¿Y si realmente tomáramos en cuenta el hecho de que la mayor parte de nuestros pensamientos nos han sido inculcados? Inculcados por la familia, la escuela, el medio social, los medios de comunicación. Esto es inevitable, en cuanto seres humanos somos seres culturales: no nos desarrollamos plenamente fuera de una lengua, de unas reglas de convivencia (sean morales o legales), de un proceso de socialización que puede llevar a la represión de pulsiones inaceptables en el medio social o a su sublimación.

Cuando digo “yo pienso que…” y miro el contenido de eso que pienso puedo percatarme de que muchas cosas no las he pensado yo mismo, sino que las he recibido, o de que si las he pensado, los principios para pensarlas (el marco de referencia, por llamarlo así) me fueron dados. A partir de esa toma de conciencia, empieza un pensamiento más autónomo en donde el cuestionamiento de certezas juega un papel crucial. Es el nacimiento del pensamiento crítico. Cuando me interrogo sobre lo que pienso (y lo que hago) y lo vuelvo a pensar, puedo ratificar mi conformidad parcial o total con ese pensamiento o puedo rechazarlo también total o parcialmente. Esto es lo que Husserl llamó la epojé. Poner entre paréntesis mis certezas para interrogarme sobre ellas, aunque sin abandonar las acciones éticas a las que éstas han dado lugar, hasta no alcanzar otras certezas, también cuestionables. Las rupturas epistémicas son dolorosas, pero deseables para romper con esquemas que pueden esterilizar a una persona o a una sociedad.

De ahí que, para pensar en otro tipo de sociedad, debamos reconsiderar a fondo las “ideas” que durante más de dos siglos han inculcado en Occidente, y luego en el mundo globalizado, para hacernos pensar lo que es una buena vida. Esas ideas no han sido neutras, han tenido una intencionalidad económica capitalista y, por ende, desarrollista. Es el desarrollo tecnológico el que llevará a un desarrollo industrial. Este desarrollo provocará riqueza productora de bienestar. En este tipo de pensamiento el valor supremo es el de la riqueza económica, lo que deja atrás la riqueza de la convivencialidad, de la fiesta, del gozo contemplativo… Algunas corrientes de pensamiento económico y filosófico cuestionan estas aparentes certidumbres. Una de ellas, con raíces en hombres como Gandhi o Ivan Illich, es el Decrecimiento o descrecimiento que, más que constituir un programa, lanza un reto.

En este sentido, es pertinente preguntarnos a qué tipo de racionalidad o a qué tipo de certezas se liga la mal llamada “Reforma educativa”. ¿En qué tipo de pensamiento proponen “educar” a los niños de las escuelas federales? ¿Cuáles valores piensan inculcarles? ¿Qué currículo oculto hay detrás de una evaluación punitiva basada en preguntas con respuestas de opción múltiple? ¿A qué objetivos sirve? ¿A quién beneficia?

Una pregunta de fondo que debemos hacernos es si en el mundo globalizado a México se le ha destinado a ser un país manufacturero con mano de obra barata, sin educación científica ni humanista, sin investigación de fondo (salvo si es rentable), con una sociedad incapaz de pensamiento crítico, y con una educación ad hoc. Detrás de las apariencias hay muchos intereses de las grandes corporaciones internacionales, titiriteros que muchos títeres sirven.

Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés y la Ley de Víctimas, que se investigue el caso de Ayotzinapa, que trabajemos por un Nuevo Constituyente, que Aristegui y su equipo recuperen su espacio, que se dialogue con los maestros y se obedezca al pueblo.