Por Humberto Musacchio
Debió ser en 1965 cuando Luis González de Alba era un convencido activista del FUER (Frente Único de Estudiantes Revolucionarios). Era aquello un conglomerado de organizaciones que se definían como situadas a la izquierda de la Juventud Comunista y que competían con ésta en las escuelas más politizadas de la UNAM.
Luis debió llegar de Guadalajara, donde creció (nació en Charcas, SLP, en 1944), con alguna experiencia política, pero muchos lo consideraban discípulo de Roberto Escudero, dirigente universitario inteligente, culto y muy dado a buscar fórmulas de avenimiento en medio de aquella izquierda caníbal de los años sesenta. Si el pupilaje existió, cabe decir que el alumno resultó en varios sentidos más adelantado que el maestro, lo que habla muy bien de los dos. Por dolorosa coincidencia, Roberto murió el pasado septiembre, apenas días antes que Luis, ambos con la convicción de que nuestra izquierda está lejos de ser aquélla por la que pelearon tantos años, ajena a cochupos, limpia, políticamente lúcida, repelente a los inevitables trepadores. La historia, ya se sabe, suele ser más amarga que nuestros deseos.
Tanto Luis como Roberto, junto a Ignacio Osorio Romero, fueron delegados al Consejo Estudiantil Universitario que se constituyó durante la huelga de 1966, que pugnaba por una reforma de la máxima casa de estudios, en varios sentidos envejecida, presa del autoritarismo rectoril que se reproducía en las autoridades de cada escuela y facultad.
El rector de la UNAM era entonces Ignacio Chávez, eminentísimo cardiólogo y por desgracia hombre autoritario, incapaz de entender la rebeldía y de aceptar las demandas estudiantiles. Aquel movimiento desembocó en una lamentable agresión de los pistoleros al mando de Leopoldo Sánchez Duarte, quienes trataron en forma soez al rector y lo obligaron a renunciar. Esa misma noche, en el CEU, por abrumadora mayoría en la que se contó González de Alba, condenamos sin rodeos el comportamiento de los agresores y entendimos que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz quería sacar del camino a Chávez, lo que consiguió.
Ya bajo el rectorado del inolvidable Javier Barros Sierra, se celebró en el auditorio Justo Sierra, entonces rebautizado como Che Guevara —hoy usurpado por bandas de facinerosos— un debate entre grupos de izquierda que acabó en un zipizape en el que se repartieron puñetazos y patadas mientras volaban sillas y toda clase objetos. Ahí andaba Luis, militante espartaquista, quien repartió y recibió más de un tortazo.
Fue en esos días, creo, cuando a Luis lo empezaron a llamar el Lábaro porque en alguno de los muchos discursos que pronunció, se refirió de ese modo a la bandera nacional, pero lo hizo con tanta seriedad que a fin de cuentas la mención resultó chusca y fue suficiente para que le endilgaran el mote.
A lo largo de 1967 la actividad de la izquierda se concentró en aprovechar los espacios que el rector Barros Sierra abría para la expresión estudiantil, pues lo cierto es que los núcleos de izquierda de todos los matices, enclaustrados en algunas universidades e impotentes ante el aplastante dominio priista que se vivía en el país, se perdían en querellas absurdas, en diferencias doctrinarias y en una atomización que hizo aplicable a todos los grupúsculos el viejo chiste según el cual todo trotskista era divisible en dos fracciones. Luis, actor destacado en todo hecho de alguna significación política, contaba ya con un prestigio que lo llevó a presidir la sociedad de alumnos de Filosofía y Letras.
En 1967 se recrudeció la represión contra los movimientos estudiantiles y las organizaciones de izquierda. En abril se realizó un paro nacional por la libertad de los presos políticos y la Facultad de Filosofía y Letras se unió a la suspensión de actividades. Golpeadores del MURO, un grupo fascista que contaba con fuertes apoyos en el gobierno federal, agredieron a los estudiantes de esa facultad, lo que suscitó una enérgica respuesta en el ala de humanidades. González de Alba estaba entre los agredidos, pero se contaba que supo defenderse muy bien.
A fines de abril de 1968, en la cárcel de Lecumberri, Demetrio Vallejo y Valentín Campa, presos políticos del movimiento ferrocarrilero, iniciaron una huelga de hambre en demanda de su liberación. Solidariamente, en la entonces Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, un grupo numeroso de estudiantes se unió al ayuno y Luis fue uno de los participantes de esa huelga que se levantó cuando Vallejo y Campa fueron conducidos a la enfermería del penal, donde les aplicaron suero y los vitaminaron, por órdenes de Gustavo Díaz Ordaz, para quien la muerte de esos personajes hubiera significado un mayor descrédito internacional.
En mayo, el tema insoslayable de la izquierda universitaria era lo que ocurría en París. El Mayo Rojo francés era seguido día a día con verdadera ansiedad, pues al paro estudiantil siguió la huelga general de diez millones de trabajadores, lo que queríamos interpretar como la cristalización del sueño marxista: una revolución obrera en un país altamente industrializado. Pero Charles de Gaulle fue más hábil y conjuró el peligro.
La tarde del 2 de octubre
Otros movimientos estudiantiles se produjeron en una veintena de países y a fines de julio, en México, estalló el movimiento estudiantil de 1968. Se formó entonces un Consejo Nacional de Huelga y otra vez Luis González de Alba representó a Filosofía y Letras. La historia es conocida. Los estudiantes llenaron la ciudad con sus brigadas, su rústica propaganda, pintas apresuradas, consignas y manifestaciones ciertamente multitudinarias.
Luis era de los dirigentes más visibles, pues, entre otras cosas, participó en las pláticas con Jorge de la Vega Domínguez y Andrés Caso, representantes del gobierno de Díaz Ordaz. Tales conversaciones tuvieron un carácter distraccionista, pues para entonces ya se preparaba el aplastamiento de la movilización estudiantil.
La tarde del 2 de octubre de 1968, en el mitin de la Plaza de las Tres Culturas, Luis estaba en la improvisada tribuna del edificio Chihuahua. Al desatarse la matanza, los pistoleros del Batallón Olimpia sometieron a los ocupantes de la terraza. En forma anticonstitucional, las autoridades retuvieron a los detenidos durante diez días, y no 72 horas, como establecía la ley, y el auto de formal prisión se dictó hasta el 12 de octubre.
González de Alba fue a la cárcel y ahí escribió su novela Los días y los años, donde da cuenta de su dura experiencia carcelaria. Luis participó en los círculos de estudio que organizaban los presos, en las manifestaciones deportivas y en la administración de la vida colectiva, que comprendía vigilancia y limpieza de la crujía, el orden para tomar parte en los quehaceres y otras actividades.
El 10 de diciembre de 1969, con decenas de presos políticos, Luis se declaró en huelga de hambre como protesta por su encarcelamiento. La huelga fue rota violentamente el primero de enero de 1970, cuando las autoridades del penal lanzaron a los presos comunes contra las crujías donde estaban los presos políticos. Los reclusos de la N ofrecieron una fuerte resistencia y rechazaron el ataque tras horas de enfrentamientos, en tanto que en la crujía M, los reos comunes entraron golpeando a los presos políticos, debilitados por la huelga de hambre, causaron una gran destrucción y se apoderaron de los precarios bienes de los internos.
Excélsior, Unomásuno y La Jornada
En 1971, en la última semana de abril, el gobierno mexicano deporta a 16 presos políticos, entre ellos a Luis González de Alba, quienes reciben en Chile asilo político. Meses después logran regresar a México, donde continúan con sus actividades políticas. El 15 de agosto de ese año se funda el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, primera organización del movimiento gay.
Luis se dedica a concluir sus estudios y paralelamente es becario del Centro Mexicano de Escritores en el bienio 1973-74. En 1973 empieza a colaborar en las planas editoriales del Excélsior que dirige Julio Scherer, con quien sale el 8 de julio de 1976 como resultado del golpe perpetrado por Luis Echevrría y sus agentes. En 1977 figura entre los fundadores del diario Unomásuno, donde empieza a abordar temas científicos y publica sus primeros textos en defensa de la condición homosexual.
En 1985 sale de Unomásuno y, recién llegado de París, donde había hecho estudios de posgrado en La Sorbona, participa en la fundación de La Jornada, periódico en el que dirige la sección “La ciencia en la calle”. Poco después abre una tienda especializada en artículos para el mundo gay: El Vaquero. A partir de entonces despliega una gran actividad a favor de la libertad sexual y en la divulgación de un tema que ocupará buena parte de su vida futura: el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, que lo llevará a convertirse en presidente de la Fundación Mexicana de Lucha contra el Sida, después, me parece, de que muriera quien era su pareja en los años ochenta.
Para entonces ya tenía publicados dos de sus novelas: Y sigo siendo sola, obra aparecida en 1979, y antes Los días y los años, que publicó Editorial Era en 1971, así como el volumen de cuentos El vino de los bravos (1981) y el tomito de poesía Malas compañías (1984). Otra de sus novelas sería Jacob, el suplantador (1988), Cielo de invierno (2000) y Agapi mu (amor mío), libro de 1993 y nombre de un restaurante de comida griega que abrió en la colonia Condesa en los años noventa. En 1978 recibe el Premio Xavier Villaurrutia por Balada de otro tiempo.
Su obra de divulgación científica arrancó con Bases biológicas de la bisexualidad (1984). Le siguieron La teoría de los graphos en las ciencias sociales (1985), La ciencia, la calle y otras mentiras (1989), El burro de Sancho y el gato de Schrödinger (2000) y Las mentiras de mis maestros (2002). Otro título de este género es Los derechos de los malos, que no he podido conseguir.
En 1981, González de Alba participó en la creación del Movimiento de Acción Popular, el MAP, y en la Fundación del Partido Socialista Unificado de México, el PSUM, que abandonó poco después decepcionado de la rebatinga por los cargos de dirección y las diputaciones. A partir de entonces, su actitud crítica hacia la izquierda se hizo más y más dura, rencorosa incluso, hecho que le celebraron sus amigos cercanos al gobierno o a la gran empresa.
Para él, el socialismo sin libertades civiles era indeseable, opinión que comparto. Pero no era capaz de ver los aspectos positivos que generó la experiencia histórica de la URSS, China y otras sociedades de economía centralmente planificada. Lejos de analizar el fenómeno en conjunto, Luis optó por una agria condena a todo lo que oliera a izquierda. De ahí que al morir nuestro personaje, Mario Raúl Guzmán publicara un durísimo texto en el que, ciertamente con excesos, ofrece un retrato de los últimos años de Luis:
“Primero pretendió evitar o denunciar o exhibir la propagación de la estupidez en el seno de la izquierda mexicana. Afán perentorio que después se le volvió obsesión enfermiza… A las estupideces de la izquierda terminó oponiendo estupideces aún más retrógradas… Repugnaba ver su brillantez en el estercolero del periodismato que padecemos; su talento transmutado en vómito, su prosa dispéptica festejada por gacetilleros sin honra… No la emprendió contra la teleología de la clase obrera como sujeto histórico, eso era polvo en el polvo de los setenta y ochenta, pero qué tal rompió lanzas contra los apologistas del subcomandante y contra los fans lopezobradoristas. Arremetió con tino contra las ridiculeces de lo progre (no se tragó las ingenuidades de Poniatowska ni la simulación de Monsiváis). Rechazó cuanto pudo la monocorde letanía antineoliberal, pero lo hizo con ritornelos y dogmas que él suponía dignos de un cántico. Y de esa Cruzada de alcantarilla emergió amargado, grosero, todo un autor de maquinazos fácilmente refutables”.
Excesivo o lo que se quiera, ese texto muestra al Luis González de Alba de los últimos años. Yo prefiero recordarlo como el joven valiente con el que compartí las luchas estudiantiles de los años sesenta, empresas periodísticas de primera importancia y experiencias partidarias que terminaron mal, pero empezaron bien. Quedémonos con ese Luis joven que salía al combate con una sonrisa.

