En general, los valores tradicionales de colaboración, ayuda mutua y distribución equitativa del trabajo y de la riqueza están siendo suprimidos y sustituidos por el incierto y siempre relativo concepto de competitividad o competencia, que mide mucho más la cantidad que la calidad, de modo que, en el ámbito educativo, no sólo tenemos profesores de tiempo completo que se rehúsan a dirigir tesis o que ejecutan la ley del menor esfuerzo, sino también investigadores que no investigan, sino parafrasean, resumen, acotan o comentan trabajos propios o ajenos, a veces plagiándolos con descaro. Basta abrir cualquier revista especializada y leer algunos de esos artículos, cuyo único objetivo es aumentar el puntaje del investigador. En el ámbito de la docencia ocurre algo similar. Hay un desolador panorama de individualismo que daña el tejido social. Lo terrorífico es que para mantener todos esos incentivos y puntos se requiere una clase explotada, sobre la cual descansa todo el sistema. En muchas instituciones públicas es claro que se reproduce la corrompida estructura económica y sociopolítica que padecemos todos, con excepción de los privilegiados, quienes ignoran que cuanto mejor sea la condición material de todos los trabajadores, mejor será su desempeño y rendimiento, pues darán mucho más de sí y lo harán mejor. El problema de la motivación va mucho más allá de contar con buen currículo.

José Enrique González Ruiz, en su artículo “La educación como derecho humano”, perteneciente al libro Las políticas del sujeto en Nuestra América, afirma que con el neoliberalismo la educación se ha visto sumamente perjudicada, al aplicarse planes de austeridad que trajeron reducciones inmensas a los recursos destinados a la educación. El sistema educativo público se ha debilitado considerablemente, y si siempre se ha pretendido un salario digno y una estabilidad en el empleo, ahora estos valores —cuando se trata de la figura del maestro, una figura peligrosa para el sistema neoliberal— están siendo bombardeados. Se intenta educar para la sumisión, y para ello el profesor de las instituciones públicas debe estar oprimido, debe ganar muy poco, ya que la educación pública no es un negocio. Se trata justo de hartar al maestro de asignatura hasta hacerlo renunciar, de conducirlo a la desesperación para que termine por dedicarse a “tareas más productivas”, como ser taxista, por ejemplo, y que renuncie a la transmisión del conocimiento y a la visión crítica que ésta conlleva. Ser taxista es un oficio digno, como lo es cualquier otro oficio honrado, pero haberse doctorado para dedicarse al taxi sólo porque el profesor no tuvo “amigos”, parientes o influencias, o porque no se metió en la “grilla” política, es algo triste sobre lo cual debe reflexionarse y contra lo cual debe escribirse.

Si en muchas instituciones privadas se pretende mantener este esquema, es lamentable que esto ocurra en la educación pública. Mucho más puede decirse al respecto, pero concluyo esta nota con una cita del aludido González Ruiz: “En nombre de un supuesto desarrollo y progreso, que no es sino un sistema más de explotación, ciertas instituciones educativas mantienen el mismo esquema social de privilegios: una inmensa masa explotada que le da sustento, que literalmente mantiene a unos cuantos que viven en condiciones materialmente superiores”.