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“Prefiero estar dormido que despierto”; “no cabe duda que la costumbre es más fuerte que el amor…”
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Buenos días, alegría…
Por Humberto Guzmán
Escribir sobre el cantante y compositor Juan Gabriel, recientemente fallecido, es hacerlo de un mito popular. ¿Cómo uso la palabra mito? Es “una representación deformada o idealizada de alguien o algo que se forja en la conciencia colectiva” (Moliner). Juan Gabriel ha ingresado, de este modo, a la mitología mexicana contemporánea, como en su momento lo hicieron otros, en el terreno del comentado: Jorge Negrete, Cantinflas y Pedro Infante, entre muchos más. Según se vio la reacción de sus fanáticos, cuando se expuso en Bellas Artes la urna con sus cenizas, un personaje como “el divo de Juárez” puede alcanzar dimensiones de divinidad.
Ejemplo de vida
Lo de la divinidad es exagerado. Pero si nos acercamos a cada uno de sus fanáticos, de lo que nos enteraríamos nos asombraría. Cada uno de sus fieles, entre los que dominan las mujeres de todas las edades —según se vio ante las cámaras de la televisión—, parecen haber hecho de Juanga una derivación de sí mismos. Esta representación les ha compensado algo muy importante. Las mujeres que entrevistaban casi siempre recordaban que su ídolo había sufrido mucho desde pequeño, que su madre lo había abandonado, que lo habían encarcelado (dicen que por el robo de unas joyas) sin probarle nada, y terminaban conque él era como ellas —literal—, y lloraban.
Es, así, un ejemplo de vida, para sobreponerse a la adversidad. Ésta primero y luego la supervivencia: la esperanza. Esto tampoco es nuevo. Es el mito (o verdad) que se ha utilizado infatigablemente en las radionovelas, las telenovelas, películas, series, y sigue dando frutos económicos, entre otros: hay muchos que compran lo que se vende, o se les da lo que piden.
José Alfredo Jiménez, Cuco Sánchez o el “músico-poeta” Agustín Lara, todos ellos supieron aprovechar aquel conocimiento —consciente o inconscientemente—. Es una exigencia de la celebridad. Sus fanáticos se identifican con ellos. Es un consuelo. Un desahogo. Un acicate. Un ejemplo. Un espejo.
Amor, mucho amor
En general, se da un mito de esta naturaleza porque se ha logrado ahondar en la gente, su gente, que se convierte de este modo en un reflejo de sus conceptos, sentimientos, alegrías y llantos. El futuro mito se los devuelve transfigurados en un canto y música agradables, que tocan con facilidad su sentimientos.
Hay que decir, sin embargo, que este arte popular es inmediato, superficial, fácil, lo que no le resta validez, una validez que dan los grandes públicos —en algunos casos privilegiados, como es el que comento—. Esto ocurre también con ciertas novelas que también llegan a ser populares. Grosso modo. Porque el Quijote también tuvo éxito de lectores en su tiempo. No sé si de dinero para su autor. Se sabe que Cervantes tuvo muchas deudas hasta el final de sus días.
Observen cómo en las canciones de Juan Gabriel (como en una telenovela) se habla siempre de amor, de una historia de amor…, muchas veces desgraciada, que lleva al sufrimiento y hasta la muerte, pero se resuelve en el canto, en la borrachera del sentimentalismo. A cambio, “el divo de Juárez” también manejaba otra veta, la alegría de la vida. “¡Buenos días, alegría, buenos días al amor…!”
Yo no le daba importancia hace años, pero he visto ahora, en televisión e internet, que en sus conciertos “el divo” hacía un tipo de ritual de la alegría y ¡felicidad!, impuesto por sus dotes de dirección de masas (como los políticos populistas): lo decía y cantaba, apoyado corporalmente, con sus bailes, afeminado pero gracioso (inofensivo), su canto con mucho sentimiento, o alegría, y ritmo para bailar. Llegó a ser una especie de pastor que arengaba a su grey a su antojo y sentimiento.
“Si sobrevivimos al nacimiento, todo lo demás es fácil”, decía —tomado de una entrevista por la televisión en estos días—. “No vinimos aquí para ser desgraciados. ¡Vinimos para ser felices!”. La televisión ayudó a sublimarlo, a pesar de los cursis comentarios de algunos speakers, como las señoras del canal 13. El despliegue televisivo (el canal 13 proyectó una pobre telenovelita sobre Juanga que concluyó el día de su muerte) terminó de coronarlo con la aureola de lo místico. Alguna de sus colegas femeninas dijo que era “sabio”.
Por lo dicho llegó a significados religiosos. Lo que se fortaleció con el ocultamiento de su cadáver (los santos son inmortales espiritualmente); decían que para respetar el dolor de la familia; de repente declararon que fue cremado.
Muchas gracias por todo
Para el punto de vista de sus fieles, desapareció de la ruin realidad para trasladarse a las alturas, como se dice metafóricamente de la muerte, pero aquí fue preciso el mensaje. Pero a esas multitudes delirantes, que le dieron todo a Juanga (y tal vez él a ellos), les negaron el derecho a verlo (o a verse) por última vez.
Preguntaban: ¿dónde está Juan Gabriel?, ¿quién redactó el acta de defunción? Sólo quedaron las palabras, las declaraciones, las entrevistas, el Juan Gabriel real y el irreal, los evangelios de sus canciones, su canto al amor (carnal, en “Querida” inclusive), a la venganza del amante burlado, y, para hacer equilibrio, a la exaltación de la vida, sus gustadas mariconerías, su valor: “orgulloso de ser quien eres”; “México es todo” o “Todo por MéXXXico”, le llamó, patrióticamente, a su gira por Estados Unidos, que quedó interrumpida.
“¡Viva México!”, gritaba, y ponía los colores de la bandera en su traje, pero tenía a sus hijos viviendo en Estados Unidos. “Era sincero”, dijo una amiga suya: “Prefiero estar dormido que despierto”; “no cabe duda que la costumbre es más fuerte que el amor…”, cantada por la Durcal.
Y así se despidió en vida: “Espero que hayan pasado un momento muy agradable. Muchas gracias por todo”, con voz apagada, serena, como un vicario de Cristo.
Y ahora…, ¿quién nos consolará? (y divertirá.)
