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La violencia detonó hace mucho tiempo, se disparó como arma automática y los daños no concluyen.
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Crónica de la barbarie
Durante el sexenio de Felipe Calderón, se experimentó la guerra contra el narcotráfico como la declaró el propio mandatario; no dudamos de las buenas intenciones por combatir a los que envenenan y matan a diario, sólo que esa apuesta reportó malas cuentas porque no se agotó la violencia, los daños colaterales se multiplicaron para dejar un país tinto en sangre.
En la actual administración que encabeza Enrique Peña Nieto, las cosas no han variado a favor, México se convirtió en una impresionante fosa a la que van a parar miles de cadáveres, diversas ciudades en el país fueron controladas por el hampa, los delitos se diversificaron, ya no sólo se vendían estupefacientes sino que se incrementó el secuestro y la extorsión.
A la descrita dinámica de la actualidad habría que agregar la violación sistemática de los derechos humanos, situación que hizo evaporarse el sueño de celebrar otro mundial de futbol, ello por la mala fama que tiene nuestro país en el escenario internacional.
El anterior fin de semana fue secuestrado el futbolista mexicano Alan Pulido, quien se desempeña como centro delantero en Grecia; en Michoacán los homicidios dolosos no paran, en Morelos se realizó una penosa tarea al extraer cadáveres en una fosa, lo anterior son algunos reflejos de una realidad sin maquillaje. Brutal recuento de daños.
El tema de la inseguridad no ha registrado el tratamiento adecuado porque las crónicas de la barbarie se cuentan cotidianamente, gobiernos que dan palos de ciego, discursos idénticos sin credibilidad, la política se rebaja hasta convertirse en gigantesco tianguis en el que se abarata la palabra.
La violencia detonó hace mucho tiempo, se disparó como arma automática y los daños no concluyen de enumerarse, “mal humor social” diría alguien, lo cierto es que cada vez el Estado mexicano parece adentrarse más por el laberinto de las soluciones cosméticas, sólo cutáneas pero sin llegar al fondo, al origen, a la raíz de los males.
La inseguridad no es un asunto para endosarse a unas siglas, en diversas entidades del país la violencia se empoderó, las administraciones en esas latitudes han sido de extracciones diversas: PRI, PAN y PRD.
Ninguno de los partidos ha mostrado diferencia, parecen navegar en las mismas aguas de la mediocridad, ni Jaime Rodríguez, el Bronco, se ha visto diferente porque parece invadirle la improvisación que se aproxima a un vil espejismo.
Muchas víctimas de la delincuencia padecen su frustración sin reportar los hechos a la autoridad porque hace mucho tiempo perdieron la fe, las agencias del ministerio público suelen ser lentas como un engranaje antiguo, en muchos casos integran de manera incompleta las averiguaciones previas y ahí se detecta un problema de origen.
En fin, la inseguridad parece acentuarse, la violencia creció exponencialmente por todos los rumbos, aunque lo peor sería perder nuestra capacidad de asombro e indignación.
