Gummersbach, Alemania.- En uno de los episodios de la serie Star Trek (Viaje a las estrellas), los incansables viajeros interestelares llegan a un mundo humano para pacificar a unas bandas rivales que viven en la época gangsteril americana. Sus habitantes tenían una cualidad: podían descifrar la tecnología de las culturas con las que tuvieran contacto. Después de cumplir su misión, la tripulación del Enterprise parte del lugar en medio de un gran inconveniente: ¡uno de ellos abandonó un radiocomunicador y una pistola láser! Este descuido les hizo pensar que la próxima vez que visitaran ese planeta, seguramente se enfrentarían a una civilización mucho más avanzada; en un salto cualitativo que sólo puede hacerse con destreza y habilidad. Este fue más o menos el caso que sucedió cuando los romanos llegaron a las tierras del centro europeo, habitadas por hordas de origen teutón: los alemanes.

Germanos, visigodos, vándalos y sajones representaban una fuerza muchas veces incontrolable, al grado que desalojaron a Roma, la potencia imperial de la antigüedad, de Gran Bretaña, Francia, España y el norte de África. Si había algo que los germanos admiraban de los romanos, eso era su civilización, así como los avances políticos, económicos y tecnológicos, por lo que no dudaron en aliarse con ellos para formar una federación y crear una magna potencia militar, capaz de poner freno a las incursiones de los pueblos del norte y los hunos, procedentes del este. En el año 313, el pueblo germano adoptó el catolicismo, lo que les permitió usar la infraestructura romana, la más adelantada en ese momento, creando un sistema comercial que con el paso de los siglos se convertiría en el más importante de Europa.

Tenacidad bélica

La tenacidad bélica ha sido un factor muy común en el carácter de los alemanes, al grado que tuvieron enfrentamientos entre ellos mismos que los llevaron a crear imperios diferentes como el de Francia, a partir de los francos y el de Alemania con las tribus teutonas de Jutlandia. Esto hizo inevitable que en el 410, las huestes germanas visigodas terminaran saqueando a Roma y aceleraran la caída del imperio.  Para el 962, Alemania ya era un reino muy poderoso. Surgido de las cenizas romanas, comenzó una fase de expansión desde Austria y Helvecia (Suiza) hasta los territorios eslavos y el norte de Italia. Estos principados alemanes se fortalecieron políticamente al ganar nuevos mercados. Este periodo, se conoce en la historia alemana como Sacro Imperio Romano Germánico o Primer Reich y duró hasta 1806; algo así como 850 años.

El modelo romano

La historia actual de Alemania no ha sido muy diferente. En el siglo XIX, específicamente en 1871, Guillermo I se erigió al frente del Segundo Reich como el Kaiser (por cierto, una palabra que deriva del latín César) y se extendió hasta 1918, tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. En 1933, Adolf Hitler declaró el Tercer Reich.  Nótese que hasta este periodo que concluyó en 1945 con una nueva derrota en la Segunda Guerra Mundial, los gobernantes germanos han usado el término “Reich” que equivale a “Imperium” en latín. Eso se debe a la gran admiración que profesaban al Imperio Romano de Occidente, de quienes adoptaron no sólo su ejemplo político y militar, sino que fundamentaron la mayor parte de su cultura: el saludo a la romana con la mano arriba (salutate romanorum), el culto a las hazañas bélicas (legionis gloria), el nacionalismo a ultranza basado en su juramento de servicio a Roma (sacramentum), etcétera. Por todas estas cuestiones, cuando hablamos del pueblo alemán, nos estamos refiriendo a una civilización que ha sabido comprender su lugar en el mundo y sobre todo, buscar su transformación en un liderazgo que se extiende a todas las áreas, desde la cultura y el comercio, hasta la seguridad, la economía y la política. El rezago no es nunca una opción para ellos.