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Las redes sociales pueden ser un valioso auxiliar en el diagnóstico de algunos trastornos mentales, de acuerdo con un estudio sobre usuarios de Instagram.

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René Anaya

 

Los miembros de las generaciones millennials y centennials, nativos digitales, son los principales defensores de las redes sociales, en tanto que las generaciones anteriores valoran su uso pero no las santifican, incluso algunos las satanizan. Sin embargo, como cualquier otro producto o servicio nuevo, tiene sus pros y contras.

De tiempo en tiempo se publican investigaciones que señalan los perjuicios a la salud del empleo excesivo o indican los beneficios para el desarrollo físico y mental de su utilización sistemática. Por esa razón, se debe tomar con cautela pero con cierto optimismo un nuevo trabajo sobre la utilización de Instagram, una de las redes sociales, como auxiliar en el diagnóstico de trastornos mentales, como la depresión.

 

Una investigación novedosa

Instagram, que fue lanzada al mercado en octubre de 2010, es una red social y aplicación de fotos y videos, principalmente, que permite realizar numerosos efectos y trucos fotográficos, como la utilización de filtros y una gama de colores, que podría manifestar estados de ánimo de los usuarios. Por esa razón, los investigadores Andrew Reece, de la Universidad de Harvard en Cambridge y Chris Danforth, de la Universidad de Vermont, en Burlington, llevaron a cabo un experimento con jóvenes expertos en el uso de redes sociales.

El estudio Instagram Photos Reveal Predictive Markers of Depression (“Fotos de Instagram revelan marcadores predictivos de depresión”), publicado el 13 de agosto en línea en arXiv, presenta resultados sorprendentes y novedosos sobre el comportamiento de los usuarios de Instagram.

Cabe mencionar que la página arXiv es un archivo en línea para artículos científicos de física, matemáticas, informática, biología cuantitativa y estadística, sostenido y controlado por la Universidad de Cornell y la National Science Foundation.

Reece y Danforth solicitaron a 509 jóvenes que llenaran una serie de encuestas, entre ellas una enfocada a investigar la depresión; posteriormente se les pidió que compartieran las actualizaciones de sus cuentas de Instagram con los investigadores, pero únicamente 166 accedieron a hacerlo. La negativa del resto se debió, consideraron los autores, al escepticismo que priva sobre las investigaciones en redes sociales.

Lo cierto es que de los 166 usuarios de Instagram se obtuvieron 43 mil 950 fotografías y, de acuerdo con el resultado de las encuestas, se encontró que 70 por ciento de ellos estaba clínicamente deprimido. Para corroborar o rectificar el diagnóstico, se procedió a analizar las fotografías en otro filtro selectivo: de cada usuario sano se escogieron las cien fotos más recientes, en tanto que de aquellos con depresión se eligieron las cien fotografías previas al diagnóstico. Por último, de las fotografías seleccionadas, se solicitó las calificaran como agradables, alegres o tristes, según una escala del cero al cinco.

 

Las fotos reveladoras

Los resultados de este estudio confirman algunas percepciones que se tienen sobre los efectos de la depresión en la conducta. Por ejemplo, las fotos de personas deprimidas tendían a ser más azules, grises y oscuras y tenían menos “me gusta” (like). “En la muestra, los usuarios deprimidos tenían una enorme preferencia por filtrar todo el color de las fotos y mostraron una aversión a la iluminación artificial de las fotos, en comparación con los usuarios sanos. Estos resultados son congruentes con otros que unen la depresión con una preferencia por los colores más oscuros, más azules y monocromáticos”, escriben los investigadores en su trabajo.

Reece y Danforth encontraron que las personas deprimidas tienden a publicar fotos con rostros, pero en cada foto hay menos rostros, en comparación con las fotos de los usuarios sanos. Este hallazgo podría confirmar que quienes están deprimidos interactúan menos en los entornos sociales, como refieren otras investigaciones.

Otra interpretación del mayor número de fotos con rostros podría ser que “las personas deprimidas utilizan un lenguaje egocéntrico, y puede ser que ese egocentrismo se extienda a las fotografías. Puede ser que este tipo de fotos sean autorretratos. Pero esta hipótesis de selfies tristes no ha sido probada”, aventuran los investigadores en su estudio.

A pesar de estos datos, los autores advierten que en su estudio hay una limitación, el uso inespecífico del término “depresión” en la recolección de los datos. Pero aun así señalan que “estos resultados apoyan la idea de que hay importantes cambios en la psicología individual que se transmiten a través de las redes sociales y por tanto pueden ser identificados mediante métodos computacionales”.

De confirmarse en estudios posteriores esta hipótesis, se contará con una valiosa herramienta para el diagnóstico de trastornos mentales, que podría reducir los costos de atención en salud mental, especialmente en países poco desarrollados, como el nuestro.

reneanaya2000@gmail.com

f/René Anaya Periodista Científico