Dos días de alegría y cruda realidad
La felicidad impregnada por los futbolistas menores de 17 años a más de cien millones de mexicanos enorgullece y se agradece. Nadie puede ser ajeno a la alegría desbordante de nuestro pueblo y qué diéramos porque esto sucediera a diario. Pero, el odioso “pero”, al cabo de dos días volvimos a la desesperante realidad.
En el Monumento a la Revolución, donde miles de adultos, mujeres y niños aclamaron a los héroes del futbol el lunes pasado, fueron vistas horas antes numerosas mantas y pancartas con esta frase que perfora los corazones: ¿dónde están?
Es la pregunta conmovedora de huérfanos, viudas, madres y ancianos consumidos por el dolor y desesperación que quieren saber de sus seres queridos ¡vivos o muertos! Porque esta es la alternativa en que los colocó la vida, su destino. Los deudos exhibieron zapatos, tenis y otras prendas de los desaparecidos.
Nadie dice nada a esa linda niña que con un cartón pegado al pecho interroga ¿dónde está? Sí, dónde está su papá que de pronto desapareció, y ni a ella, ni a su madre, le dicen nada las autoridades. Siempre se topan con el “no lo tenemos registrado” o el “no sabemos nada”.
Es lo mismo que se escucha en Ciudad Juárez, Monterrey, Reynosa, Morelia, Acapulco o en el Distrito Federal. En cualquier parte de la república, ninguna autoridad sabe nada. ¡Nada!
A eso resuena en el ámbito nacional otra pregunta que tampoco tiene respuesta: ¿cuándo se va a acabar esta pesadilla? No lo sabemos. Pero nos queda claro que en este sexenio no van a terminar los baños de sangre, cada día más intensos. Continúan las desapariciones y el reclamo de dónde están se acrecienta por el país.
Leímos tres páginas en La Jornada de cómo, de noche y madrugada, penetraron a por lo menos cinco domicilios de Nuevo Laredo los comandos de presuntos miembros de la Armada de México, a llevarse a igual número de jefes de familias. Uno de ellos dormía con su esposa cuando fue levantado bajo la amenaza de las armas.
Una desesperada mujer se puso al volante de su vehículo y siguió de cerca al convoy, al parecer de la Marina, hasta llegar a un edificio de las fuerzas armadas.
Y al cabo de cinco semanas le han dicho que allí no tienen a su marido. ¿Dónde está? ¿También ha caído México en el infierno de las desapariciones forzadas?
Ha perdido nuestro pueblo la tranquilidad y la alegría que el domingo pasado vimos en los rostros de esos niños que nos brindaron una jornada épica de alegría al jugar bien al futbol
Tras retratarse el presidente Calderón en Los Pinos con esos menores, como acostumbra hacerlo con los héroes que lo son por sí mismos sin deber nada a su gobierno, manifestó: “México no va a ser el mismo de antes y después de este campeonato del mundo”.
Exageraciones, tampoco. La nación cambia todos los días, pero no por un encuentro de balompié. Cambia por la pobreza extrema, desempleo y el terror implantado por la delincuencia orgaqnizada.
Justo en la víspera del encuentro entre México y Uruguay, los medios nacionales informaron de 97 muertos, 10 de ellos decapitados en Coahuila. La cabeza de una mujer fue colocada sobre el cofre de una camioneta. Así fue saludado el triunfo de Rubén Moreira, futuro gobernador de esa entidad.
Mientras corría tanta sangre en tantos lugares, Felipe Calderón fue a inaugurar el Salón de la Fama Internacional del Futbol en Pachuca.
Y hace ocho días acudió a la final de la Sub 17 en el Estadio Azteca y descendió al campo de juego a entregar la copa de campeones.
En esa entrega, el Presidente recibió abucheos y chiflidos de la multitud, por lo cual apresuró su salida del estadio. En todo ese tiempo, Calderón ignoró los 97 ejecutados de dos días.

