cuentas. Así por ejemplo, la tragedia de los 43 todavía no adviene en sus verdaderas dimensiones, ni como relato, ni como discurso. Es una herida abierta, duele y lleva en sí la marca indeleble del no olvido. Por eso, ante la crisis de credibilidad, el Estado ha recurrido, bajo presión interna y observación internacional, a miradas y voces externas que garantizarían objetividad. De ahí los estudios sobre ADN en la Universidad de Innsbruck, Austria, la presencia del Equipo Argentino de Antropología Forense EAAF, el Grupo Colegiado de Expertos en Materia de Fuego, y la tristemente célebre participación del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), que ni tan expertos ni tan independientes. Lo cierto es que Ayotzinapa será un pozo de la memoria política en México y seguramente será siempre una experiencia traumática que ha cimbrado de manera definitiva la legalidad y legitimidad depositadas en el Estado para signar discursos sobre la realidad y a partir de ello relatar la verdad oficial o histórica.
Es cierto que todavía nos deben, pero es un hecho que hoy en día la sociedad tiene mayores posibilidades de acceder al secreto de su secreto, la esencia del poder. Es decir, a las consecuencias de la soberanía que depositó en sus representantes como los responsables de administrar, y ordenar el caos colectivo de un país que fragmenta su memoria social a partir de los desplazamientos forzados y que se diluye en ríos de sangre debido a la violencia criminal de los grupos organizados y al combate que han llevado a cabo las fuerzas armadas, principalmente el Ejército Mexicano y la Marina. Hasta ahora no existe un registro de las personas desaparecidas en México. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos estima en 150 mil las personas desplazadas internas. Ahí está una verdad, terriblemente dolorosa. Todos lo sabemos y no ha sido necesario que sea canonizada por el gobierno.
¿Por qué no hacemos nada? La memoria debe entrañar una forma de acción política. No basta con recordar, porque el recuerdo por sí mismo está desprovisto de acción política. El deber de recordar es un imperativo de la justa memoria, una forma de comenzar a actuar, y así transitar de esa paradoja del estatismo de la historia que Bertolt Brech sintetizó en su aforismo.
La verdad pudo haber estado en Cocula, ahora está dispersa en un sinfín de versiones: los expertos, el Estado, los padres, los periodistas y la voz ininteligible del rumor. Ahí converge la interacción política de una memoria colectiva que nos pertenece a todos y que por su campo simbólico está constituida en plural. Ayotzinapa tendrá su primer monumento oficial, una comisión de la verdad.
