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Las últimas acciones de la CNTE rayaron ya en una insurrección y su dirigencia en una clara postura de empecinamiento infantil.
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CNTE

En los últimos días, hemos presenciado que finalmente el gobierno mexicano decidió aplicar la ley y ejecutó un par de órdenes de aprehensión en contra de dos de los líderes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), así como levantó un plantón en Oaxaca, que impedía el trabajo normal del Instituto de Educación de esa entidad.

En general estas acciones fueron bien recibidas por la sociedad, especialmente en la Ciudad de México, en donde sus habitantes estaban hastiados de la impunidad con la que actuaban desde hace ya muchos años los integrantes de este movimiento disidente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, aduciendo su inconformidad respecto de la reforma educativa, que terminó con sus prebendas, canonjías y prácticas del todo reprobables, como la venta y herencia de plazas o la indebida intromisión de las organizaciones sindicales en las políticas educativas.

Es cierto que el gremio magisterial tiene históricamente una larga tradición de lucha, como para no ir tan lejos, el movimiento dirigido a mediados del siglo pasado por Othón Salazar, y cierto es también que existía en su interior una fuerte influencia del Partido Comunista, pero aquellos hombres eran verdaderos luchadores sociales, comprometidos con sus creencias y congruentes y jamás podrían acreditárseles actos de corrupción o lenidad como a los actuales líderes de la CNTE.

También en la dirigencia “oficialista” hay diferencias categóricas, los dirigentes de antaño, como: Robles Martinez, Sánchez Vite, Jonguitud Barrios y la propia Elba Esther Gordillo eran políticos más cuajados, aliados del gobierno en turno, pero no meros personeros, perdidos en la mediocridad del anonimato.

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El caso es, que desde hace casi tres décadas, la CNTE ha venido actuando como un factor real de poder, imponiendo condiciones y, a partir de la denominada “descentralización educativa” que incluyó el traspaso de la nómina a los estados, se creó un Frankenstein y, hoy la sociedad paga el precio.

El inicio del ascenso de este Cuasimodo se remonta al primer año del salinismo y tocó en suerte al anterior secretario de Gobernación delamadridista, Manuel Bartlett, atender el problema, cuando despachaba como secretario de Educación, el que se solucionó por la intervención de Manuel Camacho, pero ésa es otra larga historia.

En este régimen, se repitió la historia y un exsecretario de Gobernación, Emilio Chuayffet, como secretario de Educación, instrumentó en la primera mitad del sexenio la reforma constitucional en materia educativa, la cual se acompañó de la defenestración de Elba Esther Gordillo.

La resistencia a los cambios fue feroz, desde hace tres años y medio, hemos vivido principalmente en Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Michoacán y la Ciudad de México, desde marchas, plantones y mítines, hasta actos violentos, como secuestro e incendio de autobuses, quema de edificios públicos y de oficinas de partidos políticos, cierre de carreteras y aeropuertos y en general violencia inexplicable por venir de “maestros”. Y habrá que tener presente que ninguna exigencia o reivindicación de un derecho puede ejercerse mediante actos de violencia.

Las últimas acciones de la CNTE rayaron ya en una insurrección y su dirigencia en una clara postura de empecinamiento infantil, decidieron retar al Estado y llevarlo a una situación de todo o nada. Y sucedió lo que anuncia el refrán popular, “de tanto estirar la liga se revienta”.