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Al jefe del Ejecutivo no le quedó otro remedio que sacrificar a su principal pieza en el ajedrez de la política pública.
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Videgaray pierde oportunidad de la Presidencia
Por Alfredo Ríos Camarena
La apuesta que intentó jugar el presidente Peña Nieto para atemperar a Donald Trump en su embestida contra México y, al mismo tiempo, traer a nuestro país a Hillary Clinton, fue un fracaso total; como nunca, la crítica al presidente se enardeció hasta la exageración, a tal grado que requería “un culpable” de esta mal organizada y mal ejecutada jugada política.
Las redes sociales y los medios difundieron que el responsable de este error había sido el poderoso secretario de Hacienda, Luis Videgaray, quien ha jugado un papel de enorme influencia en el desarrollo del gobierno federal y, desde luego, en la construcción de las reformas llamadas “estructurales” que han sido —y son— orgullo y bandera de esta administración.
La salida de Videgaray no tiene que ver con la buena o mala aplicación de estas reformas, su trabajo ha sido reconocido a plenitud dentro y fuera del país; la posibilidad de haber sido candidato a la Presidencia de la República era muy grande, pero hoy se derrumbó en este daño colateral inesperado; en realidad al jefe del Ejecutivo —frente a la embestida terrible que recibió— no le quedó otro remedio que sacrificar a su principal pieza en el ajedrez de la política pública; sin embargo, es inexplicable la salida de Aristóteles Núñez del SAT, quien ha hecho un destacado papel al frente de esa institución recaudadora.
La sustitución de Videgaray tiene una absoluta lógica, pues él y Meade no sólo han sido amigos y compañeros desde su juventud sino, además, han compartido principios académicos e ideológicos en torno a temas fundamentales.

La decisión de nombrar a José Antonio Meade es acertada, pues pocos mexicanos estarían en la aptitud de defender —frente al Congreso y en un lapso cortísimo— el paquete económico, de mantener las políticas de responsabilidad hacendaria y, además, tener los contactos dentro y fuera del país, para que no se desmorone nuestra economía frente a la caída del peso, a la baja del petróleo y al aumento de la deuda pública.
José Antonio Meade Kuribreña es un funcionario de reconocida eficiencia a la que suma una reputación y conducta intachable; es hombre probo, íntegro, sencillo, inteligente, y su nueva posición lo apuntala, sin la menor duda, a ser un candidato a la presidencia que pueda consolidar todas las corrientes reformistas del país, unificando una propuesta consecuente con el legado de Peña Nieto y, en general, de aquellos gobiernos que piensan que nuestro camino tiene que ver con la globalización moderada o gradualizada.
La salida de Videgaray es un daño colateral, pero él seguirá siendo un importante bastión leal a Peña Nieto.
El nombramiento de Luis Miranda, más que una concesión al secretario de Gobernación, es la confirmación de una vieja relación de confianza entre Miranda y el Presidente.
Habrá que investigar el fuego amigo, lo que implicará pronto nuevos cambios en el gabinete. Peña Nieto está obligado a mejorar su política y a darle un nuevo impulso y una esperanza —por hoy perdida— a todos los mexicanos.
