El Señor Todopiadoso multiplicó las bendiciones a los hombres
con el mismo instrumento con que maldijo a la mujer.

Evangelia, p. 57

 

Evangelia, la nueva novela de David Toscana (Monterrey, 1961), de los autores más innovadores e imaginativos de la reciente literatura mexicana, encaja en un sub-género de la ciencia ficción que es la ucronía. Se trata de especular con hechos históricos —o considerados como tales—; de desviar el rumbo que tomaron. Uno de los más recurrentes, por ejemplo, tiene que ver con Hitler: su magnicidio o bien, el triunfo del nazismo. Toscana experimenta con el destino de Jesucristo, y si bien no es el primero (Kazantzakis, Saramago, entre otros), es el que más lejos ha llegado, y toca una de las fibras más sensibles de la construcción del cristianismo: ¿Y si Jesús no hubiera sido Jesús, sino una bella joven llamada Emanuel?

La historia arranca como ya la conocemos: los Reyes Magos buscan con afán al Rey de los Judíos que ha nacido de una virgen de quince años, cuyo esposo, el carpintero José, asume resignadamente la paternidad putativa. Hay un ángel mensajero, Gabriel, que aunque un poco torpe ha cumplido satisfactoriamente la misión encomendada por Jehovah. Pero todo da una voltereta enloquecida cuando el anhelado redentor llega a este mundo sin un pequeño pene que circuncidar. Los Reyes Magos se sienten burlados y se llevan de vuelta todas sus riquezas. José echa a llorar. El más contrariado, sin duda, es el mismísimo Jehovah, que no sólo aparece en la novela sino es un personaje muy participativo. A su izquierda, el espíritu del Hijo que aguardaba el momento del descenso a la tierra, le echa en cara al padre no haber hecho correctamente las cosas. Jehovah se siente francamente desconcertado… y decepcionado. Le dije al Hijo que aguarde un poco más, que ya encontrarán otra virgen a quien preñar… y asume el tradicional comportamiento de un padre irresponsable: se olvida de Emanuel.

La única que tiene fe suficiente para suponer que esto no pudo ser una casualidad, que seguramente algo bueno les tiene reservado Dios ante este súbito cambio de planes —se supone que Dios nunca se equivoca— es la joven María. Gabriel, por su parte, abandonado asimismo por aquel a quien ha servido fielmente, sufre a manos de unos forasteros la suerte que un par de ángeles llegados a Sodoma no tuvieron que correr gracias a su anfitrión, Lot, dispuesto a entregar antes a sus hijas que a aquellos enviados del cielo. Burlando las convenciones sociales de la época, María le da a su primogénita una educación similar a la de sus hermanos varones, aunque ante José y en público su comportamiento sea el de una niña normal a la que sólo se le enseña cómo mover el pandero. Huelga decir que su sexo la mantiene al margen de la matanza de niños varones, decretada por Herodes, de la que Jehovah, preocupado en cómo hacer bajar el alma de su hijo y otras nimiedades, se desentiende. Al maltrecho Gabriel no le queda más remedio que convertirse en algo así como ángel guardián de Emanuel —aunque ha perdido las alas— al grado de casarse con ella cuando está por llegar el momento de la misión que pretende ejecutar, no obstante su nula comunicación con Jehovah, para evitar que la gente murmure por su condición de profeta soltera y rodeada, en su mayoría, de otras mujeres tan alegres y desfachatadas como ella. Los profetas que conocemos se han ido del lado de un falso Jesucristo, que no es otro que el segundo hijo de María, pero en el fondo experimentan más fe hacia Emanuel, en especial Pedro, que en algún momento llegó a cortejarla. Ya casado con otra mujer de pies grandes y feos, sigue suspirando por la que fuera su primer amor. Además, Emanuel es mucho más reflexiva, sabia y divertida, sin importar que, de vez en cuando —o casi siempre— haga las cosas a su manera, dejándose llevar, acaso, por eso que llamamos “intuición femenina”.

Aunque pudiera calificarse a Evangelia de novela irreverente, y es muy probable que lastime algunas susceptibilidades, especialmente por la forma en que representa al Dios de los cristianos como una especie de dictador tipo Kim Jong-un, para quienes sus devotos son una especie de juguetes —decir “piezas de ajedrez” sería concederles demasiada importancia— que puede destruir según la veleta de su ánimo, no se advierte una intención de causar revuelo ni armar polémica, sino simplemente de desarrollar atrevidas conjeturas, ¿y si Dios existiera? ¿Y si Jesucristo hubiera sido mujer? Es posible también que el autor se burle un poco de los cientos de novelas post-Código Da Vinci que aluden a las mujeres bíblicas —muy en especial María Magdalena— como las que más activas en la erección del cristianismo, aunque terminaron siendo silenciadas por los hombres. Aquí la figura femenina se agiganta muy por encima de la mismísima María de Magdala, que lava con sus cabellos los pies del Cristo equivocado. Quiero pensar —porque podría estarle adjudicando al autor una intención que nunca tuvo— que se trata asimismo de una reivindicación del papel de las mujeres en el cristianismo, un radical vuelco del relato bíblico que, por fuerza, mueve las piezas en otro sentido y terminan siendo más trascendentes otros personajes de los que apenas nos acordamos cuando nos viene a la mente la historia del Salvador.

Y pese a que todo esto suena tremendamente divertido, y de hecho lo es, Toscana no ha escrito un mero divertimento, sino una novela tan sólida y poética como El último lector, El ejército iluminado o La ciudad que el diablo se llevó. Su interesante visión del mundo se traduce a una poderosa imaginación vinculada a una no menos implacable capacidad de reflexión que vuelve a sacudir a sus lectores. Sus grandes virtudes como narrador le permiten ahondar en un tema que muchos consideran tabú y no sólo salir indemne, sino bendecido por quienes consideramos que la literatura mexicana es cada vez menos imaginativa y que la figura del personaje pareciera en vías de extinción ante la necedad de favorecer la forma por encima del fondo.