Algunas frases identificaron, para siempre, a este deportista que tres veces ganó el título mundial de los pesos pesados, a los 22 años de edad en 1964, primero, y después en 1974 y en 1978 (disputó 61 peleas profesionales y únicamente lo derrotaron en cinco ocasiones). Cuando ganó al “invencible” Sonny Liston el título mundial, y éste ya no quiso seguir la pelea en el séptimo round porque la paliza había sido de padre y señor mío, Cassius —todavía se llamaba así— dijo: “I shook up the world!” (“Sacudí al mundo”), “I am the prettiest!” (“Soy el más guapo”) y “I am the greatest!” (“Soy el más grande”). En muchas formas, Cassius-Muhammad lo fue. Sin duda, el carisma de este negro estadounidense se hizo carne, como fórmula católica.

Ali no sólo fue el mejor y más talentoso boxeador de su generación, sino que representó muchos de los valores que actualmente se consideran imprescindibles. Fuera del ring desafió la supremacía blanca y negó su cuerpo y su espíritu a la nación más poderosa aunque también fuera la suya. Puso a temblar los cimientos de Estados Unidos de América (EUA) cuando vehementemente rechazó participar en la guerra de Vietnam.

La otra frase aplicada a este boxeador que tenía un increíble juego de piernas que volvía locos a sus contrincantes fue su divisa: “Float like a butterfly, sting like a bee” (“flotar como una mariposa, picar como una abeja”).

Cassius Marcellus Clay nació el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky, EUA, en el seno de una familia que como tantas otras sufría los embates de una sociedad enferma de racismo. No fue un buen estudiante, pero sabía que sus condiciones físicas le permitirían dedicarse al boxeo como una forma “razonable” de ganarse la vida. Algo que no podía hacerse jugando al baloncesto, pues este deporte estaba fuera de su alcance ya que la Universidad era la vía natural de acceso a las canchas de élite y los estudios no eran lo suyo. A los 12 años empezó a entrenarse y pudo estudiar algo gracias a que al director de su instituto le conmovió su disciplina atlética. En los Juegos Olímpicos de Roma de 1960, a los 18 años, ganó una medalla de oro en boxeo en la categoría de los pesos semipesados. En aquella década, la Unión Americana vivió una época convulsa por la lucha de la sociedad afroamericana por sus derechos humanos. Kentucky se regía en esos momentos por un sistema decimonónico que imponía la segregación racial y que se mantuvo vigente en varias partes del país hasta mediados de 1970. Y todavía.

Ali fue el hombre que reinventó el deporte de los puñetazos en el ring. Nació para ello. Desde la infancia fue un niño fuerte y parlanchín. Su madre contó que Cassius hablaba atropelladamente y que nunca estaba quieto. “Se metía en la cama conmigo a los nueve meses. Un día, al estirarse, como lo hacen los niños pequeños, sólo que él ya tenía sus músculos, me pegó en la boca y me dejó un diente flojo y otro muy dañado, hasta el punto de que me tuvieron que sacar los dos. Por eso digo siempre que su primer golpe de KO me lo dio a mí en plena boca”.

Quizá por eso Muhammad siempre estuvo muy unido a su madre, que no con su padre pues éste tendía más a la botella. Todavía siendo niño, en cierta ocasión le preguntó a la señora: “Cuando subes al autobús, ¿qué ve la gente: una señora blanca o una señora de color?” El futuro campeón empezaba a ser consciente de las diferencias entre negros y blancos en su Kentucky natal. A los cinco años, preguntó algo parecido a su padre: “Padre, voy a la tienda y el dueño es blanco. Luego voy a la farmacia y el farmacéutico es blanco. ¿Qué es lo que hacen los negros?”

Cassius primero y luego Muhammad conocieron en primera persona la cara más cruda del racismo. Vio cómo le negaban a su madre un vaso de agua en un restaurante en el viejo downtown de Kentucky, y cómo los blancos hacían cola siempre por delante de los negros. Esa desigualdad lo marcó y con el tiempo se propuso ser el campeón de los negros. Como deportista afroamericano dio el ejemplo de que se podían alcanzar los principales lugares sin arrodillarse ante el poder blanco, ni a la mafia que entonces dominaba el boxeo profesional.

Al morir Ali —3 de junio, en Scottsdale, Arizona— desaparece un icono estadounidense, uno de esos personajes que sirve para explicar qué significa ser ciudadano de USA, un atleta controvertido cuya trayectoria, desde los enfrentamientos violentos de la década de los años sesenta a la llegada de un mulato a la Casa Blanca en 2009, define la historia del “último imperio”. Aunque no fue un político en el sentido estricto del término, ni tampoco un activista, su influencia fuera del encordado desbordó la de cualquier otro deportista de su tiempo. Dice Marc Bassets: “El impacto de sus gestos —su defensa de la identidad negra, su conversión al islam, su rechazo a luchar en Vietnam— no está lejos del de los discursos de Martín Luther King, o las manifestaciones masivas de los años sesenta. Ali es un espejo, incómodo muchas veces, pero afinado, de los EE. UU. de su tiempo”.

“Pese al declive de su salud, hasta el final no dejó de intervenir en el debate público. En diciembre, poco después de que el candidato republicano a la Casa Blanca Donald Trump anunciara su plan para vetar la entrada a Estados Unidos de musulmanes, Ali dijo: “Nosotros, como musulmanes, debemos enfrentarnos a quienes quieren usar el islam para imponer su agenda personal”.

“Muhammad Ali fue el mejor. Y punto”, dijo el presidente Barack Obama en un comunicado. Al comentar el fallecimiento de Cassius, el primer afroamericano en ocupar la presidencia de EUA, dijo: “Muhammad Ali sacudió el mundo. Y gracias a esto el mundo es mejor. Todos somos mejores”.

De tal suerte, Ali fue un activista más cercano, en defensa de los derechos civiles, a la manera desafiante de Malcolm X, que al ecumenismo de Martin Luther King. Influido por las enseñanzas del grupo Nación del Islam, adoptó el nombre de Muhammad Ali y él mismo, descendiente de esclavos, eligió su propio nombre y religión. “No quiero ser lo que ustedes quieren que sea”, aclaró.

El primer desencuentro del boxeador con el ejército de sus país se dio entre 1963 y 1964, poco antes de disputar el título mundial de los pesos pesados, por primera vez, con Sonny Liston. Lo citaron en Coral Gables para realizar los exámenes físicos y escritos que todos los reclutas debían superar. La biografía que David Remnick escribió sobre el pugilista  asegura que Ali no fue capaz de mostrar su aptitud: consiguió un resultado tan bajo que le atribuyeron un coeficiente intelectual de 78. El púgil salió muy avergonzado de aquella experiencia, pero su orgullo y carisma le ayudaron a mitigar su fracaso.

En 1966, volvieron a convocarlo a pesar de sus bajas calificaciones. La guerra en Vietnam se recrudecía y llamaron a filas a los reclutas menos capaces. A la sazón, Muhammad Ali ya era campeón mundial de los pesos pesados y había mostrado su simpatía por el islam. Algunos lo consideraban un personaje subversivo y los periodistas le preguntaron qué pensaba de la guerra, del presidente Lyndon Baines Johnson y del Vietcong, el enemigo directo del ejército estadounidense. A lo que contestó: “Yo no voy a pelearme con el Vietcong ese. No me ha llamado nigger“. La contestación simboliza de alguna manera todo lo que era Muhammad Ali, un hombre con las ideas claras aunque no supiera expresarlas con fluidez. Un tipo espontáneo y fiel a sus principios, aun a riesgo de que le quitasen los cinturones de campeón, y la propia licencia para boxear. Por eso, Muhammad fue, por todo lo anterior, un deportistas que trascendió el oro y las medallas.  Por ello, repetía: “He dicho que soy el más grande, no el más listo”.

Por negarse a ser enrolado, el establishment estadounidense le quitó sus títulos deportivos y durante tres largos años su licencia para combatir. Le impusieron una pena de cinco años de cárcel que no llegó a cumplir y una multa de diez mil dólares. El Tribunal Supremo acabó dándole la razón en su objeción por motivos religiosos. Pero, como decía el taimado Angelo Dundee, su entrenador blanco de siempre, “le robaron sus mejores años”. Sin duda, el fuerte aldabonazo que dio en favor de los derechos humanos de los negros lo convirtió en un símbolo de la contracultura (fue un San Sebastián pop, martirizado por las flechas para la portada de la revista Esquire en 1968, con foto de George Lois, que hoy es pieza de museo), y esto supuso una inmensa ayuda contra una segregación repulsiva.

Ali fue un luchador nato, procreó nueve hijos, tuvo tres esposas, pero sus tres últimas décadas sostuvo una pelea distinta que al final perdió: el agarrotamiento progresivo del mal de Parkinson. Cuando le llamaron a filas, Muhammad dijo: “¿Por qué me piden ponerme un uniforme e ir a 1000 millas de casa y arrojar bombas y tirar balas a gente de piel oscura mientras los negros de Louisville son tratadas como perros y se les niegan los derechos humanos más simples? Soy el más grande. Me lo dije incluso a mí mismo cuando no sabía que lo era”, dijo. Vale.