
Equipo de badminton chino, Río 2016.
Cuando se inauguraron los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, nadie sabía con exactitud cuál sería el desempeño de China como potencia deportiva en su propia sede. Dos días después, el equipo olímpico asiático se había apoderado del medallero de manera arrolladora. Esto no fue ninguna casualidad, pues fue el efecto resultante de las políticas implantadas en la década de los ochentas, cuando el deporte se convirtió en un sector estratégico con el objetivo de escalar el ranking mundial y aumentar la cosecha de medallas de oro en todas las categorías posibles. Ese año, desplazó a Estados Unidos, de una forma notable.

Equipo femenil de voleibol chino, Río 2016.
Si hacemos una retrospectiva del deporte chino, veremos que en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, los orientales conquistaron cinco oros; en Barcelona 1992 llegaron a 16. Para Atenas 2004, las preseas auríferas aumentaron el doble sumando 32. ¡Vean esto! En 2008, lograron su cometido de ser la superpotencia deportiva al conquistar 51 preseas de oro; 15 más que Estados Unidos y 27 más que Rusia. ¿Cuál podría ser el secreto de los chinos? Es sencillo, el gobierno comunista mide sus avances y la gloria de China en forma de medallas de oro. Podrán decir que es un estado autoritario, pero es uno al que también le interesa estar entre los mejores; esa forma de pensar ya es pieza clave de sus ciudadanos en muchas actividades, principalmente en el deporte olímpico.

Medallistas olímpicas chinas, Río 2016.
A diferencia de Estados Unidos, la dirigencia comunista china no ve el deporte como un negocio o entretenimiento, sino como un factor de ambición nacional. Para China, el deporte está al servicio de la política y es una fuente de prestigio y respeto internacionales. Su modelo deportivo está basado en el sistema soviético, el cual busca fabricar campeones olímpicos e ídolos deportivos. Un caso al respecto es la del basquetbolista chino Yao Ming. Atenas 2004 fue un escaparate que le permitió llegar a las grandes ligas estadounidenses con un sueldo millonario, el cual por cuestiones de política deportiva nacional, tiene que compartir con su país para compensar la inversión efectuada en su preparación. En la misma situación se encuentra el vallista Liu Xiang, otro héroe chino que según la revista Forbes ganó casi 8 millones de dólares (5,3 millones de euros) en premios deportivos e ingresos por publicidad. De esta suma, él tendría que repartir entre dos tercios y la mitad de esa cantidad entre su agente, la Federación china de Atletismo y el engranaje deportivo de Shanghai, su ciudad natal.
Sólo para que lo sepan, el Ministerio de Deportes chino elevó el año pasado anual su presupuesto a 714 millones de dólares (479 millones de euros). Pero incluso el deporte en China tiene una doble visión, como también sucede con Cuba, respecto a la promoción de la cultura física. En el gigante asiático, el deporte es una práctica fundamental de su población desde hace más de 4.000 años, es decir, ¡forma parte de su vida! Desde 1995, el gobierno mantiene como iniciativa nacional la práctica de las actividades físicas, y respalda el funcionamiento de 620.000 gimnasios, estadios y piscinas. Además de un éxito olímpico esto ha repercutido ni más ni menos que en el aumento de vida en 3,25 años.
Se dice que en esta olimpiada China decepcionó, pero también hay que considerar que el deporte BRICS, bloque económico al que pertenece desde hace más de diez años, pasó por fuertes presiones para debilitar sus avances, tal fue el caso del recorte del equipo olímpico de Rusia y la frontal competencia dirigida por Estados Unidos para consolidarse como el principal ganador en el continente americano.
