Un libro no surge (o no sólo surge) de un supuesto autor, sino de las múltiples paráfrasis, parodias, homenajes, disentimientos, simpatías, plagios y demás platillos que hacen que la escritura original se ausente, pero a la vez muestran un nuevo rostro, un nuevo matiz de ésta, lo que tiene que ver, por supuesto, con lo que Gérard Genette llamaba “transtextualidad”, o las distintas maneras en que un texto trasciende en otro, a menudo sin que el autor se percate de ello. Entre los muchos autores jóvenes y no tan jóvenes, tal vez sea Jorge Luis Borges uno de los escritores hispanoamericanos más homenajeados de modo repetitivo, aunque sin explicitarse. Los Borgitos que se internan en juegos de espejos, nadan en relojes de arena y se pierden en laberintos abundan por doquier para enfrentarse con la tautología del infinito creyendo a la vez en su originalidad y, lo que es peor, tomándose el juego en serio, cosa que ni el mismo Borges (creador de paráfrasis satíricas, parodias y heterotopías) intentó hacer: la risa irónica del escéptico siempre reposó tras sus letras, y todas nos llevaron de un libro a otro.

Algo similar ocurre con Cortázar, Arreola, Monterroso, Elizondo y García Ponce. Nuestros cuentos agradan cuando se parecen a ellos (en particular, a Cortázar) porque muchos lectores adeptos a la canonización no pueden ya concebir otras formas, otros lenguajes, y si lo hacen siempre será dentro del marco canonizado por su Santidad la Crítica y los profes de literatura. Lo destacable de este fenómeno que frena o impide mayor experimentación para ponerse en las manos de nuevos o viejos esquemas más o menos exitosos es que hay un texto ausente, o mejor, una poética ausente que, sin embargo, reencarna tras el velo de la transtextualidad para minar la lógica del lenguaje, como diría Foucault, pero de forma tan evidente que se delata como artesanal y no artística; es más: ni siquiera como producto de un temperamento irrepetible que acepta el reto y el riesgo. Tal parece que los imitadores sólo buscan aceptación: ser queridos por los lectores ya acostumbrados a las bitácoras y órdenes del día. Entonces, la constante aparición de una escritura presente en su ausencia se transforma en reiteración, pero también en búsqueda de los andamios utilizados para su realización postiza y artificiosa. De inmediato recordamos al Unamuno de Niebla sin las ambiciones metafísicas o históricas, pero también a Pirandello, a Cervantes, a Calderón de la Barca, al velo de Maya y a las preguntas que, por ejemplo, desde el cine, se hicieron Bergman en Persona, Jodorowski en La montaña sagrada o Woody Allen en La rosa púrpura del Cairo, para no hablar de algunos episodios de La dimensión desconocida, digna heredera de la tradición romántica. En el texto abismal, es casi imposible hallar el hilo de Ariadna, pero en muchos casos ese hilo se llama Jorge Luis Borges, constructor de cajas negras y compilador que, desde el escepticismo irónico, sabe que Dios o los dioses no saben, pero él sí lo sabe.