Una de las cosas que se nos olvida constantemente, es que somos. ¡Somos aún, vivimos!, dice Arguedas, y cuántas de nuestras cuitas poéticas se quitarían con darle atención a ello. Enmarcado por ese Lázaro de Luis Cardoza y Aragón: “Yo soy el puro exilio”, y aquel inolvidable García Lorca de: los Lunes, miércoles y viernes, Gerardo Guinea Diez nos participa una aventura que es real, y puede consultarse ante los ojos. Estar aquí; ese simple estar aquí, como diría Saint John-Perse: ¡en el derrame del día!
El poeta y novelista ocupa un sitio de privilegio en el contexto de la literatura latinoamericana con Calamadres, Un león lejos de Nueva York y tantas otras novelas que además de su natal Guatemala donde vino al mundo en 1955, ha ganado audiencias en Francia, Colombia, México, Estados Unidos. Ahora divide su experiencia en cuatro secciones, correspondientes a los momentos cumbre en los que el ser, es interpelado por los ojos: En el Umbral, Al Amanecer, A Mediodía y Al Atardecer.
Desde el primer poema le canta al Aprendiz de Brujo que es el ser. Va por el más audaz, por la definición más osada: el que navega signos “inventando la nada/ para inaugurarse a sí mismo”. Empieza por el ser que no quiere ser, el renuente. El Ser y la ebriedad. Con ese libro obtuvo en su país, el Premio Nacional de Poesía César Brañas 2000.
Poesía que será cierta, luminosa, como se siente a veces en el alba cuando el cielo amanece con hambre de eternidad, poesía para cerrar el cerco de la nada, y escampar, pero también, escarmentar. Hacerle caso al día, creerle a la vida, habitarse, apiadarse de todo “como un paulatino camino/ hacia la obediencia”.
Al principio le creemos al día porque es niño, no es dueño del cuchillo que salta de contento que enarboló un Picasso en el año 35, pero ya es motivo de luz, fidelidad al suspiro. “Y entonces, ese niño,/ que es hombre,/ entrevé en el boquete de las horas/ el portillo que lo devuelve/ a la edad de la inocencia”. Nosotros no podemos saber qué suerte tendrá el día en el momento de estarlo viviendo. Ahí está Gerardo Guinea Diez, el novelista poeta, para trazar la curva.
Sí que lo sentimos cada vez más, día suyo. Ahora ya es su día, cuando funda un abril, o quizá mayo; cuando inventa diciembre como una alegoría. Y antes de lanzarse en pos del tiempo, en aquel Santiago Sacatepéquez, husmea en las esquinas del barrio, donde están sus fantasmas, el Chus, el Chino, los zapatos del futbol callejero, “el moretón de la última pelea”, la muchacha que pasa todos los días, y las mujeres que enseñan al niño a ser hombre en los misterios de su cuerpo. Es así como el niño convertido en día, o el día convertido en niño comienza a hacer su propia novela, a tejer su devenir en el arreo de caminar, y caminar hacia su destino: ¡los espejos!
La adolescencia se cuenta su fábula, aquella antigua fábula del color de la luz, y al afianzarse el niño: “Envuelve el resto del día en papel celofán./ Decide guardarlo y caminar por los sueños,/ es decir, por los recuerdos”.
Vendrá el dolor que seca la piel del mediodía, la juventud que anuncia su golpear con los nudillos la madurez, antes de darlo todo por un término medio, antes de consumir su dorada medianía, el niño, el hombre, “el hombre viéndose niño y el niño adivinándose hombre”, desaparecen y surge de la nada el ser. Entonces dice el poeta: “Ya no es niño,/ ya no es hombre./ Es ser, es ser,/ otra vez ser,/ hasta el cansancio,/ hasta el reflejo”.
La siguiente sección “A mediodía”, nos interroga: “¿Quién entiende el juego?/ ¿Un dios indescifrable?/ ¿Las viudas y los huérfanos…?” se espera del joven algo más, no tan sólo ceder a la cobardía de quien impone su cobardía, y así se irá con una llave en las manos, aun sin saber muy bien para qué, a celebrar “el ser y todo el yo congregado,/ en la hoguera permanente de la historia…”. Ahí están Cervantes y Cien años de soledad; Rayuela y los libros de Stendhal, Flaubert, Guerra y Paz de Tolstoi… se anuncia El Cid y Pedro Páramo. Ese llegar al fondo del alma ciertos libros, así como van llegando, no exactamente en su orden literario o cronológico. Pero basta de indicios: vendrá la tarde.
¿Quién —acaso el agua—, se prestará a limpiar con suficiente luz, el espanto de la memoria? Olvidamos lo que queremos olvidar, dijo un autor de la Escuela de Viena, y de esa condición que nos arrastra y nos mece y que lo es todo para los que vivimos, diremos, con palabras definitivas de Gerardo, “Aún con las ruinas obtiene el don/ de las certezas a medias”. Esa hora de búsqueda, otredad, rosicler, fue también la guía de reflejos que llevó a otorgarle el Primer Lugar en el Premio Praxis 2015 con sus irrecusables Poemas irlandeses, en esta capital Ciudad de México. Siempre la condición humana ante el teatro del mundo: ese teatro sobre el viento armado, en donde, dice Góngora: “Sombras suele vestir de bulto bello”.
Gerardo Guinea Diez, Ser ante los ojos. Gleisa Editorial, USA, info@gleisa.com.
