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Las infecciones y la respuesta inflamatoria del organismo pueden estar relacionadas con el estado de ánimo, el aislamiento social y la salud mental.
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Estudio en la Universidad de Virginia
Se ha comprobado que el estrés, la tristeza y un bajo estado de ánimo influyen en el sistema inmunitario del organismo. Se sabe que algunos resfriados pueden considerarse “nerviosos” porque en algunas personas se presentan cuando tienen que enfrentarse a situaciones importantes, como la resolución de un examen, una entrevista de trabajo, el cierre de un negocio o algún compromiso social o familiar trascendente.
También se han documentado fallecimientos del viudo o la viuda meses después de la pérdida de la pareja, y se dice que “murió de tristeza”, cuando en realidad falleció por una baja en sus defensas que permitió la proliferación de bacterias oportunistas. Claro que esa susceptibilidad mayor a infecciones se ha achacado a la tristeza o a la depresión, sin mayor comprobación.
Las insólitas conexiones
En el pasado, y todavía en la actualidad en ciertas culturas, se atribuyeron grandes poderes mágicos a brujos, chamanes y curanderos que supuestamente utilizaban sus poderes para causar el mal o el bien a las personas. Lo cierto es que la medicina moderna o científica, como se la llamó a partir del siglo XIX, se encargó de desprestigiar esas creencias con argumentos cientificistas pero sin ninguna prueba real.
Solamente a partir de las últimas décadas del siglo pasado los investigadores comenzaron a revalorar la unión de mente y cuerpo, gracias tanto a los avances de la neurofisiología, la inmunología y la biología molecular, entre otras, como a la corriente de pensamiento integrador y multidisciplinario que llegó a la comunidad científica.
El descubrimiento de sustancias semejantes a la morfina y a la marihuana que el propio organismo produce (endorfinas, encefalinas y canabinoides) contribuyó a confirmar las relaciones fisiológicas entre la psique y el cuerpo. Se encontró, por ejemplo, que sesiones de psicoterapia elevan la producción de glóbulos blancos, responsables de la inmunidad celular; se descubrieron numerosos cambios fisiológicos y bioquímicos que se producen durante el enamoramiento; asimismo, se identificaron los neurotransmisores que influyen en el desencadenamiento y permanencia de estados depresivos.
Más aún, ya en este siglo se comprobó que mucho tiene de cierto el refrán barriga llena corazón contento, ya que las bacterias que normalmente pueblan nuestros intestinos (flora bacteriana) desempeñan un papel muy importante en la conservación del equilibrio mental. En algunos estudios se ha visto que la modificación de la flora bacteriana reduce la ansiedad, pero esos estudios no permiten hacer una generalización, aunque sí apoyan la idea de que el microbioma (bacterias que normalmente conviven con nosotros en diferentes partes del organismo) influye en numerosos aspectos de la vida.
El aislamiento y la inmunidad
En un estudio publicado en línea el 13 de julio en la revista Nature, investigadores de la Universidad de Virginia, encabezados por el doctor Jonathan Kipnis, director del Departamento de Neurociencia, informaron del sorprendente hallazgo de una relación entre trastornos inmunitarios y comportamiento social.
En el artículo “Unexpected Role of Interferon γ in Regulating Neuronal Connectivity and Social Behaviour” (Inesperado papel del interferón γ [gamma] en la regulación de la conectividad neuronal y comportamiento social), Kipnis y colaboradores informaron de los resultados de un estudio con ratones que tenían inmunodeficiencia adquirida (diferente al sida), los cuales no mostraban interés en otros ratones.
Los investigadores encontraron que había una mayor conexión neuronal en la corteza frontal de esos ratones, similar a la que se ha observado en personas con autismo, esquizofrenia, depresión, ansiedad e insomnio. Con la intención de averiguar la relación entre inmunidad y comportamiento, los investigadores les administraron linfocitos (productores de interferón gamma) de ratones sanos, y cuatro semanas después observaron que habían recuperado la inmunidad y también la sociabilidad.
Kipnis y colaboradores consideran que este hallazgo “sugiere que el interferón gamma realiza una ligadura molecular entre la inmunidad meníngea [de las meninges, membranas que cubren al cerebro] y los circuitos neuronales responsables del comportamiento social”. Los investigadores tienen reservas sobre su descubrimiento, ya que consideran poco probable que el mismo procedimiento pueda funcionar en seres humanos.
Sin embargo, “si se identifican las alteraciones inmunitarias que se producen en los trastornos psiquiátricos y somos capaces de identificar los mecanismos moleculares precisos, es posible que seamos capaces de imitar el efecto de los linfocitos a partir de las sustancias que secretan”, considera Jonathan Kipnis.
De esta manera se abriría un nuevo campo de investigación y terapia de las enfermedades mentales y, probablemente, se pondría más atención a las etapas de socialización de los niños para preservar su salud mental.
reneanaya2000@gmail.com
f/René Anaya Periodista Científico
