Independientemente de lo que conllevan las elecciones intermedias de este 2016, resulta curioso la expectativa que se dio en torno a la cartilla para votar en contra del maltrato animal y para sancionar a quienes lo practican. En las redes circuló la información de que en las casillas electorales uno podría pedir y depositar esta cartilla, y que se necesitaban sólo cinco mil votos para que esta ley se aprobara. Las reacciones ante esta propuesta fueron muy variadas, pero sorprende ver la buena disposición y el contento de mucha gente ante esta iniciativa. Hubo personas que dijeron que acudirían a la casilla sólo para poder votar a favor de esta ley. El Instituto Nacional Electoral desmintió que existiera esa cartilla.
Lo que llama la atención es el interés positivo de la ciudadanía en cuanto a poder actuar en pro de la seguridad y el bienestar de las bestias; incluso en el Senado ya se han presentado dos iniciativas de ley para oponerse a su maltrato. El derecho a una vida digna que hasta estos tiempos se había circunscrito a la vida humana (sin lograr hacerse realidad plenamente y con contenidos que siguen siendo temas de legítimo debate como el del encarnizamiento terapéutico o el de la eutanasia) se amplía para muchos hacia los seres vivos que son sometidos a maltrato o crueldad.
Lo que parece haber de fondo es una búsqueda sincera porque el hombre sea más humano, no sólo con sus congéneres, sino con los otros seres, nuestros compañeros en la Tierra. Muestra la sensibilidad contemporánea ante lo indeseable que es provocar sufrimiento de un ser vivo por el gusto, la utilidad de todo tipo, la inconciencia o la pura maldad.
Esta sensibilidad no se opone a la que se le ha debido al ser humano, por el contrario la complementa. Por algo dicen, y me gustaría pensar que no es cierto, que una de las iniciaciones de sicarios es torturar y matar animales: quien se atreve a hacer daño a un ser vivo puede también hacerlo a un ser humano. Quién aprende a ver a las bestias como seres vivos y sensibles que merecen amor y respeto crece en sensibilidad hacia sus propios congéneres. En realidad, no se trata de luchar por los derechos de los seres vivos, salvo si la ley es necesaria para permitir, al mismo tiempo, la toma de conciencia de aquello que le dio origen: el sentimiento de compasión; el percibir que lo que le hace daño a alguien le hace daño a todos, incluso al verdugo; la reconceptualización y revaloración de los otros, lo otro y de uno mismo no como herramientas de las que podemos servirnos para nuestros fines, sino como seres que poseen su finalidad en sí mismos.
Lo que nos hace más humanos no son las leyes, sino la percepción de nosotros mismos, de nuestros semejantes y de los otros seres vivos como parte de un todo complejo. Percepción que nos abre a sentir el sufrimiento propio y de los otros como algo que no podemos infligir ni aceptar. En este sentido, el camino de la humanización lleva a que nos duela el dolor de las bestias.
Aunque no me he basado en las posiciones de Will Kymlicka, dejo esta referencia para quien quiera profundizar en debates filosóficos sobre el tema: Donaldson y Kymlicka, Zoopolis: A Political Theory of Animal Rights.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se respete la Ley de Víctimas, que se investigue seriamente el caso de Ayotzinapa, que el pueblo trabajemos por un Nuevo Constituyente, que Aristegui y su equipo recuperen su espacio radiofónico.
