Icono de la cultura popular durante más de cuatro décadas Juan Gabriel, nombre artístico de Alberto Aguilera Valadez, falleció el pasado 28 de agosto a la edad de 66 años. Pocas figuras con una presencia tan contundente, tan relevante y brillante como la de Juan Gabriel en el panorama de la industria del espectáculo mundial surgen de tiempo en tiempo. Piénsese en México en Pedro Infante como antecedente, pero el caso Juan Gabriel resulta excepcional.

Compositor dotado de un talento magistral para sumergirse en diversos ritmos y tendencias sonoras, Juan Gabriel fue también una presencia que azoró a la sociedad mexicana contraviniendo el machismo imperante y homófobo en las décadas de los setenta y ochenta en que logró consolidarse como una de las más grandes figuras de la canción mexicana allende nuestras fronteras, con la mancuerna entrañable que hiciese con la no menos entrañable Rocío Dúrcal que le da a conocer internacionalmente temas que quedarán convertidos en acervo de la identidad mexicana, “Amor eterno” y “Costumbres”, entre ellos. Juan Gabriel había internacionalizado la canción mexicana con sus duetos con la Dúrcal, y el mariachi lograba en esos años una preeminencia insólita e inédita, gracias a las canciones de Juan Gabriel.

Notable sería en esos años la kilométrica entrevista televisiva hecha por Verónica Castro en un programa nocturno, que mantuvo a los telespectadores despiertos toda una madrugada (cosa insólita en la televisión de esos años). Juan Gabriel imantaba multitudes.

No había figura que no hubiera grabado algún tema del cantautor: Lola Beltrán, Lucha Villa, La Prieta Linda, María de Lourdes, María Victoria, José José, Lupita D’Alessio… daban a Juan Gabriel el marco preciso para su crecimiento como uno de los artistas más populares de que se tuviera memoria. El mismísimo José Alfredo Jiménez lo reconocería como un joven valor de la canción mexicana del que se hablaría mucho en el futuro; no se equivocó el autor de “Si nos dejan”.

La televisión no lo dejaba de lado, en el famoso programa Siempre en domingo de Raúl Velasco las apariciones de Juan Gabriel eran frecuentes y loadas. Daniela Romo le pide a mediados de los ochenta el tema para la telenovela El camino secreto y el compositor entrega uno de sus temas más hermosos: “De mí enamórate”.

Juan Gabriel nunca bajó la cabeza ante los poderosos, y un día decide “vetar” él a Televisa, ante los vetos del consorcio contra los artistas que aparecían en otras televisoras. Juan Gabriel luchó por sí mismo y su talento y sinceridad para con su arte y su público, le permitieron siempre estar en un primer plano.

Luchó contra el machismo y nunca se quitó —ni un ápice— de su encantador amaneramiento que perfilaba su personalidad única, muy al contrario su amaneramiento se convirtió en estilo, una ostentación retadora aunque sempiterna. Los más machistas cantaban a Juan Gabriel, lloraban con Juan Gabriel, lo aplaudían, lo admiraban. Nunca tocó, empero, el tema de la homosexualidad en público y cuando en los noventa algún reportero de televisión osó cuestionarlo frente a las cámaras, lanzó su fase más célebre: “lo que se ve no se juzga”.

Quiso ser padre de familia y lo fue. Su vida personal, lejos de esto, fue pretendidamente ventaneada en un libelo de mala monta: Juan Gabriel y yo, que daba cuenta de las “correrías homosexuales” del compositor. No importó a nadie. Su público le seguía fiel, cantando sus temas entrañables, infaltables en la conformación de la educación sentimental de los mexicanos: “Siempre en mi mente”, “Inocente, pobre amiga”, “La farsante”, “Perdona si te hago llorar”, “Así fue”, “Hasta que te conocí”, “Abrázame muy fuerte”, “Te lo pido por favor”, “Lágrimas y lluvia”, “No tengo dinero”…

La última etapa de su vida la dedicó —quizá sin proponérselo— a dejar su legado eterno con la grabación de “Los dúo” donde cantó al alimón con figuras de la canción tan disímiles como Marc Anthony, Juanes, Espinoza Paz, David Bisbal, Laura Pausini, Luis Fonsi, José María Napoleón… como un vital encuentro con (y para) las nuevas generaciones.

Su primer concierto a principios de los noventa en Bellas Artes resultaría histórico. De una u otra forma, Alberto Aguilera Valadez sabía que esta destinado —signado— por la historia. Del otro lado del puente (1978), El Noa Noa (1981) y Es mi vida (1982), películas autobiográficas todas dirigidas por Gonzalo Martínez Ortega, son cintas que dejan testimonio de lo que fue la vida del cantautor, misma que sería replanteada en la miniserie Hasta que te conocí (2016, Coproducción Estados Unidos-México; Disney Media Latin America / Somos Productions) que irónicamente concluyó justo el día de la muerte del también conocido como el Divo de Juárez (28 de agosto).

Polémico, controversial, inigualable, Juan Gabriel se va dejando un hondo hueco en el pueblo de México. Hace unas semanas, viendo algún concierto del artista, comenté a alguien que el día que muriera Juan Gabriel México iba a llorar. Nunca pensé en su muerte tan inesperada, tan súbita, y ahora me conmuevo comprobando que la influencia de Juan Gabriel en el pueblo mexicano fue grande, inmensamente portentosa. Juan Gabriel era México.

Murió inesperadamente, y como los grandes, se fue trabajando (acababa de dar el que fue su último concierto en Los Ángeles, California, “MéXXico es todo”, la noche del 26 de agosto). Un infarto lo soprendió a la mañana del 28 de agosto en su casa de Santa Mónica, California.

Quizá fiel a su condición homosexual, que siempre libró dignamente, dejó un último mensaje en aquel último concierto: “Felicidades a todas las personas que están orgullosas de ser lo que son”. Mensaje que podría ligarse a la canción “Pero qué necesidad” que dio a conocer en 1994 y que bien puede ser enfocada como su himno en pro de la diversidad y en contra de cualquier represión:: “Pero qué necesidad,/ para qué tanto problema,/ no hay como la libertad de ser, de estar, de ir,/ de amar, de hacer, de hablar, de andar así sin penas./ Pero qué necesidad,/ para qué tanto problema,/ mientras yo le quiero ver feliz, cantar, bailar/ reír, soñar, sentir, volar, ellos le frenan…”.

Se va una leyenda viviente de la música popular mexicana: Juan Gabriel, un hombre que cantó a la gente porque “sin la gente no hay Dios”, dijo en algún concierto. Un invaluable ser humano, un artista del México contemporáneo que marcó estilos, tendencias, formas musicales y revolucionó. Revolucionó la música, el espectáculo y la sensiblidad misma de su tiempo, guardando siempre una cálida fidelidad a sí mismo.

¡Descanse en paz, Juan Gabriel!